Pescando en internet

Solemos pensar en internet como una ventana o muchas ventanas. El sistema operativo Windows se nutre de esa metáfora abierta a un mundo casi infinito.
También comparamos internet con una autopista de la información, que recorremos a toda velocidad, en busca de nuevos alicientes estímulos.

Sin embargo, una metáfora más cercana y precisa es la de una caja de ganchos: nuestro ordenador, nuestra pantalla, ya sea de un teléfono móvil, de una tablet o de un ordenador de sobremesa, es un caja desde la que podemos lanzar ganchos y cuerdas que nos traen algunas de esas cosas que giran incensantemente, minuto a minuto, alrededor de la Tierra. Agarramos una cuerda y tiramos hacia nosotros, trayendo a nuestra caja-pantalla lo que el anzuelo o gancho ha atrapado en la red.

Phishing, cuando otros usuarios pescan en nuestros lagos particulares

Para precisar la metáfora, podemos comparar la red mundial de ordenadores conectados, como solía denominarse en sus inicios, como un río o un sistema de lagos, estanques y pantanos conectados en el que lanzamos el anzuelo de nuestra búsqueda para capturar a algunos de los peces o paquetes de información que navegan de uno a otro lado, o que permanecen en un tanque de agua o servidor. La única diferencia es que cuando capturamos un pez de bits no impedimos que siga nadando en la red mundial e incluso podemos crear una réplica para que también nade en nuestra pecera o disco duro.

En cualquier caso, al margen de los matices que se le puede poner a la metáfora, internet no parece ser una autopista por la que nos desplacemos para encontrar algo y tampoco una ventana, a no ser que ampliemos mucho el sentido y las características de una ventana.

 


[Escrito en 2016. Revisado en 2018]

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Hamlet en la holocubierta y Janet Murray

Marshall McLuhan predijo en el siglo XX muchos de los cambios que estamos presenciando, cuando se refirió a la trasformación que estaba teniendo lugar entre una civilización basada en los libros, la galaxia Gutemberg, y otra electrónica, la galaxia Marconi, que haría que el mundo se convirtiera en una «aldea global», en la que lo audiovisual sustituiría a lo textual. McLuhan murió en 1980, por lo que apenas pudo conocer Internet y los ordenadores personales, que han desbordado sus más locas predicciones de profeta de la nueva era.

En 1997,Janet Murray se ocupó de ese nuevo mundo y de sus posibilidades narrativas en Hamlet en la holocubierta. Aunque han pasado bastantes años desde la primera edición, Murray, como Nicholas Negroponte en El mundo digital, anunció muchas de las cosas que están sucediendo en nuestro presente y algunas que todavía están por llegar. No es casualidad que los dos trabajaran en el laboratorio creativo Medialab del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), un lugar en el que se hacen las cosas diez o quince años antes que en el resto del mundo. En el título del libro de Murray se dan cita el pasado y el futuro. Hamlet es, por supuesto, el personaje de Shakespeare, pero ¿qué es la holocubierta?

Antes de continuar leyendo, lo mejor es que el lector vea por sí mismo la holocubierta…

holocubierta from daniel tubau on Vimeo.

La holocubierta es un lugar de la nave Voyager de la serie de televisión Star Trek, un cubo negro, vacío, en el que un ordenador proyecta simulaciones muy elaboradas. Cuando un tripulante entra en la holocubierta puede participar en historias que se transforman segundo a segundo, en respuesta a sus acciones, y puede experimentar una vida virtual que es casi tan real como la vida cotidiana, porque incluso puede tocar a las personas o los objetos de ese mundo imaginario. La comandante de la Voyager, Kathryn Janeway, visita a menudo la holocubierta en busca de mundos fantásticos, por ejemplo para convertirse en Lucy Davenport, la institutriz de los dos hijos del viudo Lord Burleigh, en un mundo que recuerda el de las novelas de Jane Austen y las hermanas Brontë. Como es previsible, la institutriz se enamora de Lord Burleigh.

