…Demócrito de Abdera

Cosas que he aprendido de…

 

democrito

De Demócrito he aprendido tantas cosas que resulta difícil explicarlas. Quizá parezca extraño que se pueda aprender tanto de un filósofo del que sólo se conservan fragmentos, pero recuerdo cómo me impresionó la lectura de esos fragmentos cuando los leí en los tres tomos de la editorial Gredos dedicada a los filósofos presocráticos.

Me llamó mucho la atención que Demócrito fuera, junto a  Leucipo, el creador del atomismo, y que pasaran cerca de veinte siglos para que sus ideas fueran recuperadas por la ciencia moderna

Naturalmente, se puede discutir si las teorías de Demócrito coinciden con el atomismo actual. Hay razones para considerar que el atomismo clásico coincide más con la Química que con la Física, pero lo importante, y lo que más me influyó en la ciencia moderna, no fue el acierto o no acierto de Demócrito, sino su método y su intención. Porque quizá gracias a Demócrito descubrí que el mayor de los placeres es investigar, aprender y descubrir cosas nuevas.

Se cuenta una anécdota de Demócrito. Una criada le dio a probar un higo y al notar un pronunciado sabor a miel, el filósofo corrió al huerto a investigar la causa. La criada se río y le dijo que no buscara más, porque la causa era muy sencilla: había sumergido el higo en un jarro de miel. Demócrito, yéndose de todos modos al jardín, dijo que investigaría el asunto como si  no le hubiesen explicado la causa.

Esta anécdota se citaba como ejemplo de lo irrazonable que puede ser una persona obsesionada por encontrar la razón cualquier cosa, pero a mí me parece una simpática  manera de mostrar que la pasión de investigar es un verdadero placer en sí misma. A menudo, como Demócrito, he iniciado pequeñas investigaciones partiendo de una hipótesis que sabía falsa de antemano, tan sólo para ver hacia donde me llevaba la investigación. A veces, siguiendo este método, no se confirma la falsa hipótesis pero sí se descubren otras cosas interesantes en el camino.

En definitiva, de Demócrito aprendí el placer de buscar la causa de todas las cosas y no dejarse engañar o convencer por algo hasta no haberlo uno investigado por sí mismo. Ya dije en Cosas que he aprendido de Buda, que Buda decía algo semejante. Demócrito llegó a afirmar en una ocasión: “Prefiero encontrar una ley causal que ser rey de los persas”.

Aprendí también de Demócrito a interesarme por todas las cosas y a aplicar aquello que decía Protágoras (que al parecer conoció personalmente a Demócrito): “Soy humano y nada humano me es ajeno”.

Demócrito comenzó su Pequeña Cosmología diciendo: “Voy a hablar de todo”. Yo, imitando también a Doré, que dijo “Lo ilustraré todo”, convertí en mi lema “Lo pensaré todo”, o, si se prefiere: “Pensaré acerca de todo” o “Procesaré todo a través de la reflexión y la emoción”.

Demócrito

Demócrito por Velázquez
La bola del mundo y los libros son dos elementos con los que se
suele asociar a Demócrito, incansable investigador

También aprendí de Demócrito que el placer de la investigación es suficiente por sí mismo y que uno ya se siente más que satisfecho con lo que aprende, sin tener necesidad de presumir ni de que los demás se enteren de ello o reconozcan sus méritos reales o supuestos.

Porque de Demócrit aprendí también, creo, la modestia, pues me impresionaba la sencillez con la que dijo: “Fui a Atenas, pero nadie me conoció”. Atenas era en ese momento la capital cultural de la Hélade. Demócrito, tras su paso por Atenas regresó a su ciudad natal, Abdera, y allí siguió investigando. Hasta hace poco, he vivido en cierto modo bastante retirado, como vivió Demócrito en Abdera, pero la llegada de Internet me ha hecho más comunicativo.

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Materialismo

Por otra parte, la observación de la realidad sin prejuicios me ha mantenido hasta el momento en el pensamiento materialista, del que también fue un precursor Demócrito.

Podría cambiar de opinión, pero hasta ahora no he tenido ocasión de encontrar ningún argumento basado en algo observable (o al menos en algo razonable) a favor de alguna clase de espiritualismo.  Así que sigo siendo materialista, aunque soy perfectamente consciente de lo difícil que es definir hoy en día la materia.

Demócrito

Un sello griego también con Demócrito y el átomo

Por otro lado, soy también consciente de que Demócrito es posiblemente el fundador del reduccionismo, pues intentaba explicar toda la realidad mediante la combinación de los átomos y el vacío; como decía Van Melsen:

“Todo físico es un Demócrito, pues trata siempre de comprender la multiplicidad de los fenómenos mediante la interacción de la menor cantidad posible de elementos primordiales”

Y, sin embargo, yo no me considero reduccionista, a pesar de que admiro esta búsqueda de causas primeras de las cosas y de que quizá gracias al reduccionismo se han alcanzado los mayores logros científicos.

