El arte de la guerra en el Instituto Confucio de Barcelona

El 4 de diciembre Ana Aranda Vasserot, traductora de El arte de la guerra, y yo mismo, como autor de El arte del engaño, estaremos en Barcelona.

Daremos una charla, que esperamos sea tan entretenida y chispeante como la que hace unos días tuvimos la suerte de vivir en Casa Asia Madrid.

Hablaremos de estrategia, o lo que es lo mismo, de cómo conseguir lo que deseas mediante los métodos más inteligentes; desharemos algunos tópicos acerca de la cultura china, el taoísmo, el yin y el yang o el misterioso dao (tao). Intentaremos descubrir quién se oculta bajo el nombre de Sunzi (Sun Tzu), el autor del libro de estrategia más famoso de todos los tiempos, y también habrá tiempo de hablar de Bruce Lee, de poesía estratégica y de la magnífica traducción que Ana Aranda ha hecho de El arte de la guerra y Las 36 estratagemas chinas.

El martes 4 de diciembre a las 18.30 en el Institut Confuci a las 18.30. En la calle Elisabets 10. 

¡Te esperamos!

(Si tienes cualquier duda, escríbeme a danieltubau@gmail.com



El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


AmazonArielCasa del LibroFnac


Pedro Baños, autor del bestseller internacional Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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Instituto Confucio: presentación en Barcelona de El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu)

Pronto visitaré Barcelona, ciudad en la que nací, para presentar mi último libro, El arte del engaño. Lo haré junto a Ana Aranda Vasserot, que ha traducido de manera magnífica El arte de la guerra de Sunzi (Sun Tzu) y Las 36 estratagemas chinas, que se incluyen en El arte del engaño, con abundantes comentarios.

Nos acogerá el Instituto Confucio. Aquí puedes ver la promoción del acto, tal como figura en su página, que también puedes visitar (Instituto Confucio).

Será el martes 4 de diciembre a las 18.30.

Aunque puedes presentarte allí directamente y el acto es, por supuesto, completamente gratuito, es muy recomendable que te asegures una plaza inscribiéndote aquí: Inscripciones.

¡Nos vemos allí!

 


El arte del engaño es un libro acerca de la estrategia, que toma como punto de partida el tratado de estrategia más famoso de todos los tiempos, El arte de la guerra de Sunzi (Sun Tzu).

El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

 

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
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Pedro Baños, autor del bestseller Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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El arte de la guerra en una traducción extraordinaria

La mejor razón para comprar El arte del engaño es sin ninguna duda que incluye la traducción de El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu) realizada por Ana Aranda Vasserot. Aunque lo hayas leído ya, vale la pena que leas esta nueva traducción.

Se trata de una traducción íntegra y directa a partir del chino, que no solo es fiel al original y rigurosa al extremo (he sido testigo privilegiado de la extrema meticulosidad de Ana Aranda), sino que, además, suena estupenda en español, lo que no siempre sucede con las traducciones del chino a otros idiomas, que en ocasiones mantienen el rigor pero no la sonoridad, el estilo y el ritmo propios del idioma de llegada, en este caso el español.

Así que esta es la razón principal, pero voy a enumerar algunas de las razones para que adquieras cuanto antes El arte del engaño. Aquí van:

Ana Aranda Vasserot, traductora de El arte de la guerra, en un pequeño (y secreto) pueblo de China.

 Contiene la traducción íntegra de El arte de la guerra a partir del chino clásico. Es una de las mejores traducciones publicadas hasta la fecha en cuaquier idioma.
 Contiene El arte de la guerra comentado pasaje a pasaje, para que todos los secretos y consejos de Sunzi resulten accesibles a cualquier persona.
 Contiene Las 36 estratagemas chinas, un misterioso tratado de estraegia que en la actualidad compite en fama con El arte de la guerra.
 Contiene Las 100 reglas de la estrategia y del engaño, donde se concentra toda la sabiduría estratégica china.
 Es un ensayo acerca del pensamiento estratégico. Original, entretenido, sorprendente y al mismo tiempo riguroso y documentado.
 Muestra la relación de la estrategia con la teoría de juegos, y por qué es posible vencer en el ajedrez, el go o incluso el póker con una buena estrategia.

