Ventanas que hablan

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De mis clases escolares de literatura recuerdo un tema que se comentaba una y otra vez, no sé si por la afición de mis profesores al asunto o debido a que repetí el mismo curso varias veces: me refiero al motivo de cómo la naturaleza se conmueve con el poeta y se solidariza con sus penas y alegrías. Si la memoria no me engaña, casi siempre se aludía a poetas y escritores medievales o renacentistas, tal vez Gonzalo de Berceo, Garcilaso de la Vega y, por supuesto, los que llegaron con la época romántica. Creo que más de una vez he escuchado o leído que este conmoverse de la naturaleza era un motivo literario que no se encontraba en Grecia o Roma, donde la naturaleza, como mucho, lo que hacía era conmover al poeta pero no conmoverse con el poeta, limitándose a ser un escenario, un locus amoenus o “lugar agradable”, pero no una extensión del alma sufriente o alegre del poeta. Sin embargo, me parece que en las Tristes de Ovidio se podrían encontrar ejemplos de ese contagio de la emoción a la naturaleza misma. Y creo que, casi sin duda, también existen ejemplos semejantes en la antigua China.

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Lo que ignoro es hasta dónde (o hasta cuándo) debemos retroceder para encontrar no ya árboles que inclinan sus ramas para llorar con el paseante desdichado o arroyos que se llevan sus lágrimas, sino ventanas que también se deciden a participar de esas emociones. Es cierto que, a primera vista, las ventanas son algo bastante pasivo, pero en manos de un buen escritor pueden llegar a ser bastante expresivas, como demostró Shakespeare en la célebre escena del balcón de Romeo y Julieta, con aquella ventana  “que habla y no dice nada”, o aquella otra ventana de Odette que le dice a Swan:  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».

Las ventanas no sólo nos hablan en ciertas ocasiones, al permanecer cerradas o entreabiertas, o quizá al filtrarse una luz por una rendija, que nos revela que hay alguien despierto en la habitación, sino que también pueden mostrar lo que debería permanecer oculto, como exclama Dickens en Casa desolada:

«¡Ven, noche!,¡ven, oscuridad!; pues no podréis llegar demasiado pronto, ni permanecer demasiado tiempo en semejante lugar. ¡Acudid, luces rezagadas, a las ventanas de estas horribles casas; y vosotros que cometéis iniquidades en su interior, cometedlas al menos con la cortina echada ante esta escena espantosa! ¡Ven, luz de gas, a arder lúgubremente sobre la verja de hierro en la que el aire emponzoñado deposita ungüentos brujeriles de viscoso tacto!».

 

Las ventanas, además de las puertas, son la manera en la que una casa se comunica con el exterior, pero las puertas casi siempre permanecen cerradas a los extraños. Las ventanas pueden estar abiertas, entreabiertas, cubiertas por cortinas o persianas que sin embargo revelan sombras o dejan escapar la luz, y que pueden revelar más de la cuenta.

El cardenal Mazarino, que fue sin duda uno de los hombres más prudentes que han existido, tenía cada día  preparado sobre su mesa un papel en el que había escritas unas frases sin importancia, para ponerlo a la vista de quien entrara en su despacho, ocultando rápidamente aquellos documentos en los que estaba realmente trabajando. Pero, como sabía que también las ventanas podían hablar recomendaba en su Breviario:

«Es importante que las ventanas se abran hacia dentro y que el marco de las mismas esté pintado de negro, para que no se distinga si están abiertas o cerradas».

La razón de que estuvieran completamente pintadas de negro es fácil de entender, pero ¿por qué convenía que se abrieran hacia dentro? No estoy seguro, pero es probable que fuera porque es más fácil descubrir a un espía que se oculta tras unas ventanas abiertas hacia la calle.

*******

Cob Prefacio a Goethe

El Breviario de los políticos, atribuido al Cardenal Mazarino, ha sido publicado en español por la Editorial Acantilado

Las ventanas de Shakespeare: “McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona
Las ventanas de Proust: “Otras ventanas indiscretas“.

 

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Otras ventanas indiscretas

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En McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona recordé aquel pasaje de Romeo y Julieta en en el que la ventana de Julieta parece decirle algo a Romeo, aquella ventana o aquella luz “que habla sin decir nada”. No es la única ventana parlanchina de la literatura. Nabokov recuerda en su Curso de literatura europea la ventana de Odette en Proust.

