La inteligencia contra los test de inteligencia

La inteligencia a menudo se ha comparado con capacidades medibles mediante pruebas y test de inteligencia y hoy en día casi todo el mundo acepta que si alguien tiene muchos puntos en su CI (IQ en inglés) eso significa que es inteligente. Sin embargo, la fiabilidad de los test de inteligencia ha sido puesta en duda a menudo, y de hecho han sido modificados una y otra vez para adaptarse a las nuevas nociones que tenemos de inteligencia. Al final resulta difícil evitar la tautología o definición circular que ya mencioné en otra ocasión: los test de inteligencia miden la inteligencia y la inteligencia es esa cosa que miden los test de inteligencia.

El carácter discriminatorio de los test de inteligencia fue señalado de manera poderosa por el biólogo Stephen Jay Gould en su libro La falsa medida del hombre. Aunque algunos aspectos del libro son hoy discutibles a causa de posteriores investigaciones, destino al que están sometidas todas las teorías y propuestas que se basan en la observación y la ciencia, la esencia de lo que dice Gould sigue siendo válida.

En los primeros test de inteligencia empleados por el gobierno de Estados Unidos, los resultados para comunidades asiáticas, latinas y negras eran claramente inferiores a los de la comunidad blanca o puramente anglosajona (los llamados WASP, White Anglosaxon Protestant, blancos anglosajones y protestantes). Con el paso de los años, estos resultados han ido cambiando y los porcentajes se han ido equilibrando, a pesar de que es absurdo hablar de una mutación o evolución en los grupos estudiados que se haya producido en apenas unas cuantas décadas.

Una prueba de ello fue el bestseller Battle Hymn of the Tiger Mother, publicado en 2011 por la editorial Bloomsbury, en el que una madre de origen chino, Amy Chua, contaba cómo había educado a sus hijas siguiendo criterios de exigencia que hoy en día en muchos países nos parecen inhumanos. Su libro dio origen a la expresión “Madre Tigre” (Mother Tiger o Tiger Mom), que se define en el diccionario MacMillan como: “Una madre verdaderamente estricta que hace trabajar a sus hijos de manera particularmente dura y que reduce de manera drástica su tiempo libre para que continuamente alcancen los más altos retos”.

Según parece, en los últimos test de inteligencia los mejores resultados los obtienen personas procedentes de Asia Oriental (China, Japón y Corea del Sur), algo que parece tener mucha más relación con la cantidad de horas que las madres y padres obligan a estudiar a sus hijos que con otra improbable mutación genética.


[Publicado el 3 de abril de 2013 en Divertinajes]

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Parientes cercanos

Existen muchas maneras de definir qué es la inteligencia. Una de las más interesantes y precisas es:

La inteligencia consiste en ser capaz de modificar la conducta al tener en cuenta la información que se recibe del medio circundante.

Esta definición es bastante convincente, pero tiene el problema de que su campo de aplicación es muy amplio. Muchos animales pueden ser considerados inteligentes, como las abejas de las que hablé en Lo que sí está en los genes, capaces de señalar a sus compañeras dónde encontrar un buen campo de margaritas. Ahora bien, quizá no nos parecen tan inteligentes aquellas otras abejas de la especie higiénica que son capaces de abrir celdillas infectadas pero que no tiran la larva enferma, a pesar de tenerla allí delante, ya que carecen de la instrucción genética para realizar esa segunda tarea, a primera vista tan obvia. El comportamiento instintivo no nos parece inteligente y tampoco creo que lo sea el intuitivo, que es una especie de instinto, pero adquirido durante la vida del individuo, como dije en Inteligencia intuitiva.

Volvamos a la definición de inteligencia.

Minsky y un amigo

El comportamiento inteligente podría incluir no solo animales como las abejas, los cuervos, los perros y los gatos, y quién sabe si las esponjas (que tardaron hasta 1765 en ser reconocidas como animales), sino también a los ordenadores personales e incluso a los termostatos. Eso último es lo que opinó hace muchos años Marvin Minsky, uno de los pioneros de la Inteligencia Artificial. Minsky opinaba que un termostato que mantiene estable la temperatura de una habitación es inteligente, puesto que recibe información del medio circundante, por ejemplo que la temperatura es de 12 grados, y a continuación modifica su conducta, dando salida a aire caliente hasta que la temperatura se eleva a 18 grados. Cuando vuelve a recibir la información de que esa temperatura ha sido alcanzada, vuelve a modificar su conducta e interrumpe o disminuye la salida de aire caliente. La provocación de Minsky tenía la intención de señalarnos lo difícil que resulta definir la inteligencia, a pesar de lo que creen los partidarios de los test de inteligencia, quienes acaban en la inevitable conclusión de que la inteligencia es esa cosa que miden sus test.

Elementos de la inteligencia del termostato

Aristóteles ya nos ofreció una brillante distinción entre las tres clases de alma o naturaleza: la de las plantas, con alma vegetativa; la de los animales, con alma vegetativa y sensitiva, y la de los seres humanos, con alma vegetativa, sensitiva e intelectiva. Pero también podríamos considerar que las plantas, los animales, los seres humanos e incluso los termostatos pertenecemos a una extraña especie o género, la de los “procesadores de información”. Nos distinguimos unos de otros según sea nuestra mayor o menor capacidad de procesamiento. Probablemente, un termostato sea en esta clasificación un pariente cercano de una esponja, mientras que los más avanzados ordenadores comienzan a compartir con nosotros un cierto aire de familia.

