Datos, datos… y datos

|| Tucídides y la democracia /24

Me preguntaba en ¿Existen los datos? acerca de en qué debe consistir la objetividad para un historiador.

La respuesta es, creo, que, esa objetividad no consiste en que el historiador no opine sobre lo que está contando, pero sí, en primer lugar, en que el historiador distinga claramente sus opiniones de lo que pretende ser una exposición neutra de acciones, que no intente disfrazar sus ideas e intereses bajo supuestos relatos desideologizados. Es obvio que no podrá lograrlo por completo, pero que al menos eso suceda de un modo más o menos inconsciente o involuntaria. También se le debe exigir que los datos que utilice sean rigurosos, ciertos y comprobables dentro de lo posible, los ordene como los ordene. Aquí podríamos distinguir también entre varios tipos de ‘datos’, que plantean problemas diferentes:

__“Murieron 5373 argivos”

__“Los egipcios ganaron la batalla de Kadesh”.

__“La guerra era inevitable”.

Cada una de las afirmaciones anteriores plantea problemas diferentes en relación con la objetividad del historiador. El primer dato es el de un contable, el de alguien que ha contado los cadáveres o las tumbas. Es un dato que en algunas guerras puede ser completamente fiable: basta con mirar cuántos soldados partieron y cuantos regresaron. Pero no hay que pensar que los números son siempre comprobables: a día de hoy resulta difícil saber la cantidad real de muertos durante los regímenes comunistas de la Unión Soviética o China y las dudas afectan no a decenas o miles de personas, sino a millones. Recientemente se ha llegado a pensar que las cifras de la población china actual están infladas y que la India tiene más habitantes que China. La razón sería que, al hinchar las cifras, se disminuyó al mismo tiempo el de los muertos durante el Gran Salto Adelante y la Revolución cultural maoísta, que por arte de magia pudo reducirse en millones. Hasta hace pocos años, e incluso ahora en gran medida, la manera de saber cuántos millones de personas habían muerto consistía en comparar las cifras de población antes y después de aquellos años espantosos.

En cuanto a la segunda afirmación: “Los egipcios ganaron la batalla de Kadesh”, esa afirmación está sometida a dudas de otro tipo. Según los egipcios, ellos ganaron. Según los hititas, la victoria fue suya, Pero incluso aunque el ejército egipcio hubiera sido derrotado en la batalla, se sospecha que los hititas quedaron los suficientemente debilitados como para no proseguir su avance contra Egipto o sus aliados, aunque también se puede sugerir que los egipciós, vencieran o perdieran, fueron los que quedaron detenidos en su expansión por Asia Menor y el mundo micénico, por ejemplo.

Finalmente, la tercera afirmación (“La guerra era inevitable”) es ya una cuestión sometida a tremendas incertidumbres y subjetividades. Así, por ejemplo, la manera en la que se presenta como inevitable la propia guerra del Peloponeso que nos trasmite Tucídides esta sometida a fuerte discusión.

En consecuencia, no todos los datos históricos son iguales ni es siempre fácil distinguir entre datos y opiniones.

Pues bien, a pesar de todas las precauciones anteriores, a pesar del esfuerzo del historiador por ser objetivo y desinteresado, creo que la subjetividad, en mayor o menor grado, siempre será inevitable.

 

Continuará…


[Escrito hacia 1991. El texto en otro color ha sido añadido en 2018]

TUCÍDIDES Y LA DEMOCRACIA


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