El arte del engaño está en todas las librerías de España y en muchas de América. Y también en Amazon

 

 Se muestra la relación de la estrategia con la semiótica y la lectura de signos, convirtiendo a Sunzi en el Sherlock Holmes de la guerra.
 Muestra la diferencia entre la guerra oriental y la occidental y explica por qué El arte de la guerra superó en el siglo XX en fama al gran teórico de la estrategia occidental, Carl von Clausewitz.
 Muestra la importancia del espionaje, la información y la contrainformación en cualquier estrategia. Conecta directamente con todo el asunto de las fake news y la postverdad.
 Revela los conceptos chinos de fuerza, potencial estratégico, momento oportuno, la importancia del vacío, la impenetrabilidad y la fuerza de la debilidad, entre muchos otros.
 Denuncia y corrige las deformaciones y malas interpretaciones que se suelen hacer de El arte de la guerra, devolviéndole su verdadera esencia. Es un libro que ofrece una visión diferente, pero más correcta, del gran clásico.
 Es una invitación a conocer la inmensa riqueza de la cultura china, algo en lo que España todavía está por detrás de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia o Japón.


El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


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Pedro Baños, autor del bestseller internacional Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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Ana Aranda Vasserot en El País

El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu)

Ana Aranda Vasserot cuenta hoy en el Trotamundos de El País, una (pequeña) parte de sus aventuras en Yunnan.

“Para lograr traducir del chino clásico los textos de ‘El arte de la guerra’ de Sunzi incluidos en el libro El arte del engaño (Ariel, 2018), Ana Aranda ha pasado largas temporadas en China. Aunque fue su segundo viaje al país asiático el que la llevó hasta la región de Yunnan… (sigue en El viajero de El País)


 

El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


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Pedro Baños, autor del bestseller Así se domina el mundo:

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Nueva traducción de El arte de la guerra, de Sunzi (Sun Tzu)

«En el clásico de las armas de Sun Wu, el lenguaje es como perlas y jade, ¿acaso por su ejercicio militar Sunzi ignoró la literatura?».
Liu Xie[1]
Liu Xie, El corazón de la literatura y el cincelado de dragones.

Si te interesa El arte de la guerra, el libro escrito por Sunzi (Sun Tzu) que se considera el libro de estrategia más importante de la historia, junto al De la guerra de Clausewitz, ahora puedes leerlo en una traducción comentada que te permitirá entender todas las claves y acceder a la sabiduría milenaria de este libro. Si, por el contrario, ya has leído El arte de la guerra, te recomiendo que vuelvas a leerlo en esta versión: te sorprenderá.

Traducido directamente del chino por Ana Aranda Vasserot, es sin duda una de las mejores traducciones publicadas hasta la fecha en cualquier idioma.

A continuación puedes leer la introducción a la traducción publicada en El arte del engaño, donde explicamos que criterios nos guiaron en el momento de traducir a  este texto escrito en chino clásico, cvonservando las virtudes del original y la sonoridad y estilo de la lengua española literaria.

«Nuestro amigo Chen Yiming considera que lo más importante en una traducción es conservar el sentido del original; lo segundo, intentar reproducir el estilo; lo tercero, trasmitir la belleza. Hemos intentado cuidar estos tres aspectos en nuestra traducción de El arte de la guerra.

En lo que se refiere al sentido, siempre que ha sido posible nos hemos mantenido cerca del texto original, evitando añadir ideas que no aparecen en él. No es una tarea fácil, ya que existen muchos pasajes de difícil interpretación. El hecho de que El arte de la guerra sea uno de los textos chinos más traducidos a cualquier lengua es al mismo tiempo una ventaja y un inconveniente, porque al cotejar las diferentes traducciones se encuentran lecturas distintas casi para cualquier pasaje, algo inevitable debido a las particularidades del chino antiguo.