 


 

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La falsa modestia y la soberbia cierta

A menudo se dice que alguien muestra una falsa modestia o una modestia estudiada.

En primer lugar, ¿no podríamos pensar también que la soberbia es igualmente estudiada? Solemos considerar que la soberbia es algo que surge de manera no tan calculada o hipócrita como la falsa modestia, pero hay ejemplos que demuestran que la soberbia puede ser también muy estudiada. Según cuentan los amigos de Dalí, cuando el pintor veía que los periodistas se habían ido, se bajaba los bigotes y decía algo así como: “Bueno, ahora que ya estamos solos, no hace falta seguir con el personaje”.

“Cada mañana cuando me despierto, siento de nuevo un placer supremo, el de ser Salvador Dalí”

Si quisiéramos ir más lejos, podríamos preguntar si cualquier presunción no sólo es estudiada, debido a que que el presuntuoso se examina a sí mismo con esmero para ver qué méritos suyos puede señalar a los demás, sino que, además, por paradójico que parezca, la presunción puede ser falsa. ¿Por qué? Porque la necesidad de presumir suele esconder una cierta desconfianza en uno mismo: puesto que no se espera que los demás admiren los méritos propios, el presuntuoso se ve obligado a insistir en ellos y resaltarlos.

Casi todos los que mi padre llamaba “papanatas” practican esa soberbia calculada, que a menudo esconde gran inseguridad. Es lo que  dice Mariel Hemingway, que se da cuenta en Manhhattan de lo que esconde la pedante Diane Keaton tras el primer encuentro: “Creo que estaba nerviosa e insegura”.

Por otra parte, ¿es bueno o malo eso de la estudiada modestia? ¿Sería preferible tener una modestia descuidada? ¿No disminuiría eso el mérito del modesto, que lo sería sin siquiera darse cuenta de que lo es, cuando la verdadera dificultad sería el tener razones o impulsos hacia la presunción y, sin embargo, ser modesto?

Por poner un ejemplo, Borges, a quien se acusa de practicar una estudiada modestia, se mostraba, en efecto, modesto muy  a menudo, a pesar de que tenía sobrados argumentos para presumir. Si su modestia no hubiese sido estudiada sería sin duda pura hipocresía, más falsa que la falsa modestia. Una modestia no estudiada en Borges haría dudar acerca del conocimiento de sí mismo , porque tenía muchas razones para decir aquello que dijo Villiers de L’Isle Adam: “Me estimo poco cuando me examino, mucho cuando me comparo”.

Todo esto no impide que  se pueda ser modesto sin estar fingiendo. Por supuesto que sí, se puede ser modesto con verdadera convicción. Uno puede ser sinceramente modesto porque siente que no hay nada en lo que pueda destacar.

Lo que resulta más difícil es fingir que no adviertes que otros te miran como modesto o falso modesto, y el hecho de percibir eso influirá en tu comportamiento. Entonces serás un modesto que se da cuenta de que los demás no creen que debas mostrarte modesto, lo que, probablemente, te convierta, al menos en la relación social, en un falso modesto.


[Publicado el 4 de enero de 2008]

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Los personajes de Kundera

Veo que los personajes de Milan Kundera se comportan como pacientes arquetípicos del psicoanálisis, Entonces, ¿no significa eso que tenía razón Freud? En contra de mis propios prejuicios, me doy cuenta de que Freud tenía más razón de lo que puede parecer, pero, hay un “pero”…

Se comportan así y atribuyen sus problemas a sus traumas, a sus madres, etc., pero ello no implica que sea así de verdad (que sus problemas procedan de esos traumas), ni tampoco que sea correcto (ser víctima de los propios traumas), y que no sea lamentable que una persona no sea capaz de sobreponerse a ello.

El cerebro busca orden y se complace con cualquier cosa que le parezaca justificadora (que sirva como explicación de algo).

Por otro, lado, cuán cierto lo que dice Kundera: los amores, como los grandes imperios, se basan en un ideal y mueren cuando ese ideal muere.


[Escrito antes del 30 de agosto de 1998. Lo que está escrito en otro color es de 2016]

Comentario en 2016

Se trata de una nota de lectura, tras leer algo de Kundera. En la parte escrita en negrita (estaba así en el original) está quizá una clave y un matiz importante a lo de que Freud tenía razón. Como es obvio, Freud tenía razón en muchas cosas y probablemente no la tenía en muchas más, o por decirlo de otra manera, su afán por explicarlo todo hizo que muchas de sus mejores observaciones acerca de la psicología perdieran gran parte de su valor y precisión, al estar supeditadas a un sistema dogmático.

Pero no me refería a eso con lo del ansia de explicación, sino más bien (si lo recuerdo bien), a que con la llegada del psicoanálisis, muchas personas vieron ahí un filón para explicar cualquier cosa imaginable, y en especial sus propios problemas, inseguridades  y rasgos de carácter.

