La pistola

Óscar estaba en la cola del supermercado cuando vio en la cámara del circuito cerrado de televisión que una pistola apuntaba a la cabeza de uno de los clientes. No pudo reprimir un movimiento involuntario de sus cejas, que se elevaron por el asombro. Quiso avisar a aquél hombre del peligro, pero entonces vio en el monitor que el cliente amenazado también alzaba las cejas, y se dio cuenta de que la cabeza hacia la que apuntaba la pistola era su propia cabeza. Un segundo antes de que la bala saliera disparada contra su cráneo, supo que la mano que apretaba el gatillo también era la suya.


 [Escrito en 2007]



NOTA EN 2009

Una noticia me sorprende por dos motivos, porque es sorprendente en sí misma y por su semejanza con este microcuento que escribí hace dos años. Esta fue la noticia:

Enlace donde lo cuentan: El policía que se confundió a sí mismo con un ladrón

 


RELATOS

Salvado por el terror (y la mitología)

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La pistola

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Salvado por el terror (y la mitología)

A los diecisiete años yo era el perfecto ejemplo de eso que se llama un fracasado escolar. Había repetido tres veces Segundo de Bachillerato y por fin había logrado convencer a mis padres de que no valía la pena intentarlo una cuarta vez. Lo cierto es que tampoco había aprobado los cursos de 5º a 8º de la educación general básica y sólo había logrado pasar a los cursos siguientes debido a que los profesores del colegio “Siglo XXI” de Moratalaz consideraban que no debía repetir y me pasaban siempre de curso, siempre y cuando yo les prometiera estudiar al año siguiente. Yo lo prometía, claro, aunque después no lo cumplía. No es que no lo intentase: de vez en cuando me esforzaba durante una semana o dos, pero enseguida renunciaba, porque las cosas que tenía que estudiar me parecían muy aburridas, en especial la asignatura de lengua.

A los diecisiete años yo era el perfecto ejemplo de eso que se llama un fracasado escolar Clic para tuitearCuando terminó el colegio y llegué al instituto “Montserrat” no sabía casi nada de lo que había que saber en Primero de bachillerato, pero logré pasar de curso. No sé muy bien cómo ni por qué, tal vez porque tuve una extraordinaria profesora de Latín, para la que hice un trabajo de mitología en el que sí puse verdadero interés. Le gustó mucho y, además de aprobarme, tal vez influyó en los otros profesores.

A pesar de mis fracasos escolares, me gustaba mucho la mitología y era capaz de hacer cuadros genealógicos en los que situaba de manera correcta a unos 500 dioses griegos sin ni siquiera consultar un libro. Supongo que eso hizo que, cuando  llamaron a mi madre desde el Instituto para notificarle mi expulsión en Segundo de Bachillerato y le dijeron: “Hay muchachos que no están preparados para estudiar y tienen que dedicarse a otras cosas”, ella respondiese: “Son ustedes quienes no saben enseñarle”.

Carlos Gaytan, Diccionarios mitológico

Teseo contra el Minotauro en la portada de mi Diccionario Mitológico

La pasión mitológica se inició en mí precisamente un día en el que recorría con mi madre (Victoria), la Cuesta de Moyano de Madrid, donde se  venden libros de segunda mano. Me compró un libro llamado Diccionario Mitológico, que tal vez me atrajo porque en la portada se veía a un héroe luchando con un extraño monstruo con cabeza de toro. El libro era de Carlos Gaytán y todavía lo conservo.

Después, ya fascinado por la mitología, empecé a leer uno tras otro los deliciosos libros de Juan B. Bergua, especialmente su Mitología Universal, que usé tanto que quedó destrozado (también conservo ese ejemplar).


Juan B. Bergua, Mitología universal

Mi primera Mitología Universal de Juan B. Bergua. Años después compré otro ejemplar porque este ya estaba completamente destrozado.

Además de la mitología, me interesaban mucho todo tipo de temas de ninguna utilidad en el colegio (excepto en aquella clase de latín): los piratas, la muerte, los indios pieles rojas, Gengis Khan y los mongoles, los comics, la ciencia ficción, los diálogos de Platón, el cine… y los cuentos de terror.

Gracias a mi afición por los cuentos de terror conseguí mi primer trabajo: mi madre supo que un amigo suyo iba a lanzar una colección de cuentos de terror y le dijo que yo tenía algunos cuentos escritos. Era verdad, porque desde los 14 años yo había escrito muchos cuentos y varios de ellos eran de terror. Uno de ellos era Monthy, un mal plagio de Egdar Allan Poe, que era mi escritor favorito. Creo que el cuento estaba inspirado de alguna manera, quizá sin que yo fuera del todo consciente de ello, en la triste historia del actor Monthy (Montgomery) Clift y aquel accidente que le deformó la cara.

