El hombre que no fue

 

Daniel--Círculo-2

En Madrid, no mucho después de escribir El hombre que no fue

Escribí este cuento en 1982.

Tal vez en Barcelona.

Quizá en Madrid.

Con el tiempo descubrí que era en cierto modo un autorretrato, pero eso tampoco es seguro.

Perdí el manuscrito original hace mucho tiempo y en la copia que conservé faltaba una página. Eso me ha hecho fabular con la idea de que en esas líneas perdidas podía contenerse alguna revelación ya olvidada, alguna frase inolvidable.

Sé que dejé una copia completa en casa de una persona, y sé quién es esa persona. Hace tantos años que no la veo, que no puedo saber si habrá tirado a la basura mi colección de cuentos. Es lo más probable. Esa persona murió hace unos días (2017).

Así que al cuento le falta una página. Ni siquiera sé cual.


 

EL HOMBRE QUE NO FUE

Elson era un hombre cambiante, camaleónico, le gustaba adentrarse en ambientes desconocidos, descubrir ideas innovadoras, entablar relaciones con las gentes más dispares.

Cuando la última moda se imponía, él ya la había dejado atrás; insaciable, ambicioso en sus afectos, absorbía las personalidades más diversas de entre los que le rodeaban.

Aparentemente.

Su actitud era, en efecto, idéntica en cada circunstancia. Estaba allí donde algo nuevo sucedía, pero siempre asumía un papel pasivo, aceptando todo lo que le ofrecían, aunque sin llegar nunca a empaparse de los conceptos ajenos (no hace falta decir que no poseía conceptos propios).

Viajó junto a jóvenes de cabellos largos y vestiduras multicolores, la postpsicodelia aún no muerta dos décadas después; escuchó atentamente las conversaciones de sesudos intelectuales poco dados a utilizar la inteligencia; caminó por calles oscuras rodeado de seres violentos e infinitamente desvalidos; comprendió durante apenas unos instantes las locas elucubraciones y desvaríos de fanáticos poetas mal vestidos; contempló las interminables borracheras de artistas solitarios en los clubs del momento; habló, incluso, con personas sensatas que intentaron hacerle comprender el porqué de sus actitudes; descubrió la extrema sencillez de los vagabundos de la ciudad; no durmió noches enteras siguiendo fielmente a los noctámbulos de ocasión…

Pongamos puntos suspensivos. Mas adelante continuaremos la relación de seres, entes, mujeres, hombres y espectros que conoció Elson.

Antes hemos de mencionar un detalle que para algunos lectores puede resultar bastante revelador: Elson no tenía familia conocida, nadie sabía si tenía una casa a la que ir y nunca tuvo dinero.

Esto último me hace pensar (modestamente desde la distancia) que quizá Elson nunca existió: podría haber sido tan sólo otro Enoch Soames de cuya figura ficticia yo he sido el único destinatario. Mi teoría se apoya en el hecho de que Elson entraba libremente en cualquier lugar, sin que nadie, porteros, recepcionistas, anfitriones, reparará en él. Pero prosigamos.

Entre las actividades de nuestro personaje, el amor (o el sexo) ocupaba un lugar de preferencia. Cuentan que pasó noches y días junto a mujeres de bello cuerpo y pérfido rostro (quizá el cronista era algo misógino), que gozó de los placeres importados de Oriente por los ejecutivos de Occidente, y que no hacía distinción entre sus partenaires en cuanto edad, estado social, sexo o identidad.

Todas las personas que conocieron a Elson coinciden en lo mediocre de su personalidad. Quizás inducido por esta opinión, o tal vez convencido de que, en efecto, nunca existió, me he impuesto escribir un relato breve y conciso, esclarecedor pero no apologético, sincero y por tanto intranscendente, sin juicios morales y sin conclusiones eruditas. Recrear sin más, en estas líneas, la figura de un hombre al que conocí (creo, pero no diré de qué modo) y al que me veo en la obligación de rendir un modesto homenaje.

Podría detenerme unos instantes y reflexionar largamente acerca de todo lo que Elson descubrió, contempló y vivió; detallar los cientos de ambientes en los que se desenvolvió su existencia y los infinitos caracteres de aquellos con los que se relacionó. Pero no es esa mi intención.