Es obvio que cualquier cosa que nos suceda puede influir sobre nosotros y dejar una huella más o menos profunda y más o menos negativa. Sería absurdo negarlo, porque ¿de qué otra manera podría formarse nuestra personalidad? Dentro de estas influencias, las mayores suelen ser las que proceden de nuestros padres, porque son los seres que comienzan a definir (para nosotros) lo que es el mundo, después nos pueden influir novios, novias, jefes, amigos. Todo ellos van dando forma a nuestra personalidad, no cabe duda.

Antes de Freud todo esto también se sabía, por supuesto, y se puede encontrar en casi cualquier escritor: célebres son los casos de los personajes de Shakespeare, que el propio Freud empleó como ejemplo, en especial Hamlet, que quizá se puede considerar uno de los padres del psicoanálisis, mucho más que Edipo, puesto que Edipo no se atormenta tanto como Hamlet por el aspecto puramente psicológico, sino más bien por el hecho mismo de que ha matado a su padre y se acuesta con su madre. Freud llevó al extremo la idea y proporcionó una explicación poderosa, lo que hizo que muchos se refugiaran en ella, pudiendo por fin explicar los rasgos de su carácter, y a  menudo su falta de carácter para cambiar esos rasgos, mediante una justificación que sonaba convincente. De este modo, las explicaciones del psicoanálisis, al margen de su posible verdad o falsedad concreta, sustituyeron las explicaciones anteriores, como la religiosa: ya no se trataba de un problema de pecado original o de recibir o no la gracia divina, de arrepentimiento y redención, sino de traumas infantiles.


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CONTRA EL JUICIO INSTANTÁNEO

lapaginanoaltEn La página noALT traté hace años algunas cuestiones relacionadas
con la polarización política, ideológica e idealógica.

 

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Maquiavelismo y narrativa

Habla Michael Carrithers del pensamiento maquiavélico como útil para la especie.

Y lo es, sin duda, pero no sé si también se podría decir que el pensamiento maquiavélico es, además, una sofisticación cultural de esa sofisticación evolutiva o cultural que es el pensamiento narrativo.

“Quien engaña siempre encontrará a personas que desean ser engañadas” (El perfecto credo del narrador, en especial de la mayoría de los guionistas de películas y series)

Es tal vez algo parecido a cómo un guionista o un escritor se aprovecha de los códigos y prejuicios para romperlos en su propio beneficio: puesto que los demás van  a aplicar el mecanismo planteamiento-desarrollo y desenlace, yo les supero, les engaño, les pongo una trampa rompiendo ese mecanismo. Por ejemplo, recurriendo a un deus ex machina (un tiro inesperado, por ejemplo) o de manera más sofisticada, rompiendo las leyes del discurso. Un maquiavélico utilizaría un arma de fuego en un duelo aunque se hubiese pactado no usarlas. Por su parte, un guionista deseoso de sorprender al espectador, usara un deus ex machina en una película.


[Publicado el 13 de enero de 2008, revisado en 2016]

DEUS EX MACHINA y DIABOLUS EX MACHINA

¿Qué es el deus ex machina?

||DEUS EX MACHINA (Y DIABOLUS)


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Viaje a la esencia

diccionadiodelalengua

Existen muy diversas maneras de intentar definir, entender o describir algo. Una es el esencialismo, que afirma que existe una definición “correcta” o “esencial” de las cosas, de los objetos, de los entes o de las palabras. El esencialismo es la teoría preferida por los reglamentistas, que aseguran que instituciones como la Academia de la Lengua son las que deben determinar si el uso de esta o aquella palabra es adecuado o incorrecto.

democrito8Otra manera de decidir lo que significan las palabras es el recurso a la etimología: se busca el origen de la palabra y de este modo se decide su significado. A este método era muy aficionado Platón, que polemizó desde Atenas con el abderita Demócrito acerca de la naturaleza del lenguaje. Demócrito pensaba que el lenguaje es fruto de una convención y que no existe un nexo necesario entre una cosa y la palabra que se usa para designarla. Ofreció varios argumentos casi para probar su tesis, como estos dos:

  • Las palabras homónimas. Si dos cosas diferentes se definen con una misma palabra, eso prueba que no hay un encadenamiento inevitable y natural entre el nombre y la cosa. “Banco” puede referirse a un lugar donde se sienta uno, a una entidad de crédito o a un grupo de peces.
  • Los sinónimos. Si una cosa se define con dos o más palabras diferentes, entonces eso es un indicio, aunque quizá no una prueba definitiva, de que no existe una conexión, o al menos una conexión única, entre las palabras y las cosas.  “Casa”, “hogar” y “morada” se definen a una misma cosa.
Samuel Johnson

Samuel Johnson

Frente al reglamentismo o esencialismo, ya sea por dictamen de las Autoridades o por etimología, encontramos diferentes métodos basados en la observación, en el método empírico. Es decir, observamos cómo se emplean las palabras y eso nos permite saber qué significan. Ese era el método que seguía casi siempre Aristóteles, que cuando quería averiguar qué era la prudencia observaba a los prudentes. Decimos que Pericles es prudente y entonces nos preguntamos qué cosas hace Pericles. Observamos lo que hace y descubrimos que muchas de las cosas que hace parecen tener rasgos comunes. Uno de esos rasgos es lo que llamamos prudencia. , porque se supone que tendrán relación con la prudencia. Este es el también el estilo anglosajón, frente al reglamentismo francés o español, que siguieron personas como Samuel Johnson al crear su diccionario: en vez de dictaminar qué era correcto y qué era incorrecto, recopilar todas las palabras publicadas en libros y revistas. Al parecer, Johnson sólo olvido una de importancia: “bond” (criada).