Sucede cuando Swan, tras ver a Odette una noche, es asaltado por los celos y empieza a sospechar que ella se ha desembarazado de él porque espera a otro amante. Toma entonces Swann un coche de alquiler y se detiene casi enfrente de la casa de ella:

«En medio de la oscuridad de todas las ventanas de la calle, con las luces apagadas hacía tiempo, vio una solamente, de la que brotaba por entre las contraventanas cerradas como una prensa de uvas que comprime la pulpa misteriosa y dorada, la luz que llenaba la habitación, y que durante tantas noches, en cuanto la veía de lejos al llegar a la calle, le llenaba de gozo con su mensaje: «Aquí está ella, esperándote», y que ahora le torturaba diciéndole: «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba».»

Aquí tenemos una luz, que se escapa como el jugo de una fruta aplastada entre los quicios de las contraventanas (Proust utiliza “la metáfora de la fruta dorada”, nos dice Nabokov), una luz que habla con Swan pero que, siendo la misma, le dice cosas diferentes: «Aquí está ella, esperándote», decía antes,  «Aquí está ella, con el hombre al que esperaba», dice ahora. Swan continúa su diálogo con la ventana, acercándose a ella:

“Tenía que saber quién era; se deslizó a lo largo de la pared hasta la ventana, pero no consiguió ver nada entre las tablas oblicuas de las contraventanas; sólo oyó, en el silencio de la noche, el rumor de una conversación”.

Proust, en una interpretación del caracter de su personaje que nos ofrece tanta o más luz que esa ventana que deja filtrar la luz, nos presenta los sentimientos de Swan y el placer que encuentra a pesar del dolor que siente en ese instante, el placer de la verdad:

«La misma sed de saber con que en otro tiempo había estudiado historia. Y acciones que hasta ahora le habrían avergonzado, tales como espiar por una ventana, y quién sabe si sonsacar mañana, con hábiles preguntas, a algún testigo casual, sobornar a los criados, escuchar detrás de las puertas, no le parecían ahora sino métodos de investigación científica de auténtico valor intelectual, tan apropiados para la búsqueda de la verdad como descifrar manuscritos, cotejar testimonios, interpretar monumentos».

Nabokov compara este ansia de saber con “la misma verdad interior que Tolstoi buscaba por encima de la emoción”. Y ahora, Swann, obsesionado por todo lo que dice esa ventana, llega a interpretarla como quien descifra un texto antiguo:

“Sabía que se podía leer la verdad de las circunstancias, por cuya exacta reconstrucción habría dado la vida, detrás de aquella ventana iluminada, como bajo la dorada y luminosa encuadernación de uno de esos preciosos manuscritos, ante cuya riqueza artística el erudito que los consulta no puede permanecer insensible. Experimentaba una voluptuosidad en conocer la verdad que tanto le apasionaba en ese ejemplo único, efímero y precioso, en aquella página traslúcida, tan cálida y hermosa”.

Pero Swan no sólo ha encontrado ese placer de la verdad que la ventana le ha revelado, sino que, además, quiere que ellos, Odette y su amante, sepan que él lo sabe:

“La superioridad que sentía —y que con tanta desesperación deseaba sentir— con respecto a ellos, residía quizá menos en el saber que en demostrarles que sabía». 

Así que, decide revelarles su presencia y llama con los nudillos en la contraventana. La ventana se abre, pero no se asoma Odette, sino dos señoras:

«Como había adquirido la costumbre, cuando iba muy tarde a visitar a Odette, de identificar su ventana con la única iluminada entre tantas ventanas semejantes, se había equivocado y había llamado a la ventana contigua, que pertenecía a la casa de al lado.»

Magnífico desenlace, sin duda, que muestra con humor cuántas veces nuestras suposiciones acerca del mundo se alimentan de nuestras propias obsesiones y cómo, a partir de un pequeño atisbo, como la luz de una ventana, nos lanzamos a una fabulación cuya única piedra de toque es esa misma obsesión, ese detalle al que nosotros hemos dado sentido y significado. Si Swann, aquella noche, hubiese contemplado la ventana y después hubiera regresado sin querer revelarse a la infiel Odette, nunca habría descubierto la magnitud de su error y habría conservado aquel momento como una prueba, ya inevitablemente irrefutable, de la traición de Odette.

ventana de Odette

La ventana de Odette (Méry Laurent)

De momentos semejantes está llena nuestra vida emocional, de tantas y tantas conversaciones con ventanas silenciosas que nos hablan con su luz o su oscuridad, teléfonos que nos gritan con su silencio, frases que nos atormentan, a pesar de que ya no recordamos que nunca fueron pronunciadas por nadie, escenas que de tanto imaginarlas se han incorporado a nuestros recuerdos o que, al menos, han modificado nuestros sentimientos, alejándonos de manera casi siempre irrecuperable de aquellos que las protagonizaron, casi siempre sin saberlo ellos mismos, pues muchas de sus acciones sólo han tenido lugar en el interior de nuestra propia cabeza.