La holocubierta a punto de activarse

Hay que recordar que, como en casi todas las series de televisión, lo que importa en Star Trek no son los extraños seres y razas extravagantes de alienígenas. Eso sólo es el macguffin, la excusa, porque la verdadera intención de los guionistas es situar a sus personajes ante dilemas morales, se trata de una ficción de relaciones sociales y trasfondo psicológico. Muchas personas son incapaces de entender que el género de la ciencia ficción, incluso el de naves espaciales y luchas con espadas láser, lo
único que hace es plantear los mismos problemas de siempre pero en escenarios distintos. No saber leer el subtexto, e incluso el texto, y quedarse sólo en los adornos cienciaficcioneros es quizá tan grave como rechazar a Shakespeare porque sus historias transcurren en una Inglaterra llena de reyes con armadura y reinas con collarín, o a Sófocles porque Edipo va siempre medio desnudo y con sandalias. Da igual que el medio de trasporte se llame La Reina de África o Voyager, si quienes viajan en él se ven sometidos a conflictos y emociones similares. Un ejemplo del planteamiento psicológico de Star Trek es cuando la comandante, en su papel de Lucy Davenport, besa a Lord Burleigh y se pregunta si eso la convierte en una mujer infiel:
¿ha traicionado a su marido al besar a un ente virtual? Lo que quizá a más de uno le recuerde que el papa Juan Pablo II alertó en su momento de los pecados virtuales cuando dijo que pensar en ser infiel ya era en cierto modo ser infiel.

El lector ya se habrá dado cuenta de que cuando los personajes de Star Trek visitan la holocubierta no eligen increíbles futuros tecnológicos, sino que prefieren viajar al pasado. Resulta curioso, en efecto, que la comandante Janeway, que vive en un futuro lleno de naves espaciales y alienígenas, busque en sus fantasías los extraños mundos de la novela realista del siglo xix. Las fronteras entre realidad y fantasía, o entre costumbrismo o ciencia ficción, se están haciendo cada vez más difusas, como veremos en próximos capítulos.

Pero todavía no he explicado por qué en el libro de Murray  conviven Hamlet y la holocubierta. La respuesta es una pregunta que se hace Murray: «¿Cuándo tendremos en el mundo de la llamada hipernarrativa un equivalente al Hamlet de Shakespeare?». Es decir, ¿cuándo encontraremos en el mundo digital, interactivo, hipertextual, obras de calidad comparable a las de Shakespeare?

Continúa en El guión del siglo 21

 

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ENTRADAS DE EL GUIÓN DEL SIGLO 21

En  esta página dedicada a El guión del siglo 21 amplío los contenidos del libro, corrijo errores, trato nuevas cuestiones y muestro ejemplos en vídeo que, como es obvio, no podían estar presentes en un libro analógico. Los temas son casi inabarcables y para que el visitante de esta página pueda orientarse es muy recomendable que lea el libro (Casa del Libro). También en ebook en cualquier lugar del mundo.


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[Todas las ilustraciones son de Samuel Velasco]

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El movil de McLuhan

marshallMarshall McLuhan pensaba que cada nuevo medio, la televisión, el cine, la radio, la imprenta, cambia nuestra manera de relacionarnos con el mundo, pero que también transforma los antiguos medios. Además, supone una extensión o un nuevo uso de alguno de nuestros sentidos;  de ahí la célebre frase “El medio es el mensaje”.

Para McLuhan la palabra “medio” no se refería exactamente a medios como los que he enumerado antes (cine, televisión, imprenta), sino más bien a todo el contexto creado por esas nuevas extensiones de nuestros sentidos,  tampoco se refiere la palabra tan solo a los medios de comunicación o a los sentidos como tales, sino a todo nuestro cuerpo, incluyendo en ello nuestra mente y sensibilidad. Para McLuhan, en efecto, la ropa es una extensión de la piel y la rueda una extensión del pie, como también lo es una canoa, a pesar de que remamos con los brazos y las manos, pues tanto la rueda como la canoa nos permiten multiplicar el poder de desplazamiento del pie.