Wittgenstein-

Ludwig Wittgenstein

En el siglo XX, Wittgenstein reinventó el método aristotélico y creó la filosofía del lenguaje más influyente de las últimas décadas, lo que se ha llamado la teoría del lenguaje como valor de uso. Aunque en esencia se trata de lo mismo que hacían Demócrito, Aristóteles o Samuel Johnson, Wittgenstein logró que sus ideas parecieran distintas de manera un poco paradójica, porque puso un límite claro a cualquier ambición definidora. Wittgenstein observaba cómo se usaban las palabras, pero se detenía ahí, en la observación, sin pretender extraer reglas, más allá de la constatación de que existen diferentes “juegos de lenguaje” o de que no puede existir un lenguaje privado. Aristóteles, por el contrario, a partir del empirismo iniciaba la construcción de complejos esquemas y precisas categorizaciones y buscaba las leyes ocultas bajo el caos aparente.

En cualquier caso, lo que aquí me interesa de las definiciones esencialistas o empiristas es que también se pueden aplicar, y de hecho se aplican, en el terreno de la discusión ideológica o ética. El esencialismo en sus diversas variantes ha sido de mucha utilidad para exonerar de crímenes o desmanes a aquellas personas, movimientos, ideologías o religiones a las que nos sentimos cercanos. Gracias al esencialismo podemos decir:

“Aunque muchos cristianos cometieron crímenes, eso no son crímenes del cristianismo, ya que esas personas se consideraban cristianas pero no lo eran”.

[bctt tweet=”El esencialismo ha sido muy útil para excusar todo tipo de crímenes” username=”danieltubau”]Lo mismo vale para el comunismo, el fascismo, el colonialismo, el anticolonialismo, el budismo, el liberalismo o cualquier otra cosa. El argumento es más o menos el siguiente: “En la definición esencial de cristianismo, comunismo o fascismo, no estaba contenida su aplicación futura”.

Por el contrario, las teorías empiristas dicen, como Aristóteles, que al observar las acciones de los comunistas, los fascistas, los liberales, los cristianos, vemos que abundan las injusticias, los abusos y los crímenes, por lo que parece razonable concluir que algo de responsabilidad se debe atribuir a esas doctrinas.

No se puede negar que el argumento esencialista es adecuado en algunos casos y que en muchas ocasiones  alguien que se limitó a formular una teoría, a proponer una ideología o a propagar una religión no puede ser responsabilizado de los crímenes de sus partidarios, algunos de ellos distantes cientos de años en el futuro. No parece razonable atribuir a Buda o a Laozi los crímenes cometidos en Sri Lanka en el siglo XX o en la China de la época Qin. Los responsables de esos crímenes podían considerarse, y así eran considerados por sus propios partidarios, como taoístas y budistas, pero no por ello Buda o Laozi tienen por qué heredar de manera retrospectiva las culpas de sus seguidores futuros. Ahora bien, en casos como los anteriores, si la excusa esencialista funciona será precisamente porque se base en el empirismo, es decir en observar lo que hicieron o no hicieron Buda o Laozi.

Existen otros muchos ejemplos, sin embargo, en los que parece posible y razonable trazar una línea que conecta al creador de la doctrina con los desmanes de sus seguidores. En algunos casos hay pocas dudas, porque el propio fundador ha tenido en sus manos los instrumentos del poder y ha podido demostrar las consecuencias prácticas de sus doctrinas. Entre ellos podríamos mencionar al inflexible Moisés, al conquistador Mahoma o a tantos ideólogos y al mismo tiempo líderes supremos que produjo el siglo XX, como Lenin, Mussolini, Stalin, Hitler, Franco o Mao Zedong, que cito aquí por orden de aparición en lo más alto de la escena política.

Decía Agustín de Hipona, en una definición quizá esencialista, que del mismo modo que el hierro se prueba en la fragua, el ser humano se prueba en el poder. La verdad es que muy pocos han logrado pasar esa prueba, demostrando el dicho empírico de Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. 

Kropotkin

Kropotkin

A la memoria me vienen ahora cuatro ejemplos de personas que sí pasaron la prueba: Buda quizá, el anarquista Kropotkin sin dudaGandhi y Nelson Mandela. Lo demás son hipótesis: ¿qué habría hecho Jesucristo si hubiera logrado expulsar no sólo a los mercaderes del templo, sino también a los sacerdotes?, ¿habría llevado los gérmenes de intolerancia, presentes aquí y allá en ciertos momentos de su biografía y de su doctrina, hasta el exceso de un Calvino? ¿O más bien habría  mostrado su lado más amable y tolerante, como cuando ante la mujer adúltera dijo: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. No podemos saberlo.

