El dios de los tigres

Perkins Gilman y lo humano /2

En Ovejas y tigres, me preguntaba junto a Charlotte Perkins Gilman: ¿hay algo que caracterice a los hombres y a las mujeres en tanto que humanos, del mismo modo que se puede decir que existe algo que caracteriza a las ovejas en tanto que ovejas, y no en tanto que ovejas machos y ovejas hembras?

No sé si se entiende bien la pregunta.

Como hemos visto, las ovejas no deciden por sí mismas (ya sean machos o hembras) a excepción de la que va delante del grupo. Esa es una característica “ovejil”: seguir al líder, o si se prefiere, a la oveja sabia. Sin embargo, en los tigres no observamos ese comportamiento, sino más bien el contrario: cada tigre suele ir solo y pocas veces o nunca forma grupos, como sí hacen, por ejemplo, no solo las ovejas, sino también los leones. Esa es una característica “tigril”.

Pero tanto las ovejas hembras como las tigras (¿o tigresas?) tienen instintos maternales. Esa parece ser una característica generalizada de los individuos femeninos, sea cual sea la especie a la que pertenecen. Una característica que comparten las ovejas y las tigras, a pesar de que difieren en otros aspectos (suponemos que la agresividad de la que carecen las ovejas no la comparten las tigras, que tengo entendido son tan agresibvas como los machos).

Entre los seres humanos, parecen darse también esas características de agresividad masculina e instinto maternal femenino (obviamente por instinto “maternal” me refiero al cuidado de los hijos), pero, más allá de esa coincidencia (que luego también se discutirá), los humanos ¿nos parecemos más a las ovejas o a los tigres?.

Esa es una pregunta que me interesa mucho y he dado ya algunos ejemplos de ese interés en muchos de los cuadernos digitales de Diletante .

Hay quien sostiene que la agresividad e incluso la crueldad humana es necesaria porque es una consecuencia de nuestro libre albedrío (ese sería el punto de vista religioso) o para la supervivencia de la especie (ese sería un punto de vista biológico).

Tal vez sea cierto, pero entonces podemos preguntarnos si es necesaria tanta agresividad y si no podríamos tener libre albedrío o sobrevivir sin necesidad de parecernos tanto a los tigres y, al mismo tiempo, sin tener que comportarnos como ovejas obedientes y sumisas.

¿No podía Dios, o bien la naturaleza en su curso evolutivo, haber elegido un modelo intermedio entre las ovejas y los tigres? Por ejemplo, los elefantes, que comen hierba y que, según tengo entendido, no son especialmente agresivos, que colaboran entre ellos y con otras especies y que además parecen poseer una inteligencia bastante notable. O mejor todavía, podía habernos creado a semejanza de los extraordinarios delfines. Y sin embargo, somos como los tigres. Como ese tigre que describe William Blake:

¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sus lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Es asombroso que una misma mano, la de Dios o la de la naturaleza, haya creado al cordero y al tigre y que también creara al ser humano a semejanza del tigre pero con un poder y una agresividad mucho mayores: los humanos somos tigres para los propios tigres.

Continuará…


[Publicado el 6 de febrero de 2004. Revisado en 2017 y 2018]

[El poema completo de Blake en El tigre de Blake]

Charlotte Perkins Gilman


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