A menudo me pregunto qué habría pensado McLuhan de los nuevos medios y del nuevo medio creado por internet y los ordenadores. Él apenas vivió para ver los comienzos de la era digital, por lo que su poderoso ingenio metafórico y analógico no pudo aplicarse en toda su plenitud a este nuevo mundo tan lleno de novedades al que ya casi toda la humanidad nos hemos acostumbrado, por no decir entregado, permitiendo que transforme de manera radical nuestra vida cotidiana.

teléfonoPensemos en el teléfono, que sí conoció McLuhan, y en su evolución,  el móvil o celular. A primera vista, si consideramos ambos aparatos solo en teniendo en cuenta sus cualidades telefónicas, es decir si olvidamos que un smartphone o teléfono inteligente también puede contener documentos, canciones, brújulas, linternas, cuentakilómetros, GPS y otras mil utilidades; si nos limitamos a comparar el teléfono tradicional y el móvil o celular atendiendo tan solo a lo que tienen en común, descubrimos, junto a la semejanza,  una diferencia notable que transforma no solo al aparato en sí sino a nosotros mismos y a nuestra relación con el mundo. Esa diferencia consiste en que el teléfono tradicional no era transportable, mientras que el móvil, como su nombre indica (al menos en países como España), sí lo es: es un aparato móvil, que se puede llevar de un lugar a otro. Esta característica supone un cambio notabilísimo que hace que los dos aparatos sean absolutamente diferentes y que den origen a un medio, entendido en el sentido amplio macluhiano completamente diferente.

mcluhan-El teléfono tradicional, aparte de la función de comunicarnos con otras personas, tenía otras funciones o consecuencias de importancia vital: era un gancho, un lazo que nos atrapaba y nos unía a un lugar: nuestra casa y nuestra oficina. Era una herramienta propia de una civilización sedentaria, que nos emparentaba con nuestros antepasados agrícolas y ganaderos: creaba un lugar fijo en nuestras vidas, un lugar al que regresar y al que acudir, un lugar del que no podíamos alejarnos demasiado tiempo sin temor a perdernos algo vital o importante, un lugar que también nos ofrecía de manera mágica la posibilidad de contactar con personas que se hallaban en lugares muy distantes. También condicionaba nuestro comportamiento, al permitirnos establecer citas a distancia, pero al obligarnos también a ajustar esas citas en los períodos en los que sabíamos que nosotros o la otra persona contábamos con la posibilidad de pasar por nuestros dos centros fundamentales de comunicación: nuestro hogar o nuestra oficina. El teléfono tradicional, en consecuencia, acentuaba nuestro sedentarismo: tarde o temprano  (más bien temprano) debíamos regresar al lugar en el que ese artilugio nos permitiría contactar con aquellas personas que nos interesaban o con las que nos veíamos obligados a mantener contacto a distancia.

Es cierto que podíamos usar una cabina de teléfonos pública, pero, de hacerlo, al menos la otra persona debía estar en uno de los lugares que definían su vida sedentaria, su casa o su oficina. Cuando la comunicación con otra persona se convertía en imprescindible o necesaria, por ejemplo tras una ruptura amorosa, en los días, semanas o meses en los que todavía no sabíamos si esa ruptura era definitiva, nos veíamos obligados a permanecer encerrados en casa con la esperanza, casi siempre vana, de que el maldito aparato sonase de una vez y nos transmitiese el sonido de la voz amada.

Con el teléfono móvil o celular, todo lo anterior queda cancelado y volvemos a los hábitos de una tribu trashumante y cazadora, olvidando las costumbres sedentarias. Ahora podemos llevar el aparato de comunicación encima, estemos donde estemos, con lo que el regreso al hogar o a la oficina ya no es obligado, ya no nos inquietamos si llevamos demasiado tiempo fuera de esos lugares en los que ante

s se encontraba el mágico aparato de comunicación. Podemos lanzarnos a la caza de presas con las que comunicar caminando por las calles, por los montes e incluso por los mares (siempre que haya cobertura).

