El futuro en el presente: retroproyección futura

Hace muchos años aplicaba, y todavía lo hago en ciertas situaciones, un método que es muy semejante a la prognóstica aplicada, esa ciencia que se ocupa de la predicción del futuro. Mi método también tiene similitudes con el análisis premortem y con los obituarios del marketing, como el de Coca-Cola.

Es algo que podríamos llamar “retroproyección futura” y que se podría definir como recordar el futuro desde el presente.

El método consiste en situarse en un hipotético futuro e imaginar cómo se recordará el presente que estamos viviendo, qué pensaremos entonces acerca de las líneas de acción que estamos llevando a cabo ahora, de las decisiones que estamos tomando en este momento.

En definitiva, cuando me encuentro en una situación que me hace difícil encontrar soluciones, inicio un ejercicio de prognóstica o proyección futura y me digo a mí mismo: “Cuando transcurran unos cuantos años y piense en este momento y en estos problemas, ¿a qué conclusiones llegaré?”. Me dedico a imaginar, en definitiva, a mi yo del futuro reflexionando acerca de los errores del yo del presente y expreso las conclusiones de ese yo futuro, por ejemplo, de esta manera: “Entonces no me daba cuenta de que no era tan difícil dejar el trabajo y cambiar de profesión”, o cualquier otro planteamiento semejante.

La razón de que aplicase este curioso método es que ya había observado que tenemos las cosas bastante claras cuando examinamos desde el presente el pasado, no solo por la razón obvia de que ahora disponemos de más información que entonces y sabemos cómo acabó todo, sino también porque podemos juzgar desde cierta distancia, con otra perspectiva y, en especial con menos implicación emocional. Eso nos permite examinar con serenidad y mayor objetividad una situación pasada. La conclusión suele ser que casi siempre existían otras posibilidades o líneas de acción que no supimos, no quisimos o no pudimos ver entonces.

En la película “Looper” se emplea un método semejante a la retroproyección futura

Probablemente también llegué a este método aplicando un razonamiento inductivo que me ha servido en muchas ocasiones para desdramatizar las situaciones:

“Ahora que estás desesperado, deprimido o angustiado recuerda todas las veces que has estado en una estado anímico semejante o en situaciones igual de preocupantes… ¿cuántas de esas situaciones tuvieron consecuencias irreparables?”.

La respuesta a esta pregunta suele ser: “Pocas o ninguna”. Casi nunca pasa nada terrible o irreparable. Es cierto que a veces hemos tomado decisiones que son irreversibles, como una ruptura amorosa definitiva, pero, incluso en estos casos, con el paso del tiempo llegamos a considerar que sucedió algo inevitable, o al menos que podemos seguir viviendo a pesar de ello.

Es verdad que en algunas ocasiones no nos hemos recuperado nunca del todo y que el dolor todavía nos afecta en ciertos momentos, pero, si somos sinceros, esos casos son muy pocos, tal vez dos o tres, quizá cinco o siete. Sin embargo, lo más probable es que hayamos estado deprimidos decenas o cientos de veces. El porcentaje de consecuencias verdaderamente dramáticas suele ser mucho más pequeño de lo que creemos de manera intuitiva.

Este método inductivo, semejante al que consiste en pensar que si algo sucede a menudo lo más probable es que siga sucediendo (por ejemplo, que el sol saldrá mañana como ha salido durante miles de días de nuestra vida), nos hace concluir que los problemas que ahora nos angustian se acabarán resolviendo de alguna manera y que existe una muy pequeña probabilidad de que no se resuelvan: el sol seguirá saliendo durante miles de días, aunque es cierto que algún día no saldrá, al menos para nosotros y para quienes habiten en el planeta Tierra cuando el Sol colapse.


 
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