Viaje a Isla Mujeres

Temprano en la mañana me desperté el día 10 de diciembre de 1995. Sin dolor de estómago, con la nariz despejada. Mucho mejor. Sólo persistía un poco de tos y ese molesto oído derecho tapado, que sigue crujiendo de vez en cuando, sobre todo cuando mastico.

Mi plan era ir a Isla Mujeres, pero primero desayuné en el mismo lugar que ayer y cambié dinero (no me aceptaron 100 $ descoloridos, espero que no sean falsos, o al menos que me los cambien en otro sitio). Volví al hotel, pagué, avisé que volvería el 18 o así y me fui con la mochila para tomar el autobús a Puerto Juarez (más conocido como Punta Sam). Lo encontré tras una caminata bastante larga: no me asustaban los esfuerzos, estaba convencido de que mientras más esfuerzos hiciera antes me curaría, lo que quizá no es muy razonable.

En Punta Sam saqué el boleto y esperela hora de salida tomando unas cervezas en un bar que está junto al embarcadero. En otra mesa, un grupo de ocho o diez argentinos, y en otra un indígena (pero que no parece de la zona) con una chica de cuerpo escultural, que llama la atención de los chicos encargados del bar. Cuando se va la pareja, comentan con la dueña el aspecto de la muchacha e insinúan que el “negro” (el indio) a lo mejor no es muy hombre.

Resulta difícil, por cierto, saber qué palabra hay que emplear para referirse a lo que habitualmente se llama “indio” o “indígena”. En principio, ahora se prefiere decir indígena, porque indio se considera despectivo. Aunque “indígena” a primera vista parece significar “población (gens) india”, en realidad significa “población de allí (inde)”, o si se prefiere “población del lugar” o “pueblo originario”. Pero, claro, el hombre que estaba con la muchacha escultural podía ser de cualquier lugar situado a miles de kilómetros, por ejemplo, podía ser mapuche o araucano de Chile, así que tendría bien poco de indígena, aborigen, pueblo original, nativo o como quiera llamarse, al menos de Yucatán. Supongo que la mejor denominación es “amerindio”, que tampoco es perfecta, claro. No es perfecta no sólo porque ya existe un cierto racismo al llamar amerindios a unos y afroamericanos a otros, y no llamar euroamericano al que procede de Europa, por ejemplo. En segundo lugar, porque las fronteras entre las distintas etnias y poblaciones son cada vez más difusas: hay personas de aspecto amerindio, japonés o del África negra que son suecas, lituanas o españolas y hay todo tipo de mezclas, que hacen cada vez más difícil la clasificación de alguien en una u otra categoría. Pero, en fin, “amerindio” suena más o menos bien y no parece tener cononotaciones despectivas, aunque para mí “indio” tampoco las tiene, ya que en mi infancia me identificaba muchísimo con ellos, en especial con los indios de los Estados Unidos y en concreto con cheyennes y sioux, pero también con los nez percé (“narices perforadas”), por ejemplo.

El transbordador

El barco es un transbordador con dos grandes planchas sostenidas a ambos lados por rectángulos. Todo de metal pintado de verde. Me siento en la popa, junto a la barandilla. A mi lado está la pareja. Hablan de cirugía estética; ella dice que en uno de esos momentos en los que la autoestima está baja pensó operarse de no-sé-qué. Él le da consejos de belleza.

Cuando ya se divisa Isla Mujeres, una chica me pregunta de dónde soy y me cuenta que es estudiante de turismo y ha venido a documentarse, o hacer prácticas o algo semejante. Me pregunta de dónde es el oso y el castaño, o algo parecido. Le digo que es el oso y el madroño y que es de Madrid. Nos despedimos al bajar del barco y voy al hotel D’Gomar, que me ha recomendado durante la travesía un tal Pedro. Pago 80 pesos (60 menos que en Cancún). La habitación número 304 es estupenda. Luego, con la ayuda de Pedro, alquilo una bicicleta por 45 pesos todo el día. Recorro la isla de una punta a otra, me quedo un rato en una playa, pero no me baño y regreso al puerto.