En cualquier caso, mi intención no es señalar que las definiciones esencialistas sean erróneas, sino que, lo sean o no, son empleadas demasiado a menudo para ocultar o disimular certezas que todos nos veríamos obligados a admitir a partir de una simple observación empírica. El esencialismo, en definitiva, es otro método para no ver, para adentrarnos en la oscuridad de la justificación partidista y atravesar la línea de sombra del crimen con la conciencia tranquila. Otra poderosa adormidera intelectual.

[Una primera versión de esta entrada se publicó el 9 de mayo de 2012 en Divertinajes.
Revisado en 2016]

 

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Los crímenes del amor

A lo largo de la historia de la humanidad es probable que se hayan cometido más crímenes a causa del amor y la generosidad que del egoísmo. La frase anterior parece una provocación gratuita, pero no lo es.

[bctt tweet=”Es probable que se hayan cometido más crímenes a causa del amor y la generosidad que del egoísmo” username=”danieltubau”]Quizá algún lector objetará que esos crímenes cometidos a causa de la generosidad  han tenido otra causa, puesto que el amor puro y la verdadera generosidad es incompatible con el crimen. Ante esa protesta, mi primer impulso es admitir que tiene razón ese lector y que no hay crímenes causados por la generosidad, sino, en todo caso, cometidos en nombre de la generosidad, de una generosidad mal entendida. Pero como creo que no hay que fiarse de los primeros instintos o intuiciones, rechazo ese primer impulso, me detengo por un momento, examino de nuevo la cuestión y, por fin, me reafirmo: “crímenes cometidos a causa del amor y la generosidad”.

G.K.Chesterton

G.K.Chesterton

En primer lugar, hay que recordar que, como vimos Viaje a la esencia, un recurso fácil para proteger de cualquier crítica a los que consideramos nuestros aliados  o amigos es recurrir a las definiciones esencialistas: si nos consideramos liberales pero alguien nos muestra algunas de las cosas que han hecho quienes se llaman a sí mismos liberales, podemos argumentar que no se trataba de verdaderos liberales. He escuchado eeste argumento en personas de cualquier ideología o credo imaginable: fascistas, comunistas, cristianos, musulmanes o harekrishnas. Para todas esas personas, los crímenes de quienes dicen palicar esas doctrinas nunca son suyos pero las cosas buenas y las utopías maravillosas (nunca vistas en este mísero planeta) sí que lo son. Chesterton ya se dio cuenta de esta estratagema (que él mismo usaba para defender el catolicismo) y en una ocasión observó con su ingenio habitual: “Nunca he dejado de creer en el liberalismo, pero hace ya mucho tiempo que dejé de creer en los liberales”. Algo que podríamos aplicar a todos los mensionados antes,

Con la generosidad sucede algo parecido: siempre podemos decir que quien hizo aquello en nombre de la generosidad o del amor… en realidad no lo hizo por eso, sino por otras razones. Sin embargo, me temo que el recurso a la esencia, a la definición sagrada de una cosa (“comunismo”, “liberalismo”, “cristianismo”, “generosidad”) no servirá esta vez para refutar la frase que inicia este artículo. Sin embargo, quizá valga la pena, antes de continuar y para no suscitar dudas innecesarias, definir la generosidad.

Pues bien, he consultado las definiciones del Diccionario de la Academia y he llegado a la conclusión de que no son de mucha utilidad para definir la generosidad, así que propondré otra en la que creo será fácil estar de acuerdo. Una persona es generosa cuando da algo a cambio de nada, cuando se desprende de algo que de alguna manera le pertenece, incluido su tiempo, y lo entrega a otros, cuando hace un esfuerzo para ayudar a los que carecen de algo, o para contribuir a una tarea en beneficio de un grupo o comunidad, sin la esperanza de obtener algo a cambio de ese esfuerzo o donación.

En cuanto al amor, me ahorraré el mal trago de intentar definirlo, porque creo que todos tenemos muy claro qué es, aunque nadie lo sepamos definir.

Fontenelle

Pues bien, hay muchas personas que han cometido todo tipo de crímenes e injusticias movidas por el amor y la generosidad. Podría repetir aquí mi lista habitual de tiranos, dictadores y revolucionarios que, llevados por el amor a sus súbditos, han matado a diestro y siniestro, incluso a sus propios súbditos y seguidores, aquellos a los que se puede aplicar lo que Fontenelle dijo del emperador Constantino: “Queriendo aumentar el número de los cristianos, redujo el de los seres humanos”. Pero prefiero mencionar a alguien que parecía sentir un verdadero amor hacia los más discriminados por la sociedad y que dedicó su vida de manera generosa a ellos: la madre Teresa de Calcuta.


Teresa de Calcuta

Llevada por su amor y generosidad, por su deseo de salvar a los pecadores del infierno y la maldad, la madre Teresa recomendó que no se usaran preservativos, siendo responsable casi directa de la muerte de cientos personas durante los peores años del SIDA; también se opuso a medidas de control de la natalidad, absolutamente indispensables para frenar la pobreza y la muerte infantil en India y otro países superpoblados. No sólo eso, también pensaba que el sufrimiento era bueno para el alma, así que lo recomendaba y se oponía al uso de analgésicos e incluso a los tratamientos, pues lo que verdaderamente le preocupaba era tutelar a los moribundos en su camino al cielo, pero no curar a los enfermos, por lo que sus hospitales, a pesar de las generosísimas donaciones, carecían de las necesidades y medicinas más básicas.