En su traducción de las Analectas de Confucio, el sinólogo Simon Leys cita un recuerdo de Jorge Luis Borges que muestra de manera elocuente las dificultades de la lengua china:

«Hacia 1916 resolví entregarme al estudio de las literaturas orientales. Al recorrer con entusiasmo y credulidad la versión inglesa de cierto filósofo chino, di con éste memorable pasaje: «A un condenado a muerte no le importa bordear un precipicio, porque ha renunciado a la vida». En ese punto el traductor colocó un asterisco y me advirtió que su interpretación era preferible a la de otro sinólogo rival que traducía de esta manera: «Los sirvientes destruyen las obras de arte, para no tener que juzgar sus bellezas y sus defectos». Entonces, como Paolo y Francesca, dejé de leer. Un misterioso escepticismo se había deslizado en mi alma».[2] Jorge Luis Borges, «Arthur Waley. Shi king. Una versión inglesa de los cantares más antiguos del mundo» (El Hogar, 28 de octubre de 1938).

Por fortuna, El arte de la guerra es un manual de estrategia que desarrolla cada tema con bastante coherencia. Lo que en una primera mención genera dudas, suele aclararse cuando avanzamos en la lectura, algo que no siempre sucede en las Analectas de Confucio y pocas veces en textos como el Dao De Jing (El libro del Tao). Las divergencias en la traducción no suelen afectar a la interpretación estratégica, excepto en cuatro o cinco casos de cierta relevancia. Cuando nos hemos encontrado ante un pasaje abierto a diferentes interpretaciones estratégicas, hemos señalado en los comentarios las diversas posibilidades, teniendo en cuenta a un lector no especialista, por lo que hemos evitado entrar en complejas discusiones filológicas.
En nuestra opinión, muchas de las divergencias en la interpretación del texto son un estímulo más que un problema. A veces un error de traducción puede dar lugar, y el lector tendrá ocasión de comprobar que no exageramos, a lecturas que pueden mejorar el original, al menos desde el punto de vista estratégico. Por eso, como dijo Alberto Cousté del tarot y como se puede decir del Yijing, también El arte de la guerra es una máquina de imaginar con la que podemos aprender incluso cuando está mal traducido o cuando los intérpretes van más allá de las intenciones de su autor. A pesar de ello, no hemos querido imaginar, sino ser fieles al texto y a las intenciones del autor, aunque sin aferrarnos de manera dogmática al significado de cualquier palabra o frase, pues como decía Mencio:

“Cuando explicamos una canción, no debemos usar una palabra para distorsionar una frase ni una frase para distorsionar la intención. Si uno piensa en la intención del conjunto, logrará entenderlo mejor».

Mencio recuerda entonces un pasaje de la canción “La vía láctea”, en la que se dice: “De la gente de cabello negro [los chinos] que quedaban de los Zhou, ninguno sobrevivió”. Si interpretamos la frase literalmente, dice Mencio, entonces ningún habitante del territorio Zhou habría sobrevivido (y en consecuencia, no habría chinos)».

Por otra parte, ofrecemos al lector no una, sino dos traducciones de El arte de la guerra. Las dos son idénticas en cuanto a las palabras empleadas, pero la primera está en prosa continua, sin ninguna nota ni comentario, mientras que la segunda se ofrece comentada pasaje a pasaje, que complementa y se complementa con los capítulos de «Teoría y práctica de El Arte de la guerra», es decir, con la segunda parte de El arte del engaño. Esta segunda traducción intenta emular la cadencia del original, separando las frases y los párrafos mediante cesuras, como lo hacen algunos traductores, en especial John Minford. Nosotros hemos querido ofrecer una versión en cada estilo y debemos confesar que resulta difícil decidir cuál de ellas nos gusta más, el texto continuo o el texto dividido mediante cesuras.