Tengo, sin embargo, razones para pensar que el propio Demócrito no era reduccionista, pero sería complicado explicarlo aquí. En cualquier caso, creo que la cuestión del reduccionismo no está ni mucho menos resuelta a favor o en contra. Y estoy dispuesto a cambiar de opinión, cosa más plausible que en el caso del espiritualismo, porque los reduccionistas, al contrario que la mayoría de los espiritualistas (¿con la excepción de William James?), sí que intentan usar argumentos razonables y racionales.

Paradójicamente, al mismo tiempo que aprendí o me reafirmé en mi materialismo, también aprendí de Demócrito a no ser materialista en el sentido vulgar del término. Porque también creo como él que:

“Es conveniente que los seres humanos otorguen mayor significación al alma que al cuerpo, pues la perfección del alma corrige la inferioridad del cuerpo, mientras que la fuerza del cuerpo no mejora el alma en absoluto”.

Eso sí, recordando que para Demócrito también el alma es material: “Las sensaciones y los pensamientos son modificaciones del cuerpo”. Para él, alma e intelecto eran sinónimos.

Me gusta mucho la teoría de Demócrito acerca de la realidad: “Todo es fruto del azar y la necesidad”, aunque sé que esta idea es compleja, como cualquier teoría acerca de la razón última del universo.

En otra ocasión dijo: “Unas cosas se producen por necesidad, otras por deliberación, otras por azar y otras por espontaneidad”. Esta es también una idea interesante, que comparto, aunque sea de un modo confuso y que requiere más estudio por mi parte.

Demócrito

Empirismo e idealismo
En esas primeras lecturas de Demócrito tal vez me di cuenta por primera vez de la importancia tanto de los sentidos como del razonamiento, de lo empírico y de lo racional, alejándome tanto de los empiristas ingenuos como de los idealistas que piensan que sólo existe la mente o la voluntad. Demócrito lo expresó de manera genial en un juicio entre la razón y los sentidos, del que lamentablemente sólo se conservan breves pasajes:

“Después de haber dicho “por convención el color, por convención lo salado, pero en realidad existen sólo átomos y vacío”,  Demócrito hace que los sentidos, dirigiéndose  a la razón, hablen de este modo: “¡Oh, mísera razón, que tomas de nosotros tus certezas! ¿Tratas de destruirnos? Nuestra caída, sin duda, será tu propia destrucción”.

Demócrito, al parecer, llegó a elaborar una teoría del conocimiento de gran sutileza, al afirmar que lo visible, los fenómenos, eran necesarios para conocer lo oculto y que, al mismo tiempo, mediante la razón podíamos explicar cómo funcionan los sentidos y cómo se presentan ante ellos los fenómenos. Algo que, más que un circulo vicioso tal vez sea un círculo virtuoso.

Por cierto que para Demócrito (y esto parece mostrar su no reduccionismo) existían tres criterios para el conocimiento:

“Para la captación de lo invisible, los fenómenos… para la investigación el concepto… para lo que se debe rechazar o desear, la afección, pues es deseable lo que nos atrae y rechazable lo que nos repele”.

 

Convenciones y relatividad (que no relativismo)

Demócrito

También con Demócrito me di cuenta de la importancia de lo convencional, en el sentido de lo que no es necesario de por sí o natural, sino fruto del pacto, la subjetividad y el acuerdo:

“Por convención el color, por convención lo dulce, por convención lo salado, pero en realidad existen sólo átomos y vacío”.

También creía, anticipándose a las teorías más actuales, que el color como tal no existe en las cosas (eso es algo que todavía mucha gente ignora).

Uno de los más bellos ejemplos de su defensa de lo convencional es su opinión acerca del lenguaje. Frente a pensadores como Platón, que afirmaban que el lenguaje es como es por naturaleza, Demócrito señalaba razones tan sencillas como que una misma palabra puede tener dos significados diferentes; o que dos palabras diferentes podían significar lo mismo.

Pero también he aprendido de Demócrito a mantener un prudente escepticismo ante las soluciones encontradas por el razonamiento o la ciencia, que siempre han de ser provisionales, recordando que “la verdad está escondida en lo profundo”. No es casual que también se considere a Demócrito uno de los precursores de la escuela escéptica. Se conservan varios fragmentos muy hermosos en este sentido. Por ejemplo aquel que he mencionado, en el que se presenta un juicio entre la razón y lo sentidos.

Curiosamente, aceptar lo convencional y relativo de todas las cosas, no hizo a Demócrito caer en esa filosofía llamada relativismo, que ha sido hasta hace poco la última moda del pensamiento occidental. A mí tampoco. Creo en el diálogo, en la tolerancia y en la apertura a otros puntos de vista, pero no en lo que sostiene el relativismo cultural, que un punto de vista sea válido porque pertenezca a una cultura determinada, lo que al fin y al cabo coincide con lo que sostiene el etnocentrismo.

Demócrito

Se suele representar a Demócrito como antítesis de Heráclito.
Demócrito obtiene placer del conocimiento, Heráclito dolor.

Ética

También he aprendido de Demócrito que “quien comete injusticia es más desgraciado que quien la padece”, y que “bueno es no tanto el no cometer injusticia, sino el no tener intención de cometerla”.