Las anteriores son algunas de las características de la labor de la madre Teresa de Calcuta que Christopher Hitchens denunció en 1995, tanto en su documental “Ángel del infierno” como en su libro The Missionary Position. Hay otros muchos detalles que nos podrían hacer dudar de que la generosidad de la madre Teresa fuera desinteresada, pero no quiero ocuparme aquí de eso . Lo que he querido mostrar, a través de un ejemplo bien conocido, es que el amor y la generosidad pueden causar dolor, sufrimiento e incluso la muerte de muchos seres humanos de manera indirecta e incluso directa, al no aplicar la curación que podría haberles salvado, o al condenarles al contagio masivo de enfermedades como el SIDA (algo de lo que también es responsable el Papa Juan Pablo II, por cierto). Aparte del sufrimiento impuesto a sus propias monjas, para quienes el dolor era una de las tres reglas básicas que las hacían ser amadas por Dios. Dios, el dios cristiano, judío y musulmán no es otro personaje que añadir a la lista de los grandes criminales amorosos.

Torquemada predicando a los REyes Católicos el amor a Dios en 1478 --- Image by © Stefano Bianchetti/Corbis

Torquemada predicando a los Reyes Católicos el amor a Dios en 1478
— Image by © Stefano Bianchetti/Corbis

 

Quizá el amor y la generosidad de la madre Teresa no era muy diferente a lo que decía el inquisidor medieval Torquemada, quien aseguraba que lo que le llevaba a quemar a los herejes era el amor que sentía hacia ellos, hacia sus almas, ya que mediante la breve hoguera terrenal, escapaban de una eternidad de sufrimiento entre las llamas del infierno. Este es un ejemplo de que la idea de que uno debe hacer a los demás lo que desearía que ellos le hicieran a él, formulada con diversas variantes por Kant, Jesucristo, Pitágoras y Confucio, no siempre se debe aplicar: un masoquista haría sufrir a los demás, porque eso es lo que él desea que le hagan, y se convertiría, en consecuencia, en un sádico, como al parecer lo fueron Torquemada y la madre Teresa de Calcuta.

Torquemada, frente a Reyes Católicos arroja una cruz ante un judío y se da comienzo a las consecuencias de su amor: la expulsión de los judíos de España.


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 14 de septiembre de 2012 en Divertinajes.
Revisado en 2016]

 

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Curiosidad

CuriosidadAristóteles decía que el asombro era comienzo de cualquier investigación: “pues los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por el asombro”.

Autores como Phillip Ball en Curiosidad (Turner, 2013) nos previenen de la intuitiva asimilación entre asombro y curiosidad, al menos en la antigua Grecia.

El asombro aristotélico (thauma) nos hace quedarnos pasmados ante algo que parece chocar contra lo habitual, lo cotidiano o aquello que muestra el poder o la magnificiencia de la naturaleza, mientras que la curiosidad (periergia) se entendía como “una especie de tendencia estulta y desnortada que empujaba al hombre a entrometerse en asuntos que no le incumbían”.

No cabe duda  de que esta distinción existía en Grecia, porque juega un papel muy importante en el tema central de casi todas las tragedias de Sófocles, Eurípides y Esquilo: es al menos en parte la hybris, la soberbia, el orgullo desmedido, el deseo de ir más allá de los límites trazados por los dioses a los humanos. Debemos asombrarnos ante lo que vemos o ante lo que los dioses nos dan y nos quitan, pero no debemos curiosear y buscar las causas ocultas, porque, si lo hacemos, seremos castigados. La curiosidad mató al gato, dice el refrán, y también mató a Edipo, o al menos le llevó a arrancarse los ojos, dejar el trono y partir al exilio. Vivía feliz como rey de Atenas, pero quiso saber más: descubrió qué era él quien había matado al antiguo rey, que además era su padre, lo que significaba que estaba compartiendo el lecho con su madre y que ella era la madre de sus propios hijos.

Tertuliano

Estas advertencias y prohibiciones comenzaron a resquebrajarse en la época clásica griega, la de los filósofos, cuando la curiosidad se alió con el asombro, también en el propio Aristóteles, cuando se intentó descubrir la causa de las cosas, robándo cada vez más territorios al misterio y al azar ciego. Se empezó entonces a clasificar y cartografiar el universo entero y en Alejandría los sabios alzaron altares a la curiosidad. Después llegaron los romanos, quizá menos curiosos, y tras ellos los cristianos, que sólo admitían el asombro ante la obra de Dios, pero no la curiosidad,: “Tras poseer a Jesucristo no queremos controversias curiosas, ni indagación alguna tras disfrutar del Evangelio”, proclamó Tertuliano, antes de saber que él mismo acabaría convirtiéndose en una controversia curiosa y herética.