En lo que se refiere al estilo y la belleza, hemos intentado reproducir en la medida de lo posible el estilo breve y cortante del original, aunque hemos renunciado a hacerlo siempre que el sentido y la comprensión estuvieran en riesgo. También hemos intentado conservar y reproducir los paralelismos y ciertos pasajes en los que se detecta una clara voluntad de estilo. No hemos sido tan sintéticos como John Minford, y en ciertas ocasiones nos hemos visto obligados, como el resto de traductores, a recurrir aquí y allá a cierto esfuerzo imaginativo para que el texto no resultara por incomprensible. Esperamos no haber recurrido a ello en exceso y siempre que ha sido posible hemos preferido mantener cierta ambigüedad rica en significados. También hemos huido del estilo exotizante o de chinosserie y del aroma taoísta o budista que se encuentra en otras traducciones. Sin negar las conexiones indudables de El arte de la guerra con el taoísmo (que se han examinado con minuciosidad en el ensayo), no creemos que se deba hacer hablar a Sunzi como un alquimista taoísta del siglo IX o como un adepto new age del siglo XXI, porque nos parece que eso sería reducir la inmensa cultura china y la naturaleza de El arte de la guerra a tres o cuatro claves místicas y enrevesadas, muy alejadas, en nuestra opinión, de las intenciones originales de quien o de quienes escribieron el libro».

 


 


 

 


El arte del engaño incluye la traducción completa de los dos grandes clásicos de la estrategia, El arte de la guerra, de Sunzi, y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, con comentarios adjuntos que ayudarán al lector, incluso al menos versado, a comprenderlo en toda su profundidad, además de Las 100 reglas del engaño y la estrategia.

El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas


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Pedro Baños, autor del bestseller Así se domina el mundo:

“Una interesantísima aproximación a la clasica obra El arte de la guerra de Sunzi y a otros clásicos de la estrategia. Un libro imprescindible para toda persona que desee entender no solo la actual actuación internacional de China, sino las futuras estrategias del mundo que nos espera”.

 

 

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El origen del pueblo chino

Guerra y paz en la antigua China / 8

Según el texto taoísta Liezi, en la batalla de Banquan las tropas de Huangdi se agruparon en osos negros y osos grises, lobos, panteras y tigres, águilas y faisanes y halcones. También en los Anales de bambú (Zhushu Jinian) es decir, en las crónicas  del estado de Wei, se dice que Huangdi contó con la ayuda de tigres, panteras, osos y osos pardos.

Lo más probable es que los animales del Emperador Amarillo escondan el recuerdo deformado de clanes guerreros que se identificaban con animales, aunque también podría tratarse de insignias o enseñas militares que permitían distinguir a los diferentes batallones de Huangdi, porque este emperador es considerado el primer estratega que organizó a los soldados en formaciones para la batalla. Cuando Sunzi dice que el Emperador Amarillo conocía las cuatro posiciones, seguramente se refiere a cuatro formaciones de batalla. Iñaki Ydoeta habla de insignias de osos, lobos, leopardos y tigres y como estandartes buitres águilas, halcones y milanos.

Otros eruditos chinos aseguran que lo que debe entenderse es que Huangdi amaestró a esas fieras y las empleó en la guerra, una práctica que se sabe que fue empleada en la China antigua.

El arte del engaño contiene la traducción completa y comentada de El arte de la guerra de Sunzi (Sun Tzu). El maestro Sun vivió mucho tiempo después de la época del Emperador Amarillo, pero se refiere a él como su primer precursor.

Así, en los Registros históricos de Sima Qian, se cuenta que Tian Dan usó mil bueyes para  provocar el pánico en el ejército enemigo, mediante un método verdaderamente sofisticado: cubrió a los animales con telas de seda roja con franjas que recordaban a un dragón y les ató espadas afiladas en los cuernos. También ató a las colas  de los bueyes juncos engrasados y los prendió fuego, dejando salir a los animales de la fortaleza. Los bueyes, aterrorizados por el fuego, se precipitaron sobre el campamento enemigo, seguidos de cinco mil soldados que marchaban tras los animales en silencio. La irrupción de los bueyes provocó un pánico indescriptible, que aumentó debido a que los atacantes hicieron un ruido insoportable golpeando cazos de bronces con martillos. El éxito de la ofensiva de Tian Dan fue total.

