De Isla Mujeres a Valladolid

Las fiestas que se preparaban en la isla eran porque el día 12 de diciembre es la festividad de la virgen de Guadalupe, patrona de México. La tormenta acabó con mis esperanzas de asistir a una charanga mejicana. En las calles se formaron ríos de agua y la gente se refugiaba en los portales, sin atreverse a caminar ni siquiera por la acera. Fue muy hermoso.

En principio tenía que levantarme a las ocho para ir a la Isla de Contoy a nadar con los delfines, hacer snorkle y esas cosas que hay para los turistas, pero, debido a la tormenta de la noche anterior, el día no se presentaba muy adecuado, así que me dormí hasta las once.

Me despertaron las chicas de la limpieza. Hice la maleta, me duché y me fui del hotel, con la intención de coger un barco a Cancún y de allí ir a Valladolid. Descubrí que tenía varias picaduras de insectos. Desayuné unos huevos rancheros en “Vista al mar” y luego saqué el boleto. A las 12.45 tomé el barco, tras arreglar el problema de la bici: pagué 20 pesos de multa por no devolver la bici a las seis, que es cuando, según el encargado, acababa el día.

En el barco me pasó algo curioso. Me fijé en varios tipos de aspecto sospechoso. Uno de ellos montó una bronca con el boletero. Me parecía que tenían mirada aviesa, pero pensé que a lo mejor eso era un prejuicio étnico, que quise evitar. Pero, ya en el barco, vi otros signos sospechosos. Me senté junto a la cabina de maniobras para estar más seguro. Luego vino el broncas y me vigiló de cerca, así que me levanté para estar a la vista de los tripulantes. Él se fue. La conclusión fue que no era un prejuicio étnico, sino simple y llanamente mirada aviesa.

Aparte de esto, en el barco pensé dos cosas. La primera, que todavía no había visto el cielo nocturno, la luna y las estrellas, pues la tormentosa noche en la que salí el cielo estaba oculto.

La otra cosa es el asunto de seguir o no las costumbres locales. Está bien por aquello del respeto, pero no hay que ser extremosos. Es absurdo sentir reverencia colorista ante cosas que, sin una excusa étnica, nos parecerían absurdas. El único límite es calcular si te pueden pegar o no por tu irreverencia, y no obrar con mala intención. Basta con imaginar lo absurdo que sería que un extranjero en España tuviera que respetar cosas tan detestables como la fiesta de los toros o el maltrato y crueldad con los animales en tantos pueblos españoles, simplemente porque se trata de una costumbre local, o porque podría ofender a españoles (algunos españoles) aficionados a actos no sólo tan crueles, sino, además, tan grotescos.

(2013) Aunque creo que más adelante volveré a tratar el tema, sigo opinando que las costumbres locales se deben seguir siempre que sea un signo de mala educación y desprecio no hacerlo, pero siempre también que hacerlo no entre en conflicto con las propias convicciones. Yo aplaudo a cualquier turista que viene a España y critica la fiesta de los toros y por mí puede hacerlo en cualquier lugar que le apetezca (como recientemente hicieron en la Plaza Mayor de Madrid); del mismo modo, la costumbre de discriminar y mantener aparte u ocultas a las mujeres en algunos países musulmanes, resulta tan ofensiva para cualquier persona sensata que uno acaba prefiriendo no visitar las casas en las que va a presenciar tal cosa, a pesar de que te traten muy amablemente. Lo mismo me sucedería hoy en día en Rusia con la salvaje persecución a los homosexuales por parte de Putin y las nuevas e infames leyes aprobadas.

Por otra parte, siempre he creído que el turismo  es a menudo una fuerza positiva para moderar las costumbres irracionales, pues los turistas no suelen sentirse convencidos por argumentos que a los locales nos parecen estupendos: a ellos les resultan ajenos y, muchas veces con razón, absurdos. A España le vino muy bien que llegaran las suecas en oleadas a nuestras playas, para que el cambio de régimen y el paso de la dictadura a la democracia fuera más suave (sin ser inocuo ni imperfecto, claro): sabíamos gracias a ellas y a otros turistas que no todo el planeta era como nuestra siniestra y gris España franquista. Países más aislados o menos atractivos para los turistas pasaron transiciones más difíciles, como Albania o Rumanía.

 

 

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[11 de diciembre de 1995]

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