¡Dios mío, otro americano no!

|| Juicio y sentimiento 3

“Era demasiado tímido para hacerse justicia a sí mismo, pero cuando esta timidez natural era vencida, todos sus actos revelaban un corazón franco y afectuoso. Era hombre de entendimiento, y su educación lo había mejorado sólidamente”
  Jane Austen, Juicio y sentimiento

En el capítulo 1 de esta serie, que es como un folletín decimonónico o como un ensayo por entregas, hablaba del autocontrol y en concreto de mi supuesto autocontrol. Negaba que yo me autocontrolase y decía por qué: no necesito hacerlo.

En el segundo capítulo hablé de William James y de su libro Las variedades de la experiencia religiosa.

¿Cuál es la relación entre el capítulo 1 y el 2, entre el autocontrol y William James?

Se trata de algo que William James contaba acerca de Walt Whitman.

Ambrose Bierce

Walt Whitman era un poeta americano (estadounidense), también decimonónico. Se lo considera el poeta más grande de Estados Unidos y su personalidad resulta a primera vista asombrosa, pues vivió en una época que asociamos a la austera y severa Reina Victoria, lo que David Stove llama el horror victorianorum.

Sin embargo, si miramos con más atención, descubriremos a unos cuantos personajes que no se ajustan a ese tópico victoriano y quizá nos sorprendería incluso la propia reina Victoria, ¿quién sabe?.

Muchos de estos personajes avictorianos son americanos, como Henry Thoreau, autor de Walden e inspirador de la desobediencia civil (junto al francés La Boetie), hoy en día adorado por anarquistas y uno de los santos patrones del ciberspacio;o como Ambrose Bierce, autor del Diccionario del Diablo, una obra superior en mi opinión al Diccionario de filosofía de Voltaire y el Diccionario de lugares comunes de Flaubert.

Pondré algún ejemplo del diccionario de Bierce (para los lectores poco dados a captar lo irónico, conviene recordar que es el diccionario del diablo):

Abdicación, s. Acto mediante el cual un soberano demuestra percibir la alta temperatura del trono.

 

Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.

Y éste que le gustará a mi querido amigo Java Jenner:

Paraíso, s. Lugar donde los malvados cesan de perturbarnos hablando de sus asuntos personales, y los buenos escuchan con atención mientras exponemos los nuestros.

Otros norteamericanos del siglo XIX e inicios del XX: Edgar Allan Poe, Herman Melville (autor de Moby Dick y Bartleby), Mark Twain… Podría seguir y no parar, porque los Estados Unidos en el siglo XIX y en el XX han dado a la cultura mundial un verdadero diluvio de delicias, no sólo MacDonalds y Bushes.

Volviendo a Whitman, lo cierto es que su personalidad resulta asombrosa incluso para los estándares actuales. Creo que si hay alguien con el que se le puede comparar es con Aristipo el cirenaico, o tal vez con Francisco de Asís, el gran amador. Whitman amaba con tanta pasión todo, que no tuvo más remedio que escribir el Canto a mí mismo, que es quizá la más elocuente demostración de que el amor al universo y el amor a uno mismo no se contradicen, sino todo lo contrario.

Un amigo de Walt Whitman llamado Bucke lo recordaba así:

“Su distracción preferida parece que era pasear y dar vueltas solo, contemplando la hierba, los árboles, las flores, las perspectivas de luz, los aspectos cambiantes del cielo, escuchar los pájaros, los grillos y los cientos de sonidos naturales; era evidente que estas cosas le proporcionaban un placer mayor que a la gente corriente. Hasta que le conocí no se me había ocurrido que se pudiera obtener tanta felicidad de esas cosas, tal y como él la poseía. Le gustaban mucho las flores -silvestres o cultivadas-, le gustaban todas; creo que admiraba las lilas y los girasoles tanto como las rosas. Tal vez no haya habido hombre alguno al que le agradaran tantas cosas y le desagradasen tan pocas como a Walt Whitman. Todos los objetos naturales poseían para él algún encanto; todo cuanto veía y sentía le complacía; parecía y pienso que era verdad que le gustasen todos los hombres, mujeres y niños que veía (aunque nunca le oí decir que le gustase alguno), pero cuantos le conocían se sentían amados y amaban a su vez a los demás. Jamás discutía ni se peleaba, y nunca hablaba de dinero. Siempre justificaba, unas veces en serio y otras en broma, a quienes hablaban de él duramente en sus escritos, y pensé a menudo que incluso gozaba con la oposición de sus enemigos.”

Un temperamento como este es el de un santo, un santo pagano y ateo, que ama al mundo con la misma intensidad que Francisco de Asís, pero sin ver a Dios detrás de todas esas cosas que ama.

Walt Whitman

Se puede sospechar, y a menudo se hace, algunas veces con razón, si detrás de este santo pagano que es Walt Whitman, no se escondía un hipócrita, un falso, alguien que controla sus emociones y sonríe falsamente al mundo. Una duda que tal vez sea contestada en el próximo capítulo, cuando cuente lo que William James decía de Walt Whitman, pero mientras tanto, puedes leer algo de Whitman:

                    “Canto a mi mismo”

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que me atribuyo, también quiero que os lo atribuyáis,
pues cada átomo que me pertenece
también os pertenece a vosotros.

Vago e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a placer sobre la tierra,
para contemplar una brizna de hierba estival.
Mi lengua, cada molécula de mi sangre emanan
de este suelo, de este aire.
He nacido aquí, de padres cuyos padres
nacieron aquí y cuyos padres también nacieron aquí.
A los treinta y siete años de edad, en perfecta salud,
comienzo a cantar, deseando hacerlo hasta la muerte.

Que se callen los credos y las escuelas,
que retrocedan un momento,
conscientes de lo que son y sin olvidarlo nunca.
Me brindo al bien y al mal, dejo hablar a todos,
a la desenfrenada Naturaleza con su energía original.

Continuará…


Quien quiera leer el Diccionario del Diablo de Bierce, puede hacerlo en Diccionario del diablo

Página con la obra completa de Whitman (en inglés)


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