 

Marshall McLuhan atropellado por su hijo Eric

Marshall McLuhan atropellado por su hijo Eric

Las ventajas de este cambio son evidentes, pero las desventajas quizá son mayores, al menos para quienes son víctimas del aparato y se convierten, como también diría McLuhan, en servomecanismos de su móvil, en  esclavos orgánicos de un aparato mecánico, aplicando a la inversa aquel consejo de Jesucristo acerca del sábado: “No se hizo el móvil para el hombre, sino el hombre para el móvil”.

Con la adopción del móvil es cierto que ya no estamos atados a un lugar o  dos, pero no porque nos hayamos liberado, sino porque estamos mucho más atados que antes. Si el teléfono tradicional era la jaula o prisión a la que teníamos que regresar cada cierto tiempo, como si fuéramos presos en libertad condicional que tienen que fichar regularmente, con el móvil nos hemos regalado a nosotros mismos una cadena portátil que llevamos siempre con nosotros. Si con el teléfono fijo disponíamos de un tiempo de libertad pleno entre la oficina y el hogar, de unas horas en las que podíamos disfrutar de nuestra soledad e intimidad sin temor a ser localizados o detectados, con el móvil esto se hace casi imposible: estamos localizados en todo momento. Existen excusas, por supuesto: “Se me acabó la batería”, “No había cobertura”, “Me robaron el móvil…”, pero no se pueden mantener por mucho tiempo sin empezar a despertar sospechas.

Ahora bien, el cambio del teléfono fijo al móvil tiene muchas más consecuencias. Es cierto que ahora, ante una ruptura amorosa, no estamos obligados a dejar pasar las horas encerrados en casa con nuestra angustia, pues podemos salir a la calle, pasear, distraernos, ir al cine… Cierto, pero, a cambio, en todo momento estaremos pensando que puede sonar el móvil, con lo que no tendremos un verdadero momento de libertad, descanso o intimidad. En la ya lejana época del teléfono fijo, si lográbamos salir de casa, sabíamos que, al menos durante esas horas, no podía sonar el teléfono (o al menos no podríamos oírlo).

Otra consecuencia del cambio de fijo a trasportable es que el móvil permite que también nos tengan localizados en el trabajo, que en todo momento estemos al alcance de nuestros jefes o colaboradores, incluso en horas fuera del horario laboral. El móvil, como cadena portátil que nosotros mismos enganchamos a nuestra muñeca o que llevamos en el bolsillo, nos convierte en prisioneros en una jaula sin muros, pero de la que es casi imposible escapar, pues sus eslabones invisibles nos pueden mantener atados de una punta a otra de un país, de un continente e incluso del planeta entero.

Por otra parte, aunque ya he dicho que ese aspecto no lo voy a analizar aquí, no sólo estamos encadenados por el teléfono como tal, sino por el correo electrónico o cualquier aplicación del smartphone que nos mantenga atados a las redes sociales. El móvil, que por un lado supone un paso en el camino hacia la liberación laboral, al facilitar el trabajo a distancia y fuera de las oficinas, por otro lado lleva a lo contrario, al permitirnos llevar nuestra jaula a cuestas. Obsérvese, por cierto, que también los ordenadores fueron en su momento un gancho que nos mantenía unidos a nuestros hogares y oficinas, pero que su evolución ha ido en la misma dirección que la del móvil, la portabilidad, a través de portátiles, ultraligeros y tablets.  La liberación de las oficinas, un paso sin duda beneficioso para la humanidad, o al menos para las personas, puede tener la consecuencia de que todo nuestro tiempo se convierta en tiempo de oficina, puesto que llevamos a cuestas el aparato que nos permite seguir trabajando. Cuando empecé a trabajar con un ordenador portátil en una cafetería, hace ya unos cuantos años, me gustaba la sensación de estar allí pensando y escribiendo mientras los que me rodeaban desayunaban o charlaban, pero cada vez más las cafeterías se empiezan a parecer a oficinas, en las que todas las mesas están ocupadas por personas que escriben en un ordenador. Incluso algunas de ellas resuelven asuntos de oficina desde su móvil, sin levantarse de la mesa y haciéndonos escuchar a todos las típicas conversaciones que creíamos desterradas de nuestras vidas cuando huimos de las oficinas.