Descifrar el mundo y sus signos, en definitiva, es fácil pero también necesariamente fatal cuando el mundo, las ventanas, las puertas, los teléfonos y las calles se convierten en una extensión de nuestra propia interioridad: siempre dicen lo que queremos o tememos escuchar.

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La reja de mi ventana

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Mi primera noche y mi primer día en La Habana, al día siguiente de llegar a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños.

Casa-primera-Vedado3

Comparto en el barrio del Vedado la planta de arriba de una hermosa casa con mi amigo Mark. Creo que me ha correspondido la mejor habitación de esta casa, que todavía conserva mucha de la belleza que debió tener en sus buenos tiempos, aunque también se ha perdido, según nos contó la señora que vive aquí, una gran vidriera que había en la escalera que lleva a nuestro piso. Al parecer, un antiguo habitante de la casa decidió quitarla.

Cuando amanece,a través de las rejas de mi ventana veo los colores de Cuba.

Casa-primera-Vedado1


(Cuba, 16 de febrero de 2013)

Todos los cuadernos de viaje (China, Venecia, Mayab, Tahuantinsuyu, Austrohungría…) en: Cuadernos de viaje.


Cuaderno de Cuba

Cuba-edificio

La presencia en mentes ajenas

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Bola de nieve y la doble sinecdoque

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El hombre de la ventana

A Lichtenberg se le conocía en Gotinga, donde pasó casi toda su vida, como “el hombre en la ventana” (der Mann am Fenster) porque se pasaba los días mirando por la ventana. Llevaba una vida muy retirada, aparte de sus clases en la Universidad, aunque no aislado del mundo, pues mantenía correspondencia con pensadores y científicos, como Goethe y Kant, y recibía a todo tipo de visitantes. Kant también era célebre por un hábito: dar un paseo a las cinco de la tarde. Los parroquianos ponían el reloj en hora al verle aparecer en la plaza.

********

[Publicado el 21 de junio de 2004 en Mazda]

Lichtenberg

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McLuhan y Shakespeare en un balcón de Verona

Al releer Comprender los medios de comunicación, de Marshall McLuhan, he recordado algunas razones que explican el éxito mediático que tuvo este hombre. Es un autor que sigue siendo brillante e ingenioso, capaz de fabricar montones de frases llamativas.

Es un placer leer a McLuhan, porque, aunque muchas cosas pueden ser más o menos discutibles, resulta siempre estimulante e inteligente. Un ejemplo puede ser esta graciosa comparación que hace entre la televisión y un pasaje de Romeo y Julieta:

“Algunos dudarán si Shakespeare se refiere o no a la televisión en estas conocidas líneas de Romeo y Julieta:

“But soft! what light through yonder window breaks?
It speaks, and yet says nothing”.

[Pero espera, ¿qué es esa luz que asoma por aquella ventana? Habla y no dice nada]”

¡Qué lectura tan alerta la de alguien que encuentra en estos versos (que ni siquiera son sucesivos) una comparación semejante!

Romeo y Julieta William Shakespeare

El balcón y la ventana de Verona, iluminados, pero no por la televisión

McLuhan no usaba a Shakespeare en vano, porque decía que en las obras del dramaturgo inglés se podía encontrar todo un compendio de las extensiones del ser humano.  McLuhan, ya se sabe, sostenía que los medios de comunicación son extensiones del ser humano, como un bastón lo es de la mano de un ciego o la rueda de nuestros pies. Seguramente tenía razón, porque en Shakespeare, efectivamente, se puede encontrar todo, no sólo las teorías de McLuhan.

Pero no es que se encuentre  todo como se puede encontrar todo en cualquier cosa por los amantes del simbolismo fácil, como el número pi en una pirámide, en un croissant o en una taza de café, sino todo pero dicho de una manera que nos hace entender mejor el mundo. Encontramos televisiones en las ventanas de Verona y eso puede parecer exagerado, pero Shakespeare logra que  siempre quede algo de valor en nuestras interpretaciones, aunque sean errróneas.

Examinemos, por ejemplo, esta comparación macluhiana entre la ventana y la televisión. Esa “luz que habla sin decir nada” tiene sin duda un sentido crítico, en especial si recordamos que a McLuhan no le gustaba la televisión y que no dejaba a sus hijos que la vieran: es la manera elegante en la que McLuhan evita la expresión común “la caja tonta”.