Tan solo sesenta y dos años más tarde de la batalla ganada por Tian Dan, el cartaginés Aníbal empleó un método muy parecido contra los romanos de Fabio Máximo:

«Ató bultos de haces de leña encendidos a los cuernos de bueyes, y largó a los animales sueltos por la noche. Cuando las llamas se extendieron, abanicadas por el movimiento, los bueyes, presas del pánico, corrieron como locos aquí y allí sobre las montañas a las cuales habían sido conducidos, iluminando la escena entera».

Fabio Máximo temió una emboscada y detuvo la persecución de Aníbal, que se encontraba en ese momento en verdaderas dificultades.

En fechas cercanas a las anteriores, pero en la India,  el gran estratega y pensador indio Kautilya recomendó impregnar con polvos incendiarios a pájaros, gatos, mangostas y monos , método a su vez semejante al que empleó el bíblico Sansón cuando encendió las colas de cientos de zorros y los lanzó contra los filisteos:

 “Y Sansón fue y capturó trescientas zorras, tomó antorchas, juntó las zorras cola con cola y puso una antorcha en medio de cada dos colas. 
Después de prender fuego a las antorchas, soltó las zorras en los sembrados de los filisteos, quemando la mies recogida, la mies en pie, y además las viñas y los olivares” (Jueces, 15,4). 

Todos estos estrategas, casi coetáneos, se anticiparon al moderno y terrible uso de perros o delfines adiestrados para detonar o detectar bombas .

Sea como fuere, con animales amaestrados o con formaciones de combate con insignias de fieras, se dice que Huang Di venció a su segundo enemigo, Yandi.

Lo que sucedió a continuación no está del todo claro y los relatos son muy confusos, pero parece que las dos tribus, la de los yandi y la de los huangdi, se unieron tras la batalla y dieron origen a la gran tribu de los huaxia, que los chinos consideran como el origen lejano de la etnia han, de la que se consideran descendientes.

En opinión de algunos historiadores, lo que sucedió pudo ser algo así como: en el territorio en disputa vivían los shennong, un pueblo agricultor, cuando llegaron dos tribus invasoras que estaban emparetadas, los yandi y los huangdi. Tras vencer a los shennong, los vencedores se enfrentaron por la posesión del territorio, hasta que los huangdi se impusieron. En cierto modo, la situación recuerda vagamente a las invasiones sucesivas que cayeron sobre la civilización micénica o sobre el Imperio Romano, con pueblos que empujaban a otros pueblos, obligándolos a su vez a convertirse en invasores en su huida. Porque todavía quedaba un tercer enemigo para que Huangdi impusiera su dominio El más temible de todos.

Continuará

 

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Las grandes batallas del Emperador Amarillo

Guerra y paz en la antigua China /7

«Sojuzgados los cuatro emperadores, los cuatro confines del imperio quedaron bajo su égida».

“El emperador amarillo ataca al Emperador Rojo”, Yinqueshan

En un texto encontrado en el gran descubrimiento arqueológico de Yinqueshan de 1972, del que habrá ocasión de hablar más adelante, se cuenta el enfrentamiento del Emperador Amarillo o Huangdi con cuatro emperadores tan coloridos como él: el Emperador Rojo, el Emperador Blanco, el Empeerador Negro y el Emperador Azul.

No resulta  fácil seguir con precisión los combates de Huangdi, pero sí se describen con cierto detalle dos grandes batallas, la de Banquan y la de Zhuolu, que parecen traernos ecos de un enfrentamiento entre los primeros pobladores de aquel territorio que con el tiempo se convertiría en China.

Parece que al principio de las hostilidades en un lado se situaban las tribus nómadas de los huangdi y los yandi y en el otro poblaciones agrícolas identificadas con los shennong. Recordemos que, en opinión de algunos historiadores, los nombres de los emperadores aluden a antiguos clanes o familias.

