El legado de Europa

Hace poco (escribío esto en 2004) se ha publicado un libro de Stefan Zweig llamado El legado de Europa. Se trata de una colección de artículos que escribió en los últimos años de su vida, algunos poco antes de suicidarse. Uno de los textos más emocionantes es el que dedica a su viejo amigo Montaigne, a quien ya dedicó una deliciosa biografía.

Zweig recuerda en estos textos últimos la Europa en la que creció, la del Imperio Austrohúngaro. Y lo curioso es que, aunque pueda parecer sorprendente a primera vista, la recuerda con nostalgia.

Porque lo cierto es que el imperio del viejo emperador Francisco José era un paraíso comparado con lo que vino después: el comunismo, el fascismo, el franquismo y el nazismo (por orden de aparición). Pero entonces, cuando Stefan Zweig era joven, se consideraba que aquél mundo austrohúngaro era un vestigio del pasado, una decadencia blanda del esplendor perdido, que debía ser sustituida por las nuevas ideas. Y en efecto, aquel mundo decadente fue sustituido por algo nuevo, por el infierno.

Eso es lo que sostenía también un coetáneo de Zweig, Joseph Roth, en los artículos escritos desde el exilio, un exilio casi coincidente en el tiempo y las circunstancias con el de Zweig. Los artículos  a los que me refiero se reúnen en español en otro libro de la editorial Acantilado, La filial del infierno en la Tierra. 

Roth era también austrohúngaro, pero monárquico declarado (Zweig era más bien socialista y republicano), no porque creyera en el derecho divino de los reyes, sino porque pensaba que la figura de un rey era lo más conveniente para mantener una sociedad tan diversa como la austrohúngara unida. Esa sucursal del infierno en la tierra a la que se refiere el libro era el régimen nazi, que acabó, aunque a distancia, con las vidas de Roth y de Zweig. Roth murió en París, borracho y destrozado, mientras que Zweig se suicidó en Brasilia junto a su esposa, cuando Europa entera era ya una sucursal del infierno y no parecía quedar ninguna esperanza de regresar a aquella dulce decadencia.

Roth detectó el mal mucho antes que otros y en todas sus formas, a pesar de que, en su momento, se ganó muchas críticas debido a que ponía en el mismo platillo de la balanza a nazis y a comunistas:

“En igual medida en que estoy contra Hitler, estoy contra Stalin. hay poca diferencia entre el comunismo y el nacionalsocialismo; en el fondo son tan parecidos que se les confunde. Lenin es, por así decirlo, el abuelo; Mussolini el padre y Hitler el hijo de un único y mismo sistema. Este sistema es en el fondo impío”.

Todavía hoy en día muchas personas creen que el fascismo surgió por generación espontánea, sin saber que es hijo directo del comunismo de Lenin. El propio Mussolini dudó si hacerse comunista, tras su paso por el socialismo, mientras que Hitler también admiraba los métodos comunistas, aunque odiase de manera visceral a los comunistas. Stalin, sin embargo, parece que admiraba a Hitler y que nunca entendió porque su aliado rompió el pacto que les permitió repartirse Europa.

Los tres sistemas (comunismo, fascismo y nazismo) defendían el uso de la violencia con fines políticos y la eliminación física del adversario; los tres se hicieron con el poder absoluto dirigidos por una minoría y mediante un golpe o autogolpe de Estado. Aplicaban ideas semejantes a las del Che Guevara, al que tantos todavía admiran, quien dirigió los fusilamientos de la Cabaña y que decía: “Las reglas del juego son una tontería: lo que importa es la voluntad y la fuerza”. Casi las mismas palabras que repetía una y otra vez Mussolini en sus discursos y que también repetiría Mao Zedong: “El poder nace de la punta del fusil”.

Traigo aquí estos temas porque El legado de Europa, de Zweig, y La filial del Infierno en la tierra, de Roth, fueron una señal de alerta que nadie escuchó en su momento y porque creo que nadie parece darse cuenta de que la Europa actual, la llamada Europa de los 25 y algunos países más (por ejemplo Japón), es lo mejor que le ha sucedido a Europa y al mundo a lo largo de toda la historia, aunque casi nadie parece sentirse contento por ello. Un mundo donde no hay pena de muerte, donde hombres y mujeres son iguales o van camino de serlo (y ya lo son desde el punto de vista legal), donde se respetan cada vez más los derechos de los animales, donde cada uno puede hablar en la lengua que uno quiera hablar, donde existe la seguridad social, donde los homosexuales no tienen que esconderse y donde pronto tendrán los mismos derechos que los heterosexuales. Un lugar en el que no hay guerra desde hace 50 años, que es algo que era impensable incluso en la época del decadente imperio austrohúngaro (no olvidemos que la reciente guerra de Yugoslavia tuvo lugar en lo que había sido una dictadura comunista).

Por mi parte, no consigo entender por qué la gente está desencantada. La mayoría de las personas habla como si esto fuera el infierno, como si solo tuviésemos delante una Europa corrupta y podrida, sin advertir lo que se ha conseguido en las últimas décadas y que, espero, no volvamos a perder, para abrir, de nuevo, una verdadera sucursal del infierno en la tierra.

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EPÍLOGO EN 2016
Ahora que la sucursal  parece un poco más cercana, doce años después de que escribiera este artículo, se da la paradoja de que muchos de aquellos que ya entonces estaban desencantados, hablan de esa época, la anterior a la crisis económica y política de la Unión Europea, como de un gran momento perdido, olvidando que entonces sólo mostraron desprecio. Y siguen socavando el cada vez más tambaleante proyecto europeo, intentando derribarlo de una vez por todas, unidos a las fuerzas más reaccionarias, a los fascistas y a los diversos movimientos nacionalistas, en una repetición casi perfecta de lo que sucedió en aquella Europa de entreguerras que conocieron Zweig y Roth.

NUEVO EPÍLOGO EN 2016

Apenas hace dos días que Gran Bretaña ha decidido abandonar la Unión Europea. Todo se parece cada vez más a lo que contaba Zweig hace un siglo. Los populismos y los nacionalismos han regresado y quizá vuelvan a echar abajo de nuevo uno de los mejores proyectos europeos y mundiales, con todos sus defectos, inevitables cuando 28 o 27 países tienen que ponerse de acuerdo y mantener contentos a sus ciudadanos egoístas y a sus demagogos; un proyecto que nos ha dado quizá las mejores cosas que se han conocido en la historia del mundo y que quizá dentro de un tiempo acabemos recordando con nostalgia. Pero ahora la consigna es destruir por destruir.


Publicado por primera vez el 7 de julio de 2004, en Diario secreto


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