EL JUEGO DE LA AMBIGÜEDAD INTERNA, de Daniel Tubau

En el juego de la ambigüedad, las frases que se proponen son equívocas para el que las lee o las escucha, pero no para el que las dice o las escribe. Tomemos la frase:

  • “Hildegard quiere casarse con un culturista”

Esa frase es ambigua porque quien la lee no sabe si Hildegard quiere casarse un culturista en particular, digamos Arnold Schwarzenegger, o con cualquier culturista que se le ponga a tiro.

El famoso juego del rostro con dos lados izquierdos o dos lados derechos.

Sin embargo, aunque al lector la frase le resulte ambigua, nosotros, quienes hablamos de Hildegard, sí que sabemos si busca a un culturista o si ya tiene uno.

Es decir, si se tratara de una frase empleada en una conversación, y no tan sólo de frases hipotéticas que describen situaciones imaginarias, entonces quien las dice comete una ambigüedad, pero no por ello esa ambigüedad le afecta a él: él sabe cuál es la interpretación correcta de la frase.

La pregunta es: ¿podemos imaginar frases, ideas o temas en los que nosotros mismos, los que las usamos no sepamos su significado?

Parece imposible, o casi.

La verdad es que no estoy seguro de qué es lo que busco exactamente, aunque tengo la sensación de que si encontrase un ejemplo lo reconocería al instante.

Mientras tanto, mientras surge ese ejemplo mágico (si a alguien se le ocurre, que lo escriba en un comentario), el lector puede seguir jugando al juego de la ambiguedad de Chomsky y Pinker.

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[Publicado por primera vez el 6 de marzo de 2004 en Cibernia/Memex]

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