En aquella época, Shennong, el Señor del Mijo, poseía la legitimidad para gobernar sobre el territorio, pero era incapaz de defender al pueblo, que sufría el abuso de los nobles y que era víctima de los enfrentamientos constantes entre las diversas familias o linajes. Es decir, se daba la situación habitual cuando no existe un fuerte poder central, un vacio de poder que permite que los diferentes señores de la guerra, paramilitares o guerrilleros se aprovechan del trabajo de los campesinos, los siervos y los esclavos gracias a su dominio de las armas y el abuso de la fuerza. Por eso, aunque se dice que en la sociedad utópica de Shennong no existía la guerra, al parecer eso no evitó que los poderosos se aprovecharan de la situación y abusaran de los más débiles, que es lo que suele suceder cuando se confía en que basta con renunciar al uso de la fuerza para que los demás también lo hagan.

Las colosales estatuas de Huangdi y Yandi, padres legendarios del pueblo chino. Esta es la estatua más grande del mundo, tras las budistas, que ocupan los cuatro primeros lugares.

Las leyendas nos aseguran que las injusticias cometidas contra el pueblo hicieron que Huangdi se viera “obligado” a intervenir para luchar contra los shennong, o contra parte de ellos, pero también contra Yandi, el Emperador Ardiente, que quizá era su hermano y del que sabemos que reinaba en el sur. Se sospecha que los huangdi y los yandi eran dos familias o dos linajes pertenecientes a un mismo clan, que quizá llegaron a la tierra de los shenong, porque todavía hoy en día los chinos se llaman a sí mismos “hijos y nietos de Huangdi y Yandi”.

Sin embargo, quizá tras vencer a los shennong, los poderosos ejércitos de Huangdi y Yandi se enfrentaron en la batalla de Banquan, que según las crónicas tuvo lugar hacia el año 2700 antes de nuestra era.

Continuará

 

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El arte del engaño, manual y antídoto contra las mentiras

Entrevista en The Objective

Entrevista con Fátima Elidrissi pubicada el 7 de agosto de 2018

 

En su último libro el escritor y guionista Daniel Tubau analiza el famoso Arte de la guerra de Sun Tzu y junto a The Objective examina la estrategia seguida por políticos como Donald Trump, Pedro Sánchez y Pablo Casado.

Cuenta Daniel Tubau en su última obra, El arte del engaño (Ariel, 2018)  que aunque las mentiras, los embustes y los métodos tortuosos para lograr nuestros fines tengan mala prensa, la vida social e incluso la supervivencia del ser humano sería difícilmente imaginable sin ellos. “Muchas veces se ha hablado de caballeros andantes en la Europa medieval, también en China estaban los caballeros shi de la época Zhou, pero esto seguramente no ha existido nunca”, afirma este guionista con dos décadas de experiencia y media docena de libros bajo el brazo. “El engaño es una manera de sobrevivir en circunstancias adversas, inferioridad o debilidad e incluso en situaciones de superioridad para evitar muchas muertes. Por ejemplo, conseguir la victoria sin que haya guerra como dice el maestro Sun”, añade el autor sobre su última publicación, un exhaustivo análisis del arte de la estrategia china en general y El arte de la guerra de Sun Tzu en particular.

La entrevista completa en ‘El arte del engaño’, manual y antídoto contra las mentiras

 


El arte del engaño
Daniel Tubau
Editorial Ariel
600 páginas
Una cuidada edición que ofrece la más completa panorámica del arte de la estrategia china publicada hasta la fecha.


Contiene la traducción completa de El arte de la guerra de Sunzi y Las 36 estratagemas chinas, por Ana Aranda Vasserot, así como Las 100 reglas del engaño y la estrategia]

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La historia que se esconde tras los mitos

Guerra y paz en la antigua China /6

«Según Evemero, los dioses míticos no son más que personajes históricos de un pasado mal recordado, magnificados por una tradición fantasiosa».

