El instante inevitable

 

Escribí este cuento y otros seis más durante un verano de calor insoportable. El piso en el que vivíamos Catherine y yo, en la calle Covarrubias 29 de Madrid, era el último y el calor no disminuía ni siquiera durante la noche, por lo que me pasaba las horas caminando desnudo por la casa o tumbándome en el suelo para contagiarme del frío de las baldosas. No teníamos ningún aparato capaz de refrigerar la casa, o tal vez tan solo un pequeño ventilador de aspas.

Cathy viajaba por el mundo y yo me quedaba de tanto en tanto solo en la casa varios días, durante los que escribía estos cuentos, uno o incluso dos cada noche, en el intervalo de un mes y dos días. En el momento de comenzar a escribir, abandonaba mi desnudez, aunque pasara más calor, ya que nunca he podido escribir sin vestirme para la ocasión.

De este cuento, lo que recuerdo con más agrado es que era el favorito de mi padrino, José Luis Velasco (junto a otro que escribí mucho antes llamado Tocuentracon). Años después hice una edición personal de los siete cuentos, que llamé Estación término y otros cuentos solitarios. Imprimí un ejemplar en 1998 y otro en 1999, que todavía conservo.

La fotografía fue tomada en la calle Covarrubias, creo que un tiempo después de escribir los cuentos. La camisa blanca y la corbata en este caso no se deben a que me dispusiera a escribir un cuento, sino a que estaba ensayando para interpretar a Frank Sinatra en un espectáculo musical que tuvo lugar en la sala Rockola de Madrid. Yo cantaba “My Way”, pero a mitad de la canción me echaban del escenario los Sex Pistols.

 



EL INSTANTE INEVITABLE

Existen sucesos que escapan a toda comprensión. Sus interpretes actúan sólo una vez y no dejan tras de sí más que incógnitas. Son seres sacados de la nada, nacidos para una única representación, aquella que jamás se repetirá.

Esta es, quizá, la breve historia, el retrato lejano (y por ello tal vez verdadero) de una de esos hombres, de uno de aquellos sucesos.

Viejos acordes se repetían en su cabeza, sin duda recordándole algo que nosotros sólo podemos intuir. Movió un pie y luego otro, siguiendo el ritmo. Era un acto premeditado, intento continuo de contagiarse, convertirse, quedar asimilado a aquella música. Ser sólo una parte dentro del espectáculo. Es, evidente que presentía que en aquel juego le iba la vida.

“Todo es para todos, pero no para mí”, decía la vieja canción, que aún se repetía en su cerebro, por encima de otras músicas sucesivas. “No para mí”, y el piano, tras la voz, creaba una melodía torpe, y al mismo tiempo extrañamente diáfana.

Sus pies eran ligeros, parecían moverse a un palmo de la pista encerada, al menos eso dicen muchos, pero quizá son sólo detalles añadidos a la mitología de aquel hombre. Sabemos realmente tan poco de él, que cualquier detalle, aunque falso, nos sirve.

Muchas mujeres aseguran haber bailado con él aquella noche. Los hombres, satisfechos de contrariarlas, dicen que odiaba a todos los habitantes del sexo femenino. Que bebió mucho, podemos asegurarlo, pues el barman llevaba escrupulosamente la cuenta de todo la consumido por sus clientes. Vestía un traje cruzado y zapatos de charol negro.

También dicen que vino del este, de algún lugar muy lejano más allá del mar, pero para muchas personas cualquier lugar es muy lejano. Ellos se defienden: lo descubrieron en sus ojos, en aquella mirada húmeda que recordaba la sal del agua marina.

¿Con qué intención llegó a aquel lugar?, ¿guardaba su mente secretos que no nos es dado conocer? Parecía vivir sólo para el alcohol y la música: durante toda la velada no prestó atención a otra cosa, quizá sabiendo que en ello le iba la vida.

Tal vez fue todo un acto premeditado, escogido entre mil más, decidido de antemano, sin margen para lo casual. Aquella noche, aquel lugar y aquel hombre, todo dispuesto para un único final, un último instante robado al tiempo, de música, palabras y borrachera.

Las mujeres más bellas creen que siempre fue un desgraciado, un frustrado por un qué-sé-yo, las demás aún conservan su recuerdo, ennoblecido por el transcurso inevitable de los años. Ellas lo tienen por hombre de mundo, viajero y habitante de palacios y tugurios. Los hombres lo envidian o lo desprecian, unos por su sonrisa de caracortada, otros por la mágica manera de mover sus pies, pero casi todos tan sólo desearían encajar una copa tras otra como lo hizo él aquella noche, El barman no le guarda reproche alguno: pagó todos sus vicios y no provocó alboroto mientras estuvo dentro del local.

¿Quién era?

Un día bajó al puerto, sus pasos sonaron en la noche, entró en un bar, bebió todo cuanto quiso, bailó a un palmo del suelo y sonrió a las mujeres. Después se fue.

Y al salir de la taberna, nada más cruzar la puerta, tres balas certeras lo mataron.


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