Esas han sido reglas constantes a lo largo de mi vida, y aunque es evidente que he causado cierto dolor a otras personas, nunca ha sido mi intención hacerlo, y mucho menos he disfrutado con ello, ni siquiera con aquellos a los que podría considerar mis enemigos (muy pocos). Nunca me ha alegrado la desgracia ajena ni he tenido deseos de venganza (a no ser en los juegos y siempre de manera amigable).

También coincido con Demócrito en preferir un régimen democrático, con todos sus defectos, a cualquier tipo de dictadura:

“Es preferible la pobreza en una democracia a la llamada felicidad que otorga un gobernante autoritario, como lo es la libertad a la esclavitud”.

Quizá sea innecesario aclarar que esto se refiere a uno mismo, a la manera en la que uno prefiere vivir, pero que no es ninguna justificación de la pobreza.

También comparto con Demócrito su rechazo a todo tipo de nacionalismo o etnicismo y me considero ciudadano del mundo:

“Toda tierra es accesible para el hombre sabio, pues la patria del alma buena es todo el universo”

Tal vez procede de él mi deseo de vivir muchos años, pues se cuenta que él llegó a los 109. Yo, por ahora, me conformó con 139.

Demócrito

Demócrito por Ribera
Mientras Heráclito llora al contemplar el mundo, Demócrito ríe

 También he querido aplicar en la medida de lo posible lo que él llamaba Tritogenia:

“Tres son las consecuencias de ser sabio: deliberar bien, hablar sin error y obrar como se debe.”

 Nunca he creído lo que dicen filósofos como Schopenhauer: que no tiene por qué haber correspondencia entre la teoría y la práctica de un filósofo. Aunque creo que a veces es necesario e incluso aconsejable mentir (por ejemplo para no causar un dolor innecsario a otra persona), sí creo que en la medida de lo posible se debe mantener una correspondencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. Por eso no creo en la fidelidad y considero que no es una virtud, sino un defecto.

También considero que el crítico al que más hay que tener es nuestra propia conciencia. Esto, que fue obsesión para los estoicos, que decían aquello de “Piensa que ni siquiera estás solo cuando estás solo”, lo dijo antes Demócrito:

“No hagas ni digas nada feo aunque estés solo; aprende a avergonzarte más ante ti mismo que frente a los demás”.

Demócrito

No sé si interioricé estas ideas tras la lectura de Demócrito (y de los estoicos) o si surgieron en mí de otro modo, pero la verdad es que no tengo necesidad de esconder los malos pensamientos, porque me atrevo a decir que no los tengo.

También dijo Demócrito y estoy de acuerdo: “Mejor es advertir los propios errores que censurar los ajenos”.

También estoy muy de acuerdo en que la naturaleza del ser humano puede ser modificada por la enseñanza. Por tanto, me mantengo apartado como él del determinismo genético (que él llamaba entonces ‘naturaleza’) y confío en el valor inmenso de la educación:

“La naturaleza y la instrucción poseen cierta similitud, puesto que la instrucción trasforma al hombre y, al transformarlo, produce su naturaleza”

Demócrito

Rembrandt se retrató a sí mismo como “Demócrito joven”

Me gusta mucho su proposición acerca de qué es la felicidad, uno de los asuntos que más preocupa a todos los pensadores griegos y que hoy parece estar sólo en manos de cantamañanas de eso que se llama “autoayuda”.

Aunque me siento muy cercano a las teorías de Epicuro acerca del placer y la felicidad, que aprendió casi todo de Demócrito (y de Aristipo), la que más me convence es la del de Demócrito: la felicidad es el buen ánimo.

El buen ánimo (euthymia) se alcanzaría, según Demócrito, no ocupándose en exceso de los asuntos públicos ni de los privados, no tratando de alcanzar lo que supera las posibilidades y siendo moderado.

Al buen ánimo también lo llama bienestar, el estado en el que el alma está serena y equilibrada, porque no le perturba ningún temor, ni el miedo a los dioses. Surge mediante la moderación del deleite y la armonía de la vida y del prestar poca atención a quienes envidiamos y admiramos.

Demócrito

Pero el bienestar también se define por una palabra que puede parecer paradójica: intrepidez (athambia), porque consiste en un estado de alerta permanente “en la superficie del mar en calma”. No es una emoción o estado pasivo, sino activo, para ser capaz de resistir los golpes externos. Quien es justo es también valiente en sus juicios e intrépido, rectitud del juicio y valentía en la conducta se complementan.

Estas son algunas de las cosas que he aprendido de Demócrito. No son pocas, teniendo en cuenta que sólo quedan algunos fragmentos de este filósofo, al que Aristóteles consideró el mejor de entre quienes le precedieron, y cuyos escritos, según se cuenta, quiso quemar Platón.

 

DemócritoBillete griego con Demócrito y la representación del átomo

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Si quieres saber la curiosa historia de cómo murió Demócrito, visita mi página
Mortal

Si te interesa una comparación que hice hace muchos años entre la ética de Demócrito y la de Aristóteles, puedes leerlo en: Ética de Demócrito y Aristóteles

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[Publicado en 2004]

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