Carlos García Gual

El evemerismo  se inspira en un filósofo griego llamado Evemero, que sostenía que detrás de los dioses griegos se escondía el recuerdo borroso de antiguos reyes.

Para justificar su interpretación racional de los mitos, Evemero empleó un método paradójico, pues él mismo se inventó una fábula, que contó en La  inscripción sagrada (Hierá Anagraphé). Allí aseguró que había visitado una isla y que en esa isla había encontrado las tumbas de los antiguos dioses, entre ellos Urano, Crono y Zeus.

La historia podría haber resultado verosímil si esa isla hubiera sido Creta, pues una tradición afirmaba que allí se encontraba la tumba de Zeus, pero Evemero aseguró que la isla se llamaba Pancaya y que estaba en el Mar Rojo. Junto a cada tumba, una inscripción en letras de oro conservaba los nombres de todos aquellos reyes a los que los griegos adoraban como dioses.

De este modo, mediante un mito, Evemero propagó el ateísmo en la Antigüedad y extendió la idea de que los dioses nunca habían existido, puesto que se trataba tan solo de reyes, generales y guerreros, o incluso, como en el caso del legendario fundador de Tebas, Cadmo, cocineros que habían escapado de su cautiverio y emigrado a tierras lejanas. Por lo tanto, decía Evemero con una lógica casi perfecta, si los dioses sólo habían sido reyes, entonces los reyes actuales nunca podrán ser dioses. Carlos García Gual compara a Evemero con Voltaire y cree que es posible que su intención fuera criticar la afición de los sucesores de Alejandro Magno a autoproclamarse dioses.

Los chinos siempre han sido muy aficionados al evemerismo y han intentado descubrir los hechos históricos escondidos detrás de los mitos, rastreando lo racional y lo razonable en lo aparentemente fantástico. En una ocasión le preguntaron a Confucio por qué se decía que Huangdi tenía cuatro rostros, a lo que respondió que eso significaba que el emperador había enviado a cuatro funcionarios en cuatro direcciones para administrar el territorio y así poder conocerlo todo, aunque no pudiera verlo con sus propios ojos. Para Confucio, como para Evemero, cualquier relato fantástico del pasado escondía algún borroso recuerdo de un hecho perfectamente histórico.

William Nienhauser está de acuerdo con Confucio y aplica el método evemerista a los mitos chinos. De este modo deduce que Huangdi, el Emperador Amarillo, es un personaje que representa a una tribu o a un clan, lo que explicaría que se le atribuyan más de cien de años de vida. Lo compara con los clanes escoceses, como los Bruce, y para evitar confusiones emplea la expresión “Huangdi” cuando se refiere al gobernante principal del clan en cada momento y “los huangdi” cuando se refiere al clan. En su opinión, los huangdi vivían en la región cercana a Xincheng, que se hallaría en el actual Honan. El padre de Huangdi podría representar también a un clan anterior, del que se habrían separado también los shennong, que deben su nombre a Shennong, el Primer Agricultor. En cuanto a la expresión “clan”, hay que aclarar que tiene un sentido bastante preciso en una jerarquía ascendente que va de los individuos a las familias, de las familias a los linajes y de los linajes a los clanes.

Armados con estas primeras nociones de evemerismo, podemos por fin abordar las batallas de Huangdi, para intentar de este modo descubrir los orígenes lejanos del pueblo chino. Y también su temprana afición a la guerra.

Continuará…

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Fábulas que esconden verdades

Guerra y paz en la antigua China /5

En la Grecia clásica, poetas como Hesíodo y Homero y dramaturgos como Sófocles, Eurípides y Esquilo educaban al pueblo recurriendo a personajes situados seiscientos u ochocientos años en el pasado, por ejemplo en la época de la guerra de Troya

En China, como ya hemos visto (Cómo aprovecharse de un sabio legendario), los filósofos, los políticos y los militares recurrían a Huangdi, al rey Wen y a su hijo Wu o al Taigong, un estratega legendario al que pronto conoceremos.