Proseguiré, pues, con la descripción, leve y sin entrar en superfluas profundizaciones, de los tipos, modos y maneras exhibidos por los diversos especímenes humanos que atrajeron la atención de Elson. Si el lector conoce alguno no citado, puede añadirlo libremente al texto (sé que no soy el primero que propone tal cosa).

Conoció Elson a atletas y a forofos de la cultura física; a deportistas célebres y a gimnastas de salón; a políticos triunfadores y a eternos perdedores; a seres mudables, en ocasiones mutantes, de reacciones lógicas y carentes de sentimientos humanos; a mujeres dominantes y a mujeres dominadas; a psicólogos de las mil ramas del florecido árbol mental; a jovencitos y a jovencitas de ardientes pasiones, aún carentes de prejuicios bobos; a excelentes compositores y a músicos callejeros; a vendedores ambulantes y a flamantes ejecutivos de grandes empresas y monopolios; a sectarios de Krishna y a adoradores de Cristo y Buda; a megalómanos y a barítonos; a filósofos y a dictadores, a escritores y a bohemios, a drogadictos y a pastores, a aspirantes al suicidio y a risueños muñecos; a entes informes y a seres uniformes, a conversadores terribles y a modestos, sencillos y solitarios integrados; a chulos y a putas, a proxenetas y a hetairas, a esclarecidos y a confundidos, a hijos de sus padres y padres de sus nietos, a taxistas y a camioneros, a esteticistas y a etiquetistas, a deístas y a dadaístas, a príncipes y a barrenderos, a exploradores de pelo cano y a aventureros de andar por casa sentados en su silla eterna; a dignos y a consentidos, a revanchistas y a sometidos, a científicos y a niños de playa y monte, a embrutecidos y a refinados; a dandis y a monaguillos, a entendidos y a desatendidos, a pardillos del campo y a ratas de la ciudad, a pintorescos aparecidos y a modelistas de renombre, a políticos con sabañones y a cineastas polifacéticos, a maniquíes de cuero y chapa y a totalistas de franela y algodón, a nostálgicos y a futuristas, a intelectuales y a tangenciales, a naturalistas y a vegetativos, a libertarios y a secretarios, a marxistas insustanciales y a cristianos arrepentidos, a miopes y a sordomudos, a retrógados y a atragantados, a jóvenes prematuros y a viejos reciclados… ¿Demasiado extenso? Desde luego, pero resultaba necesario antes de dar por terminado el relato. Queda por describir una personalidad-ente-forma-figura que no aparece en el catálogo, pero que todos conocemos o intuimos: Elson.

Sin embargo, es poco lo que se puede decir de Elson, excepto que durante años había vivido las existencias de otros hombres y mujeres, olvidando su propia identidad, hasta que llegó un momento en el que sintió que todo a su alrededor se repetía. En cada nuevo gesto adivinaba el reflejo de otro gesto, en cada rostro descubría las huellas de otros rostros. Nada era distinto, tan sólo él había cambiado.

Es comprensible que la certeza que tenía Elson de que ya lo conocía todo fuese lo que le hizo volverse hacia sí mismo, hacia aquel hombre del espejo. De esta, su última aventura, su viaje final, nada podemos saber. El mundo de Elson comenzaba a construirse y, tal vez por ello, Elson debía desaparecer de la vida de los hombres. Tal vez entró en el universo de los espejos y se halló, por fin, frente a sí mismo.

Poco más puedo añadir, sólo sé que Elson no fue visto nunca más en aquella ciudad ni en ninguna otra. Desapareció para siempre el tenue recuerdo de su persona y de lo que había sido (si es que existió alguna vez).

La vida no se detuvo y el mundo continuó su eterno girar en torno al sol, las estrellas no interrumpieron su curso y las galaxias permanecieron estables en su ciclo inacabable.

Sin Elson.





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Nota en 2016

He recuperado este cuento en 2016 porque, por alguna razón, me parece que lo escribí bajo el influjo y la inspiración de David Bowie, que ha muerto hoy.

Nota en 2017
La persona que tenía el original de este cuento murió hace unos días. Supongo que ya no podré recuperarlo nunca.

 

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