Sin embargo, la imagen shakesperiana a mí me recuerda algo que escribí hace mucho tiempo acerca de la distinción entre analógico y digital en el ensayo ¿Por qué el mundo digital no es digital?  Allí puse un chiste en el que se veía a unos  indios que hacían señales de humo.

Señales de humo

Indios Pieles Rojas enviando un mensaje
digital y varios mensajes analógicos

 Para los emisores del mensaje (los tres indios), el mensaje digital puede ser algo así como: “Venid para luchar contra los caras pálidas”. Sin embargo, hay otro mensaje que las volutas de humo trasmiten aunque no sea esa la intención de los indios, un mensaje que a cualquier soldado americano atento le revelará la cercana presencia de los indios y la intención que tienen de comunicarse a distancia: para el general Custer, camino de Little Big Horn, ese y no otro será el verdadero mensaje. Así que los indios están trasmitiendo dos mensajes a la vez, uno  a propósito y otro sin quererlo.

Tiempo después hice más explícito el chiste:

Mensajes de humo

Como es obvio, el indio del caballo está hablando del mensaje codificado en las volutas de humo, mientras que el indio junto al fuego se refiere al mensaje que cualquier voluta de humo implica para un ejército enemigo. Pero se dice que Custer se dejó cegar por la soberbia en sus últimos días: tal vez vio el humo, pero no descifró el mensaje implícito, creyó que era simple humo y por eso se precipitó en el desastre.

Aquella luz que asoma por la ventana shakesperiana también transmite a Romeo un mensaje sin transmitirlo: “Julieta está allí”.

Ahora bien, tanto McLuhan como yo sin duda hemos deformado el sentido de los versos de Shakespeare. En primer lugar porque es discutible que la luz que habla sin decir nada sea la de la ventana y no la de los ojos de Julieta o la propia Julieta que se acerca a la ventana: “¡Pero calla! ¿Qué luz brota de esa ventana?. Es el Oriente, Julieta es el sol”. No existe, quizá, esa ventana que habla sin decir nada, y sin embargo, algo de esa complejísima comparación que hace Shakespeare entre los ojos de Julieta, la luna, el sol, la virginidad, el amanecer y el lenguaje nos ha llevado a un lugar interesante: una ventana encendida o apagada es un mensaje brillante pero vacío, o es un mensaje que nadie envía pero que alguien sí puede recibir: “Habla y no dice nada”.

La manera en la que Shakespeare nos describe una situación a través de las palabras de alguien que la observa, en este caso Romeo, favorece casi siempre múltiples interpretaciones, porque en sus obras a menudo se propone una continuidad narrativa y descriptiva en la que es difícil separar los diferentes momentos. En este caso, ¿qué es lo que percibe Romeo? Tal vez una ventana que se ilumina, la voz de Julieta en la habitación, Julieta que se acerca a la ventana y mira, la mano en su rostro (“¡ved como apoya la mejilla en su mano!”), quizá una criada con la que habla, todo ello mezclado con una complicada metáfora en la que Julieta compite con los dioses paganos, con el sol y las estrellas. Copio aquí el pasaje entero para que el lector calibre el desafío y observe ese avanzar paralelo descriptivo, narrativo y emotivo propio del monólogo shakesperiano:

“¡Pero calla! ¿Qué luz brota de aquella ventana? ¡Es el Oriente, Julieta es el sol! Alza, bella lumbrera y mata a la envidiosa luna, ya enferma y pálida de dolor, porque tú, su
sacerdotisa, la excedes mucho en belleza. No la sirvas, pues que está celosa. Su verde, descolorida librea de vestal, la cargan sólo los tontos; despójate de ella. Es mi diosa; ¡ah,
es mi amor! ¡Oh! ¡Que no lo supiese ella! Algo dice, no, nada. ¡Qué importa! Su mirada habla, voy a contestarle. -Bien temerario soy, no es a mí a quien se dirige. Dos de las más brillantes estrellas del cielo, teniendo para algo que ausentarse, piden encarecidamente a sus ojos que rutilen en sus esferas hasta que ellas retornen. ¡Ah! ¿Si sus ojos se hallaran en el cielo y en su rostro las estrellas! El brillo de sus mejillas haría palidecer a éstas últimas, como la luz del sol a una lámpara. Sus ojos, desde la bóveda celeste, a través de las aéreas regiones, tal resplandor arrojarían, que los pájaros se pondrían a cantar, creyendo día la noche. ¡Ved cómo apoya la mejilla en la mano! ¡Oh! ¡Que no fuera yo un guante de esa mano, para poder tocar esa mejilla!”