El recurso a personajes de un pasado legendario, a la fábula, al cuento tradicional o folktale, a aquello que en el marketing moderno y en los tratados de narrativa se conoce como storytelling o contar cuentos,  ha sido una afición persistente a lo largo de la historia y es un rasgo común a todas las culturas. Podemos afirmar sin exagerar que es la norma, más que la excepción.

Eric Havelock mostró, en La musa aprende a escribir y en Prefacio a Platón, que los mitógrafos y los fabuladores fueron los educadores de Grecia hasta que llegaron los filósofos de la naturaleza, como Heráclito, Parménides, Demócrito, Empédocles, o sus discípulos, los sofistas, entre ellos Sócrates, y los filósofos propiamente dichos, como Platón, Aristóteles, Epicuro o Teofastro. Platón era muy consciente de que los poetas y los dramaturgos, con su especulación disfrazada de storytelling o contar cuentos, eran los rivales de este nuevo saber llamado filosofía, por lo que les prohibió entrar en su República ideal.

Herbert Fingarette asegura que en la antigüedad tan solo en las civilizaciones de Grecia, India y China, encontramos algo que vaya más allá de ese recurso a contar cuentos “para explicar asuntos como la muerte, el apareamiento, el trabajo, las relaciones personales o el lugar del ser humano en el mundo”.

Tal vez Fingarette exagere, pero es cierto que en todas las culturas se han explicado las cuestiones fundamentales mediante fábulas, en vez de a través de argumentos racionales o de análisis abstractos y teóricos. Es por eso que debemos prestar mucha atención a todas esas narraciones que recurren a tiempos míticos o a lejanos antepasados, porque casi siempre esconden, bajo la forma de la fábula, una visión del mundo llena de opiniones, prejuicios y secretos propósito, tantos políticos como ideológicos.

Martha Nussbaum también ha mostrado y demostrado en La fragilidad del bien, de manera deslumbrante, el poder de argumentación ética, social, política y religiosa que contienen las obras de los tres grandes dramaturgos griegos y cómo esas historias, protagonizadas por héroes que se enfrentan al destino o desafían a los dioses, son también verdaderos tratados filosóficos.

James Aho sostiene que los mitos y fábulas que se refieren a la guerra no son nunca inocentes, sino que suponen una concepción sobre el conflicto militar y la lucha violenta entre los seres humanos que sirve para legitimar a un soberano o a una sociedad y para explicar qué comportamientos esa cultura acepta como válidos en una guerra. Aho examina en La mitología religiosa y el arte de la guerra, mitos de México, India, Europa, del mundo musulmán, de la religión judía y, por supuesto, de China, a la que dedica muchas páginas, aunque, lamentablemente, concentra su atención en el pensamiento confuciano y se desentiende casi por completo de los personajes verdaderamente mitológicos, como el Emperador Amarillo, el supuesto creador de la guerra.

Del mismo modo que un guionista, un dramaturgo o un novelista recurre a Aristóteles para justificar sus teorías narrativas, un chino de la época de Sunzi recuría a Huangdi, que para él no era un personaje mítico, sino el antepasado más admirado, una verdadera Autoridad en la materia, en todas las materias, como lo fue el propio Aristóteles durante la Edad Media. Esa es la razón por la que en El arte de la guerra Sunzi atribuye el origen de la sabiduría militar al más célebre de los emperadores chinos legendarios: porque quiere situarse a la altura de un personaje admirado universalmente y porque pretende que esa figura legendaria legitime de alguna manera sus propias opiniones.

Pues bien, según Sunzi, el Emperador Amarillo inventó los posicionamientos del ejército en función del tipo terreno y eso le permitió vencer “a los cuatro soberanos”. ¿Y quiénes eran estos cuatro soberanos? Si queremos averiguarlo, tenemos que ir más allá de las fábulas y las leyendas y recurrir a un método casi detectivesco que se aplica a la investigación en el terreno mitológico: el evemerismo.

Continuará…

 


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