En el número 5 se publicó mi cuento “Los últimos de Yiddí”

El problema es que yo pensaba, con toda razón supongo, que mis cuentos de terror eran muy malos, así que me puse a escribir otros un poco más elaborados. Se los llevé a Jose Antonio Valverde y Luciano Valverde. Les gustaron y me pidieron más. Así publiqué unos diez cuentos en la Biblioteca Universal de Misterio y Terror de la editorial Uve.

  Hace un tiempo descubrí que en algunas páginas de Internet se habla de esos libros de la editorial UVE y que se me incluye en listas de escritores lovecraftianos.


Los últimos de Yiddí

Mi cuento “Los últimos de Yiddí” en la Universidad Miskatónica lovecraftiana, un verdadero honor

"El vampiro del abuelo"

“El vampiro del abuelo”

Después de publicar hace unos años La verdadera historia de las sociedades secretas, decidí agrupar todos mis libros en una misma página, así que empecé a buscar cosas relacionadas con aquellos lejanos cuentos de terror. Entonces me encontré con una verdadera sorpresa: los cuentos de terror no sólo habían sido publicados en España, sino también en Perú y en Chile, y tal vez en otros países de Latinoamérica. Además descubrí que para algunas personas aquella colección era un recuerdo muy especial. Y, de nuevo para mi sorpresa, incluso se mencionaba alguno de mis cuentos de manera elogiosa en esos blogs.


Portada de la colección peruana

Por mi parte, siempre he considerado que mis cuentos de terror eran muy malos, y que su mayor defecto era que no daban miedo (el mayor pecado para un cuento de terror), pero me alegra que hayan interesado e incluso asustado a alguien, porque, a pesar de todo, tengo cierto cariño a esos relatos.


uve-12

Entre los comentarios de lectores, rescato aquí algunos. El autor de la página de peruana de Markowsky:

“Los últimos de Yiddi: Escalofriante historia sobre un hombre que vuelve a su ciudad de origen a enfrentar una maldición que pesa sobre su linaje”.

Y en un comentario en la misma página Markovsky, se menciona otro de mis cuentos:

“Me has hecho recordar justamente el cuento de la colección llamado La botella del Tíbet, y también el texto de Nietzche que dice que no mires largo tiempo al abismo pues el abismo mirara dentro tuyo”.

Y más adelante añade también Markowsky:

“Para no ser injusto en mi anterior comentario me faltó mencionar que otro resaltante escritor lovecraftiano de la colección es Daniel Tubau con los interesantes cuentos Los últimos de Yiddi, El panteón de los Ugarte y La narración de James Boscombe”.

En otro comentario se dice:

uve-13“También lo que dices sobre las similitudes me parece correcto, a medida que uno iba explorando las raíces se daba cuenta de que muchos de los cuentos eran tributos u homenajes a los maestros originales, de hecho resultaba divertido después releerlos para contrastarlo mejor con las fuentes originales, voy a tomar como ejemplo el caso de Lovecraft y recuerdo que había homenajes de muy buen nivel como los realizados por los maestros Cidoncha y Tubau, asi como algunos mucho más modestos como los cuentos ‘los ojos de ry’eh’ o ‘el regalo de las estrellas’ (discreto homenaje al color que cayó del cielo)”.


uve08“Por otro lado, luego de tantos años (prácticamente mas de 30) no me explico como ninguna otra editorial se ha animado a una iniciativa similar a la de UVE, aunque reconozco que muchos de los escritores habituales de la colección eran conocidos guionistas o literatos en España (me vienen a la memoria Juan Tebar, Carlos Saiz Cidoncha, Daniel Tubau, Pedro Montero, Jose Leon Cano, Nino Velasco, Alberto Insúa, Manolo Marinero, entre otros) que además realizaron muchos otros proyectos de interés en la época”.


uve-39La interesante y detallada entrada de Markowsky incluye también una reproducción de la convocatoria del premio UVE, dotado con un millón de pesetas, lo que era una verdadera barbaridad en la época. Mi cuento Los últimos de Yiddi quedó entre los 25 finalistas del concurso, que casi ganó mi padrino, José Luis Velasco, quien también publicó muchos cuentos, así como su mujer, Carmen Morales. El ganador fue Juan Tébar, amigo y compañero hoy en día en la Escuela de Cine de Madrid (ECAM).


Los 25 finalistas del premio


Puedes leer la entrada entera de Markowsky con este enlace: Markowsky dice

Pronto escribiré algunos recuerdos de aquella época terrorífica, que prometí a Markovsky hace ya algunos años.


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