El asco como categoría moral

Aviso en 2020: Recupero aquí este artículo de 2012 al contemplar de nuevo cómo en el debate político cada vez más personas  se aficionan a usar el asco como categoría moral o política. Personas a las que les dan asco sus enemigos, que sienten asco ante este o aquel político o ante este o aquel manifestante.

Pues bien, el asco no es una categoría política ni moral y es más bien una expresión muy inquietante del momento en el que empezamos a pensar en los demás no como si fueran personas con ideas diferentes sino como si se tratara de bichos repugnantes. No solo es un pensamiento simplista, sino que está detrás de la justificación de los peores crímenes, desde la tortura al exterminio. Cualquiera puede sentir una reacción instintiva de asco hacia alguien, pero, si así sucede, lo mejor es que se la guarde y que no la difunda, que no presuma de ella, creyendo que esa emoción o sentimiento le hace moral o políticamente superior, porque en realidad le convierte en lo contrario. Es un sentimiento mezquino y peligroso, a veces inevitable (supongo) pero no es, desde luego, algo de lo que presumir o que difundir.

 

EL ASCO COMO CATEGORÍA MORAL

Blackburn-ruling pasions

El filósofo británico Simon Blackburn analiza en Ruling Pasions de qué manera una cuestión de gusto, como lo es el asco, se convierte fácilmente en una categoría moral e ideológica.

Así, por ejemplo, un enólogo puede sentir un cierto desprecio hacia quienes no son capaces de apreciar la diferencia entre un vino delicioso y un vino vulgar. Pero ese enólogo puede ir más allá de ese cierto desprecio y llegar a considerar que no se trata sólo de una cuestión de gusto, sino también de una deficiencia personal, como si esa persona que no sabe apreciar el buen vino estuviera incompleta que sufriera una cierta deficiencia que va más allá del conocimiento acerca de lo que es un buen vino.

Luis García Severiano, enólogo

Tribulat Bonhomet y El asesino de cisnes

Del mismo modo, cuando en las calles de París se enfrentaban a puñetazos los wagnerianos y los antiwagnerianos, como muestra Villiers de l’Isle Adam en El asesino de cisnes, no se trataba sólo de dirimir cuestiones puramente musicales, sino también ideológicas y morales. Odiar o amar a Wagner significaba muchas más cosas más allá de lo meramente musical, algo que podría estar más o menos justificado hoy en día, por la actitud de los herederos de Wagner y por el uso que se hizo de su música durante el nazismo, pero que en el París del siglo XIX no tenía ningún sentido.

En la música, en la pintura, en la gastronomía, en el cine y en muchos otros terrenos es frecuente añadir a las cuestiones de gusto otras connotaciones que conectan de manera arbitraria el sentimiento de asco con la opinión política, como ya expliqué al examinar el caso de los votantes de Bush y Kerry (La razón de la emoción).

El tema es complejo e interesante, pero pondré solo un ejemplo sencillo.

 

El asco de los privilegiados

Las clases privilegiadas de la sociedad han sentido casi siempre algo casi muy semejante al asco cuando se relacionaban con los pobres, o simplemente con los trabajadores. Los aristócratas sentían asco al relacionarse con burgueses; los gentiles al tratar con los judíos, los payos al relacionarse con los gitanos. No se trata tan sólo de opiniones acerca de personas diferentes, sino de un rechazo instintivo que se acerca al disgusto que podemos sentir hacia una comida que nos da asco o hacia un lugar sucio y pringoso.

Pondré un ejemplo llamativo, inmortalizado por Edgar Morin y Jean Rouch en 1961, en su película Crónica de un verano, película que creó o al menos popularizó el género del cinema verité: no en vano su segundo título era: “Una experiencia de cinema verité”, es decir, de “cine verdad”. En el cinema verité se persigue mostrar la realidad de una manera diferente a como lo hacen otras diversas corrientes realistas: no se intenta mostrar la realidad tal cual es, como lo haría, por ejemplo una cámara oculta, sino que  en todo momento se muestra de manera evidente la presencia de la cámara. Los protagonistas saben que están siendo grabados, por lo que sus reacciones nunca serán  por completo espontáneas. Sin embargo, esas reacciones son también una realidad: la de personas que saben que están siendo grabadas. El lector ya habrá caído en la cuenta de que la actualización del cinema verité son programas televisivos como Gran Hermano o Supervivientes.

Edgar Morin y Jean Rouch

Edgar Morin y Jean Rouch

En este fragmento de Crónica de un verano asistimos a una conversación más espontánea (menos consciente de la presencia de la cámara) que otras de la película. Las personas que participan se disponen a hablar acerca de la situación política en África, pero antes de comenzar, a los postres de una comida, mantienen una charla distendida y olvidan por un momento que allí está la cámara. La protagonista de este fragmento es una mujer francesa, que no es aristócrata, sino burguesa, que no es conservadora, sino muy progresista, y que no es racista… o al menos eso asegura ella.

El vídeo está en francés, con subtítulos en inglés.

Es evidente que esta mujer que no siente atracción sexual y que tampoco se casaría con un negro no se consideraba a sí misma racista, y es probable que tampoco admitiera que se calificara como “asco” lo que sentía al pensar en tener relaciones sexuales con un negro. Sin embargo, vista hoy en día la escena, se me ocurren pocas maneras de describir su actitud que no incluyan palabras como “racismo” o “asco”.

La anterior es una primera aproximación a un asunto que me interesa: la manera en la que interiorizamos nuestro rechazo hacia aquello con lo que no estamos familiarizados o que nos disgusta desde el punto de vista ideológico, político o social, rechazo que expresamos en forma de reacciones viscerales como el asco o el miedo. Y por otra parte, la facilidad para asociar esas reacciones viscerales con opiniones que creemos objetivas y desprejuiciadas.(2012)
 


[Publicado por primera vez en Divertinajes el 17 de octubre de 2012]

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