Tómese todo lo anterior más con humor que con ardor, pues no es mi intención denunciar sino describir, y regresemos a la diferencia entre el antiguo teléfono, como gancho que nos ataba a un lugar o dos (el hogar y la oficina), ejerciendo un cierto control sobre nuestra vida y nuestra libertad, y el móvil, que nos permite movernos con libertad pero que en realidad nos mantiene encadenados casi durante toda nuestra vigilia.

Mi intención ha sido tan solo mostrar el cambio trascendental que un nuevo medio (o una evolución de un antiguo medio) ha provocado o puede provocar en nuestra vida. No es el único cambio, pues hay otros, aunque sin duda menos radicales que el regresar desde el sedentarismo a la caza y la recolección o la aceptación voluntaria de llevar nuestra propia cadena. Otro cambio notable es que mientras que el teléfono fijo permitía que las conversaciones a distancia fueran privadas (en casa) o semiprivadas (en la oficina), el móvil ha hecho que ahora se hagan públicas (en cafeterías, trenes, autobuses, caminando por la calle). No menos trascendental es el hecho de que el móvil casi ha acabado con la posibilidad de establecer plazos de desconexión real con el mundo exterior, que nos impida entregarnos al olvido y el anonimato, a la libertad de no ser interrumpidos, a la posibilidad de que nuestra mente mire hacia el futuro inmediato, a corto o a medio plazo, con la tranquilidad de que no será interrumpida por el sonido de nuestra cadena portátil, por el ladrido inesperado de ese perro guardián que llevamos en el bolsillo, recordándonos que estamos atrapados, estemos donde estemos.

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Escrito desde la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, donde algún eslabón de la cadena del móvil y de internet se quiebra, regesando a los viejos tiempos de la desconexión, con todo lo bueno y lo malo.

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Conocemos porque conocemos

neuronic-connections

El cerebro de cualquier persona adulta contiene más cosas de las que puede manejar.

La cantidad de información que el cerebro de cualquier ser humano acumula en veinte o treinta años de vida es tan inmensa que ni él mismo podría preparar un catálogo mínimo de lo que tiene. Hace veinte años escribí un cuento, que comenzaba así:

EL HOMBRE QUE RECUERDA

Un joven imaginado por nosotros vive veinte años en el mundo y, trascurrido este tiempo, se encierra en una habitación de paredes blancas. En este aposento no entra la luz del sol ni se adivina la oscuridad nocturna. Hay tan sólo, si es posible imaginarlo, una claridad no definida, neutra, que no produce sombra alguna. El hombre no saldrá jamás del lugar donde queremos verle, se somete a nuestros deseos y renuncia a seguir viviendo. Su tarea, la única, será recordar sus años de libertad, sus momentos de libre albedrío. Para ello le concedemos sesenta, cien años si los requiere.

La intención de este cuento era mostrar que ese hombre no tendría tiempo suficiente para recordar aquellos 20 años de vida, ni siquiera si se le concedieran cien o más años. Hay que tener en cuenta que su misión es recordar absolutamente todo.

No podría recordar veinte años ni siquiera en cien años, debido a diversas razones que ahora ni yo mismo recuerdo (no terminé el cuento), pero entre ellas porque el mundo del pensamiento no es el mundo de las cosas, sino el de las relaciones entre las cosas y porque, hablando de manera estricta, no conocemos las cosas reales, existan o no, sino sólo la relación que establecemos entre nuestra mente y algo exterior a ella. Es decir, de nuevo relaciones, como bien decía Leibniz, relaciones entre las cosas, entre nuestra percepción y las cosas, y entre nuestra percepciones.