Shakespeare, que no en vano era también actor, director y empresario teatral, no escribe en el aire, sino que imagina y anticipa las dificultades y los detallles precisos del montaje sobre las tablas del escenario. Sabe, como sabemos todos los que hemos dirigido actores, que no hay nada más inquietante que tener a un actor en escena que no sabe qué hacer mientras el otro habla y habla. Desde el momento en que la ventana de Julieta se ilumina hasta que Romeo termina su largo parlamento, ¿qué acciones suceden en esa casa de Verona? Podemos arriesgar una reconstrucción: se ilumina la ventana, se oyen voces de mujeres, una de ellas es la de Julieta, la criada es la otra, que enseguida se va, Julieta se queda sola y se acerca a la ventana, mira hacia el exterior, suspira quizá, se lleva la mano a la mejilla. Mientras tanto, Romeo habla y habla, para sí mismo y para nosotros, los espectadores.

Conviene, en cualquier caso, no afirmar de manera dogmática que la lectura de un pasaje ambiguo ofrece el verdadero significado de la obra de Shakespeare, o al menos lo que él pretendía decir. Gran parte de la riqueza interpretativa que nos ofrece Shakespeare se debe a las escasas acotaciones al texto, a la falta de división de actos y escenas (que es posterior) y a los errores de los copistas. Por ello, muchas de nuestras interpretaciones sin duda no tienen nada que ver con las intenciones de Shakespeare. Ahora bien, el propio autor de un texto no es necesariamente el juez último del significado de un texto, que se convierte, una vez publicado o puesto en escena, en una entidad con vida propia, sujeta al escrutinio de propios y extraños.

Antes de concluir, debo aclarar que no soy de los que creen en el “significado”. La obsesión de  los críticos por encontrar el significado de novelas, dramas, poemas o películas es un error que casi se convirtió en la única seña de identidad de la crítica de la segunda mitad del siglo XX, y en especial de ciertas escuelas francesas que a veces aportaron más aburrimiento que comprensión. Pero, aunque no creo en el significado, sí creo en los significados. Una obra de arte significa no una, sino muchas cosas, plantea no sólo una conclusión más o menos trivial, sino muchas interpretaciones, paradojas, curiosidades, respuestas y preguntas, respuestas sin preguntas y preguntas sin respuesta. Por otra parte, no hay que olvidar que en esta misma escena el balcón, un poco más adelante, es Julieta quien dice algunas de las cosas más interesantes que se han dicho nunca acerca del lenguaje, en el célebre pasaje “¿Qué hay en un nombre?”.

A continuación trascribo los versos de Shakespeare en inglés, para que se pueda apreciar  la riqueza de sentidos casi inmanejable del texto shakesperiano.

ROMEO

But soft! What light through yonder window breaks?
It is the East, and Juliet is the sun!
Arise, fair sun, and kill the envious moon,
Who is already sick and pale with grief
That thou her maid art far more fair than she.
Be not her maid, since she is envious.
Her vestal livery is but sick and green,
And none but fools do wear it. Cast it off.
It is my lady; O, it is my love!
O that she knew she were!
She speaks, yet she says nothing. What of that?
Her eye discourses; I will answer it.
I am too bold; ’tis not to me she speaks.
Two of the fairest stars in all the heaven,
Having some business, do entreat her eyes
To twinkle in their spheres till they return.
What if her eyes were there, they in her head?
The brightness of her cheek would shame those stars
As daylight doth a lamp; her eyes in heaven
Would through the airy region stream so bright
That birds would sing and think it were not night.
See how she leans her cheek upon her hand!
O that I were a glove upon that hand,
That I might touch that cheek!

********************

[Publicado por primera vez en Intruso (2005)]

 


NOTAS EN 2011

La distinción entre analógico y digital, la trato a fondo en mi ensayo: Por qué el mundo digital no es digital. He vuelto a tratar el asunto de lo digital y lo analógico en relación con mensajes como el de los indios o el de la luz en el balcón en otros lugares.

En la primera o segunda versión de esta entrada añadí un comentario que aquí he quitado:

 “Y no quisiera confundir demasiado si digo que todo esto tiene mucho que ver con lo que escribí en otro lugar acerca de cómo transmitir mensajes a mayor velocidad que la luz.

Me refería a una extravagancia que escribí: Cómo transmitir información a mayor velocidad que la de la luz.

 

*************

De cómo leer y escribir sobre Shakespeare nos obliga a ser más sutiles y mejores lectores, también he hablado en Escribir sobre Shakespeare.

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