Por fortuna, no todos los cristianos se sometieron por completo a la prohibición de curiosear. Ball nos ofrece una lista de algunos de los asuntos que interesaban hacia el año 1100 a Adelardo de Bath:

. Cuando un árbol se injerta en otro, ¿por qué todos los frutos son de la porción injertada?
· ¿Por qué no miden lo mismo todos los dedos?
· ¿Por qué los seres humanos no tienen cuernos?
· ¿Por qué algunos animales ven mejor de noche?
· ¿Por qué el agua de mar es salada?
· ¿Por qué nos dan  miedo los cadáveres?

Adelardo, un verdadero precursor del pensamiento sereno, racional y razonable, explica en una carta a su sobrino que el antídoto contra el asombro miedoso es la curiosidad:

“Sé que la oscuridad que te atenaza es la misma que envuelve e induce a error a cuantos no están seguros del orden de las coas. Pues el alma, imbuida de asombro y desconocimiento, cuando contempla desde lejos, con horror, los efectos de las cosas sin reflexionar sobre sus causas, nunca logra sacudirse la perplejidad. Así pues, sobrino, observa con más detenimiento, toma en consideración las circunstancias, propón causas, y no te asombrarás de los efectos”.

Se trata, sin duda, de un hermoso alegato contra la superstición, además de una defensa magnífica de la curiosidad.

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[Publicado por primera vez en Divertinajes el 12 de febrero de 2014]


 

(Publicado en septiembre de 2005 en Mundo flotante)

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El asco como categoría moral

Blackburn-ruling pasions

El filósofo británico Simon Blackburn analiza en Ruling Pasions de qué manera una cuestión de gusto, como lo es aparentemente el asco, se convierte fácilmente en una categoría moral e ideológica.

Un enólogo puede sentir un cierto desprecio hacia quienes no son capaces de apreciar la diferencia entre un vino delicioso y un vino vulgar y no es raro que llegue a considerar de manera instintiva que no se trata sólo de una cuestión de gusto, sino también de una cierta deficiencia personal, como si esa persona fuera incompleta en algún sentido que va más allá de la mera cultura acerca del vino.

Luis García Severiano, enólogo

Del mismo modo, cuando en las calles de París se enfrentaban a puñetazos los wagnerianos y los antiwagnerianos, como muestra Villiers de l’Isle Adam en El asesino de cisnes, no se trataba sólo de dirimir cuestiones puramente musicales, sino también ideológicas y morales. Odiar o amar a Wagner significaba muchas más cosas que lo meramente musical, algo que podría estar más o menos justificado hoy en día (por la actitud de los herederos de Wagner y por el uso que se hizo de su música durante el nazismo), pero que en el París del siglo XIX no tenía ningún sentido.

En la música, en la pintura, en la gastronomía, en el cine y en muchos otros terrenos es frecuente añadir a las cuestiones de gusto connotaciones que unen el sentimiento de asco con la opinión política, como hemos visto en el caso de los votantes de Bush y Kerry (La razón de la emoción).

El tema es complejo e interesante, pero empezaré con algo sencillo.

Las clases privilegiadas de la sociedad han sentido tradicionalmente algo casi idéntico al asco cuando se relacionaban con los pobres o simplemente con los trabajadores. Los aristócratas sentían asco al relacionarse con burgueses; los gentiles al tratar con los judíos, los payos al relacionarse con los gitanos. No se trata tan sólo de opiniones acerca de personas diferentes, sino de una especie de rechazo instintivo que se acerca al disgusto que podemos sentir hacia una comida que nos da asco o hacia un lugar sucio y pringoso.

Pondré un ejemplo llamativo, inmortalizado por Edgar Morin y Jean Rouch en 1961, en su película Crónica de un verano, que creó o popularizó el género del cinema verité (no en vano su segundo título era: “Una experiencia de cinema verité”, es decir, “cine verdad”). En el cinema verité se persigue mostrar la realidad de una manera diferente a como lo hacen las diversas corrientes realistas: no se intenta mostrar la realidad tal cual es, como lo haría, por ejemplo una cámara oculta, sino que se hace evidente en todo momento la presencia de la cámara. Los protagonistas saben que están siendo grabados, por lo que sus reacciones no pueden ser por completo espontáneas. Sin embargo, esas reacciones son también una realidad: la de personas que saben que están siendo grabadas. El lector ya habrá caído en la cuenta de que la actualización del cinema verité son programas televisivos como Gran Hermano o Supervivientes.

Edgar Morin y Jean Rouch

Edgar Morin y Jean Rouch

En este fragmento de Crónica de un verano asistimos a una conversación más espontánea que otras de la película, porque las personas que están allí se disponen a hablar acerca de la situación política en África, pero antes de comenzar tienen una charla distendida y quizá olvidan por un momento que allí está la cámara. La protagonista de este fragmento es una mujer francesa, que no es aristócrata, sino burguesa, que no es conservadora, sino muy progresista, que no es racista… o al menos eso asegura ella.