Como es obvio, la idea que tenemos acerca de nuestra propia mente es también una relación entre datos de observación recibidos por ella y gracias a ella. No conozco a nadie que lo haya dicho mejor que Demócrito en su juicio entre la razón y los sentidos, del que sólo posemos unos fragmentos, como este de Galeno en De medicina empírica:

Después de haber dicho “por convención el color, por convención lo dulce, por convención lo salado, pero en realidad sólo existen átomos y vacío”, Demócrito hace que los sentidos, dirigiéndose a la razón, hablen de este modo: “¡Oh, mísera razón que tomas de nosotros tus certezas! ¿Tratas de destruirnos? Nuestra caída, sin duda, será tu propia destrucción”.

Ahora bien, de todas las cosas que un cerebro contiene, las que más influyen en su manera de pensar son las primeras que aprendió.

Nuestro aprendizaje se mueve de lo conocido a lo desconocido. Los nuevos conocimientos se asientan sobre los antiguos, por lo que quizá es imposible que podamos conocer algo realmente nuevo, algo que no tenga relación con algo que ya sabemos. Como dije antes, el conocimiento de las cosas es conocimiento de relaciones, relaciones en gran parte o totalmente de lo nuevo con lo antiguo. Incluso aquellas cosas que consideramos verdaderamente nuevas se relacionan con lo antiguo, puesto queson distintas de aquellas que ya conocemos. 

Decía Jenófanes: lo conocido es la base de lo desconocido.

La consecuencia de esto es que nuestros primeros conocimientos son la base sobre la que se apoyan los posteriores, que están muy condicionados por ellos.

Del mismo modo que cuando aprendemos mal una palabra, después nos cuesta aprenderla bien, también nos resulta muy difícil librarnos de nuestros prejuicios, incluso aunque seamos conscientes de ellos y los despreciemos. Por un movimiento intuitivo del todo natural, nuestro cerebro se pone a trabajar con los parámetros a los que está habituado.

Esto, que es un hecho observable de la conciencia individual, se puede fácilmente trasponer a la conciencia social o colectiva. Para decirlo sin que parezca que se trate de una especie de cerebro social: las sociedades establecidas intentan resolver los problemas recurriendo a métodos que han funcionado antes. Cuando el método nuevo no parece funcionar, les da por romperlo todo.

Lo mismo hacemos las personas: ante una dificultad que no podemos resolver por los cauces habituales caemos en la depresión, la ira, la desesperación o el nihilismo. O la ironía.

Por otra parte, uno de los mayores problemas de lo seres humanos es su deseo de tener claras las cosas.

Nuestro deseo de tener claras las cosas puede deberse a diversas causas, que aquí se van a enumerar, o tal vez a ninguna de ellas. Tampoco resulta de vital importancia descubrir su origen, sino que es mucho mejor simplemente darse cuenta de que tal cosa sucede y cómo sucede: Newton no sabía cuál era la causa de la gravedad, pero sí sabía que esta fuerza existía y supo explicar cómo actuaba.

Pues bien, el origen de ese ansia por tener las cosas claras puede deberse a una estrategia de supervivencia biológica de la especie, o puede deberse a que nuestros padres y en general los adultos nos educaron durante la infancia con dicotomías simples: “Esto es bueno, esto es malo, haz esto, no hagas esto”.

Posteriormente, seguimos aplicando este método y nuestra mente coloca en categorías más o menos estancas las cosas que va aprendiendo. Preferimos tener un enemigo claro al que podemos insultar que la incertidumbre de llegar a entendernos con él, porque eso podría hacer que se tambalearan nuestras seguridades y nuestro ordenado mundo mental.

De esta manera establecemos barreras infranqueables que nos separan de ciertas personas, como si se tratara de seres de otro planeta o de otra especie con la que la comunicación es imposible. Pero no somos tan distintos de ellos.

 

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El cerebro auxiliar

La escritura supone un cambio en nuestra manera de relacionarnos con la realidad, porque permite que nos observemos a nosotros mismos.

Las páginas web, los weblogs y en general todo el procesamiento de información gracias a los computadores nos permite contemplarnos mejor que antes.

También nos permite acceder de manera rápida a nuestras propias ideas, que también podemos guardar y ordenar casi mejor que en nuestro propio cerebro.