Para comer elijo el restaurante Brisa del Mar, en una mesa junto a la playa, y escucho una conversación de una especie de iluminado que dice que hay que comprar comida y oro, “por este orden”, recalca. Luego explica que la Tierra ya está cansada y va a eliminar al ser humano, o casi. Por cierto, que pido un cebiche de pulpo y camarón (luego me enteraría de que es un plato que no se recomienda a los recién llegados, a causa de que sus ingredientes están semicrudos).

por otra parte, cuando recorría en bici la isla (hice entre 20 y 30 kilómetros), tras hacer todo tipo de gansadas, como pedalear sin manos, en el momento más sensato, y sin causa razonable, di con mis huesos en el suelo y me arranqué un trozo de piel de la mano de varios centímetros. Cuando quise limpiar la herida, la arenilla se había quedado ya unida o asimilada a la carne.

Sentado en el barco, mirando el mar

Después de comer, di una vuelta por las tiendas y comercios, muy vistosos, y tomé un café en el Siena, un lugar encantador pintado de azul oscuro y blanco. Luego me bañé en al playa -¡por fin!-. Nadé mucho, a pesar del esfuerzo hecho en la bici.

Desde una improvisada plaza de toros sonaba música, preludiando las fiestas. Pensé que valdría la pena salir esa noche.

Volví al hotel, me duché, escribí un poco en esta libreta y, de pronto, empecé a oír un fuerte viento. Comenzó a llover y descargó una tremenda tormenta de viento y agua. La gente gritaba por la calle y la fiesta que se preparaba quedó arruinada.

Cuando amainó un poco, bajé a cenar. El encargado me dijo que había venido el dueño de la bici y se la había llevado, aunque había otra igual en la puerta. Tomé otro café en Siena, escuchando estupenda música de Van Morrison. Tras dar unas vueltas, fui a cenar a un sitio barato llamado Chen Huayen: frijoles y tamales. Me gustó oír la canción Ella, una de mis favoritas de la infancia en la versión de Jorge Negrete y que sé de memoria:

Me cansé de rogarle,

me cansé de decirle

que yo sin ella de pena muero,

si sus labios se abrieron

fue pa’ decirme: ‘ya no te quiero’…

Después fui a una discoteca. Tomé dos Havana 5 con hielo (otra recomendación no seguida: no hay que tomar hielo, a causa del agua no purificada). Una hora después llegaron dos borrachos (que ya había visto en Siena) y se sentaron conmigo. Uno de ellos se quedó dormido enseguida, el otro me invitó a una copa. Tiempo después, el dormido se despertó y vomitó en el suelo durante un largo rato. Nadie reaccionó, pero más tarde vino un encargado a limpiar el suelo y regañar un poco al borracho, quien, de tanto en tanto, me sonreía con expresión bovina. Finalmente, me animé a bailar un rato. La discoteca no estaba mal, la música era bastante buena y tenían un luminoso en el que iban apareciendo mensajes bajo el lema “Las mejores frases del staff”:

Marilyn: “Estoy Peda, ¿y qué?”

Levis: “¡ay, papacito!;

“No hay pedo, soy influyente”,

“¿Me dejas un restito?”,

“Soy bailarina, ¿y qué?”

“Mañana me caso”, etcétera.

Me fui a las doce a dormir el sueño de los justos.

 

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[10 de diciembre de 1995]

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2 pensamientos en “Viaje a Isla Mujeres

  1. Me ha gustado mucho estos apuntes de tu viaje a Isla Mujeres. Yo también estuve por aquella época alli y lo recuerdo como algo paradisiaco en cuanto a sus fondos marinos llenos de corales, anémonas Y cien mil peces de colores nadando a tu alrrededor..Cuando llegue a España, después de pasar dos meses recorriendo Mexico, estaba tan impregnada de esas sensaciones del Caribe y sus aguas, que en menos de un mes hice 3 tapices de los fondos marinos. Gracias por traerme éste recuerdo

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