[La conversación a la que me refiero comienza en el minuto 9.05 y dura hasta el minuto 10.30]

http://www.youtube.com/watch?v=6E2e-LS-nEM&t=9m5s

Es evidente que esta mujer que no siente atracción sexual y que tampoco se casaría con un negro no se consideraba a sí misma racista y es probable que tampoco admitiera calificar como “asco” lo que sentía al pensar en tener relaciones sexuales con un negro. Sin embargo, vista hoy en día, se me ocurren pocas maneras de describir su actitud que no incluyan las palabras “racismo” o “asco”.

La anterior es una primera aproximación a un asunto que me interesa: la manera en la que interiorizamos nuestro rechazo hacia aquello con lo que no estamos familiarizados o que nos disgista desde el punto de vista ideológico, político o socaial en forma de reacciones viscerales como el asco o el miedo. Y por otra parte, la facilidad para asociar esas reacciones viscerales con opiniones que creemos objetivas y desprejuiciadas.


[Publicado por primera vez en Divertinajes el 17 de octubre de 2012]

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La razón de la emoción

Los expertos no se ponen de acuerdo en si nuestro cerebro funciona, desde el punto de vista psicológico, racional y emocional, mediante dos hemisferios o mediante diversos módulos.

La teoría psicológica del hemisferio derecho enfrentado al izquierdo ha sido muy matizada por los científicos en los últimos lustros, tras el entusiasmo inicial, que provocó un montón de teorías simplistas que lo explicaban todo, reduciendo nuestra vida mental a un contraste o balance entre esos dos hemisferios, uno creativo y otro racional, uno emotivo y otro intelectivo.

hemisferios cerebrales

Representación popular de los dos hemisferios

 En la actualidad los neurólogos, los neurobiólogos evolucionistas y los neuropsicólogos están haciendo interesantísimos descubrimientos acerca de cómo funciona nuestro cerebro cuando pensamos y cuando sentimos. No cabe duda de que en los próximos años nos esperan fascinantes descubrimientos.

A la espera de mayores aclaraciones acerca de hemisferios o módulos cerebrales, podemos admitir que existe una cierta diferencia en nuestros procesos mentales entre emoción y razón, pero también una indudable conexión entre ambas cosas, como mostró hace años el portugués Antonio Damasio en su fascinante libro El error de Descartes, en el que mostró la importancia de las emociones en las decisiones racionales. Por su parte, Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, propone distinguir entre Sistema 1 (más instintivo) y Sistema 2 (más analítico), pero aclarando que son dos maneras de pensar que no tienen por qué corresponderse con partes concretas del cerebro.

De todos modos, mi opinión es que la dicotomía clásica entre razón y emoción es falsa, o la menos incorrecta en algunos detalles. Siempre me ha llamado la atención, por ejemplo, que quienes hablan constantemente del “corazón” como guía de la conducta acaban mostrándose extraordinariamente intelectualistas y que una de las más interesantes paradojas del pensamiento mágico y espiritual es su exagerado materialismo (Cuando el mundo espiritual nos habla).

Del mismo modo, muchos de los que recomiendan guiarse por la razón desencarnada, en realidad se dejan llevar por sus emociones tanto como los otros. Por emociones que a menudo son muy mediocres, como las que hacen que alguien sea insensible a la muerte y el sufrimiento ajeno, o que incluso disfrute con ello. Los ejemplos son evidentes: Hitler, Lenin, Mao, Stalin… todos ellos muy científicos y razonadores en la construcción de sus crímenes. Porque la razón fría y calculadora es un tipo de emoción, excepto quizá en el caso extremo de los psicópatas.

La conclusión más razonable es que, en la mayoría de las situaciones,  ni la razón trabaja sin emoción ni la emoción trabaja sin razones.

Una vez establecido esto, vale la pena llamar la atención acerca de nuestra costumbre, a menudo exagerada, de superponer nuestras emociones a cualquier posible razonamiento. Hace tiempo leí que en una universidad de Estados Unidos habían comprobado que los votantes convencidos de una ideología eran literalmente incapaces de escuchar cualquier razonamiento de sus rivales.

Las pruebas se hicieron con personas que preferían a John Kerry (candidato demócrata a la presidencia del gobierno) y otros que preferían a George W.Bush (presidente y candidato a un segundo mandato). No es que a los votantes de Kerry les desagradasen las opiniones de Bush, sino que, antes incluso de oírlas, solo con ver su rostro, en su cerebro se activaba una zona que tiene relación con sentimientos de rechazo, como el odio, el asco y el miedo. Lo mismo sucedía entre los votantes de Bush cuando veían a Kerry. Sin embargo, cuando una persona veía a su candidato, se activaba un área cerebral relacionada con el razonamiento: ahora sí estaba dispuesto a reflexionar acerca de lo que escuchara. Lo expliqué con más detalle en La ciencia confirma el pensamiento no alternante, así que aquí sólo citaré una conclusión evidente:

“Si a alguien la mera visión de un político le causa irritación, sarpullidos, alergia o ira incontenible, sus opiniones acerca de cualquier cosa que diga ese político no resultarán muy fiables”.

Kerry y Bush

Kerry y Bush. Lo más probable, querido lector, es que, sin poder evitarlo, sientas un desagrado instintivo nada más ver a uno de los dos.

Continúa en El asco como categoría moral

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[Publicado por primera vez en Divertinajes el 17 de octubre de 2012]

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