En efecto, cuando guardamos nuestras ideas en nuestro cerebro biológico, esas ideas no se quedan allí tal como las dejamos, sino que evolucionan y se desarrollan. No es que tengan vida propia. Lo que sucede es que nuestro cerebro trabaja por su cuenta en un plano no consciente o no inmediatamente consciente. Prefiero no utilizar aquí ningún térrmino concreto, como subconsciente, preconsciente o inconsciente. Términos que están asociados a teorías con las que no estoy seguro que coincidan mis ideas.

Lo importante es que nuestro cerebro trabaja en un plano que no es siempre inmediatamente perceptible para nuestra conciencia habitual. Esto se puede comprobar de diversas maneras.

Cogemos un libro de fotografías de un tema que nos guste, por ejemplo, de artistas de cine.

Miramos una a una las fotografías y apuntamos el nombre de cada artista. Probablemente habrá algunos de los que no nos acordaremos.

Cambiamos de tema y nos olvidémonos del álbum.

Al cabo de unas horas o de unos días, tomamos de nuevo el álbum. Descubriremos que, sin siquera pensar en ello, en cuanto vemos las fotos, nos vienen a la memoria nombres que en la ocasión anterior no habíamos recordado. También seremos capaces, en muchos casos, de adivinar cuál será la siguiente fotografía, aunque en su momento no le hayamos dado a nuestro cerebro la orden consciente de percibir y memorizar ese orden.

Se pueden hacer muchas experiencias similares a esta, que prueban que el cerebro trabaja por su cuenta: no conseguimos recordar el nombre de un actor o el de un amigo. Nos damos por vencidos. De pronto, segundos, minutos o incluso horas más tarde, ese nombre se nos presenta de manera inesperada a nuestro yo consciente.

Se habla de la Red mundial o Internet como una especie de conciencia colectiva. No es el tema que me interesa en este momento. Yo sólo quiero hablar del almacenamiento de información en computadores o páginas de la Red como si se tratara de un cerebro supletorio.

Internet

Cuando uno escribe en una página web y no se limita a dejar ahí las entradas y olvidarse de ellas, sino que regresa, las relee y establece nuevos nexos entre cosas nuevas y antiguas, está actuando de manera semejante a como lo hacen nuestras neuronas todos los días.

En realidad lo está haciendo de manera doble, porque todo trabajo de acumulación de datos y de establecimiento de nexos en el ordenador está efectuándose en paralelo en el interior de nuestro propio cerebro. Es una especie de trabajo duplicado.

Ahora bien. No somos plenamente conscientes de los nexos que se establecen entre nuestras neuronas cuando digerimos información. No podemos, por el momento, observar esos nexos y catalogarlos. No podemos decir que tal o cual conocimiento pasa de esta a aquella neurona a través de un axón concreto.

Pero sí podemos trazar un mapa y reconstruir los nexos que hemos establecido en nuestra página web (e incluso con páginas web externas).

La metáfora de la telaraña o red mundial no es del todo adecuada, puesto que en una telaraña, aunque haya muchos hilos, estos suelen estar en una estructura ordenada y no se establecen conexiones siguiendo patrones caóticos. Excepto cuando las arañas son sometidas a alucinógenos y empiezan a tejer de manera verdaderamente caótica.

spiderCaffeinatedSpider

Telarañas de arañas sometidas a diferentes estimulantes

La metáfora adecuada para internet sería tal vez la de las neuronas, si es que fuese cierto que cualquier neurona del cerebro puede conectarse con cualquier otra, lo que no es seguro: en la red mundial es posible establecer en principio una conexión entre dos puntos cualesquiera mediante un enlace directo, se encuentren donde se encuentren.

Esto superaría quizá a las neuronas, aunque las neuronas, por el momento, superan a cualquier sistema creado por el ser humano en capacidad de almacenamiento y procesado.

Sucede, sin embargo, que la fusión entre neuronas e información computacional está cada vez más cerca. La duda es cómo se producirá esta fusión y qué condicionará a qué: las neuronas a los bits o los bits a las neuronas. La posibilidad de una policía del cerebro a través de la conexión por microchips biológicos parece cercana, y quizá sea difícil escapar a ella.

