Cuaderno de Irlanda

El 12 de julio de 1994, llegué a Dublín. No había planeado el viaje y ni siquiera sabía dónde iba a dormir esa noche. Me gusta viajar de esta manera, decidiendo en el último momento qué hacer. Ese mismo día, en 1690, Jacobo II el Católico y sus aliados franceses fueron derrotados en la batalla de Boyne. La fecha es celebrada todos los años por los protestantes, que vencieron bajo el mando de William de Orange.

Dormí aquella noche en Dublín, en una habitación compartida con otros cinco viajeros, todos alemanes, que me demostraron que el célebre orden alemán es un tópico que quizá sólo se aplica en los cuarteles.

Al ver una tienda de alquiler de bicicletas, pensé que no estaría mal alquilar una y dirigirme al sur. Hacía varios años que no cogía una bicicleta, así que, cuando vi que tenía que recorrer 161 kilómetros, decidí que sería mejor tomar un tren hasta Cork y luego un autobús hasta Bantry, donde alquilaría la bicicleta. Ya había decidido hospedarme en Reenmore Farmhouse, un lugar de Bed&Breakfast del pequeño pueblo de Ahakista. ¿Por qué? Porque había leído en una Guía que la casa se hallaba en mitad de un paisaje totalmente salvaje y que “para nuestros lectores románticos resulta un sitio maravilloso”.

 

La casa en la que viví en Ahakista

En el viaje en tren leí La rosa secreta y Leyendas de Hanrahan el Rojo, de William Butler Yeats.

Bantry, un lugar muy afrancesado, me gustó mucho; Cork, una ciudad bastante grande, me recordó a un pueblo mediterráneo. A pesar de que está lejos del mar, cuando caminas por algunas de sus calles en pendiente, tienes la sensación de que a la vuelta de la esquina te vas a encontrar el mar.

Pude alquilar sin problemas la bicicleta en Bantry, pero el camino hasta Ahakista resultó toda una aventura, sobre todo porque me picó un mosquito en un ojo, con lo que quedé tuerto durante bastantes horas (puedes verlo en Un viaje a Ahakista).

Establecido ya en Ahakista, pasé el resto de las vacaciones viajando en bicicleta por toda la península de Maiden. Me levantaba temprano, desayunaba en Reenmore, lo que me servía como comida para todo el día, y me lanzaba a la carretera en una y otra dirección, deteniéndome de vez en cuando en los pubs de la carretera, jugando a los dardos con los habituales, por ejemplo con una hermosa muchacha a la que encontré sola en su bar, o sentándome en los acantilados, bañándome en las calas. Cuando me detenía en algún pueblo, aprovechaba para escribir lo que llamé Baikzouts (Bike Thoughts: pensamientos en bici).

En la Bahía de Dunmanus me invitaron a participar en una competición de pesca (quedamos los últimos, aunque no por mi culpa) y llegamos hasta la última roca en el mar, creo que The Bull, más allá de la cual sólo se extiende interminable el océano.

Cenando en el restaurante Shiro’s de Ahakista, contemplando un paisaje extraordinario y degustando una de las mejores comidas japonesas que he probado, escribí varios jaikus.

También estuve en la isla de Cape Clear, que es un lugar privilegiado para los expertos en ornitología adonde viajan los estudiantes de gaélico, pues sus ciento cuarenta y seis (ciento cuarenta y ocho según el capitán del barco) habitantes lo hablan allí mejor que en ningún lugar de Irlanda. Se cuenta también que un nativo de esta isla llevó el cristianismo a Irlanda un siglo antes de San Patricio. Este hombre, que viajó a Roma y regresó a su isla, era un O’Driscoll (también lo era el capitán). Se dice que los O’Driscoll son descendientes de los milesios (los hijos de Mil), que llegaron desde Galicia, según las leyendas en el año 1699 a. de C.

Otro día comencé a pedalear por unos montes y me perdí, apareciendo, en la Bahía de Bantry, concretamente en lo más alto del monte Knockhoolteenagh, a 734 metros sobre el nivel del mar.

En pocos días empecé a conocer el humor irlandés, que intenté reflejar en algunas historietas  que dibujé en mi pequeño cuaderno de viaje

Más información sobre la historieta en Humor irlandés

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[Publicado por primera vez en Esklepsis 3, 1997]

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