Lo que sí parece seguro es que en el futuro desaparecerán los teclados, las pantallas y cualquier otro artilugio de hardware como ahora lo conocemos.

Sí, quizá sigan existiendo, pero resultarán innecesarios: tendremos toda esa información directamente acoplada al cráneo, o ni siquiera eso: podremos acceder a ella de manera eléctrica, aunque esté alojada externamente. Algo parecido a la telepatía. Quiero decir con ello que nos bastará pensar en que queremos consultar un dato para acceder a ese dato. Podremos navegar por internet sin teclear y sin mirar a una pantalla física: lo veremos todo dentro de nuestra cabeza. No creo que falte mucho para eso.

A quien le parezca algo difícil de creer debería reflexionar en qué es lo que hacemos cuando pulsamos las teclas de un teclado. En milésimas de segundo pensamos: “Voy a apretar la tecla a y luego la r y luego la t y luego la e“.

Y efectivamente, no sólo lo pensamos, sino que además mandamos esa instrucción a nuestro cuerpo, que aprieta cuatro teclas. El lector puede detenerse un momento a pensar en lo complejísimo que resulta algo aparentemente tan sencillo como escribir arte en el teclado de un ordenador.

Parece infinitamente más sencillo pensar en la palabra arte sin más y verla aparecer en la pantalla. De hecho, ya existe la comunicación concepto mental/ordenador sin teclado ni ratón , sólo con el pensamiento. Naturalmente, hace falta un chip o un electrodo conectado al cerebro, pero a partir de ahí, la persona puede manejar el ordenador sólo pensando. Pensando, sin mover las manos ni la boca, puede hacer que el ordenador abra un nuevo documento o lo cierre, o escriba “SÍ” o escriba “NO”. Esto es sólo el principio.

El final de ese camino será que podremos contemplar todo lo que tenemos en el cerebro como quien lo contempla en la pantalla de un ordenador. Y también se producirá, al menos en una primera fase, una especie de fusión entre nuestros datos externos, los de nuestro ordenador o nuestra página web y los de nuestro cerebro o cerebros ajenos.

Esto, sin duda, tendrá mucha importancia en el tratamiento de lo que hoy se consideran enfermedades mentales o psicológicas. Me atrevo a predecir que algunas de las ideas de Freud serán recuperadas, pero por un camino bastante inesperado para los propios psicoanalistas. Ahora el psiconanálisis, con razón, está en horas muy bajas, casi agonizando, pero algunas de las intuiciones de Freud podrán ser aplicadas de nuevo, aunque no de la manera cuasi mística y acientífica en que fueron aplicadas en el siglo XX, manera a la que él mismo contribuyó o no supo resistirse (a pesar de su amor por la ciencia rigurosa), y se recuperará parte de su validez original, tan desperdiciada por aprendices de brujo de los divanes, que quizá no disponían de las herramientas necesarias para no caer en la magia vulgar.

Naturalmente, esta fusión entre cerebros y ordenadores será la llave de la inmortalidad, pero ciertos fenómenos químicos hacen todavía dudar de si tal inmortalidad será realmente personal y de si podremos seguir hablando de identidad individual.

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[Escrito el 31 de enero de 2006]

Este artículo es en cierto modo la conclusión de Conocemos porque conocemos

NOTAS

2006: Acerca del asunto del control cerebral de ordenadores he publicado un cuento llamado Vidas vicarias, que puedes leer en Escrito en el agua (julio y agosto de 2006).

2014: Ahora el cuento es uno de los que se incluyen en Recuerdos de la era analógica, que puedes conseguir en digital o en papel en la edición de Evohé 2009.

Recientemente, investigadores han logrado exactamente lo que predije en Vidas vicarias: “Tú apuntas, yo disparo”.

Más sobre Vidas vicarias:

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¿Qué es recuerdos de la era analógica?

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Todas las entradas de ciencia en Cuaderno de ciencia.

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