El libro múltiple y sus hiperlectores

En las últimas décadas no se ha producido una mutación genética en la especie humana, así que el lector de esta página quizá se preguntará por qué antes sólo había lectores y ahora hay hiperlectores. La respuesta es que antes no había hipertextos, sino textos.

Sí, es cierto que no es del todo cierto lo que acabo de decir, porque ya conté en otra página de esta Biblioteca ideal (Jorge Luis Borges, santo patrón del hiperenlace), que existen precursores del hipertexto, desde el Diccionario histórico-crítico de Bayle a Rayuela o 62/modelo para armar de Cortázar, aunque su apariencia sea la de textos lineales, es decir libros a la antigua usanza.

Lo anterior nos lleva a una nueva pregunta: ¿qué es lo que ha hecho posible que haya hipertextos?  Los lectores fieles ya saben que la respuesta se encuentra en otro lugar de esta biblioteca, (El Talmud y otros libros que contienen todos los libros), y que esa respuesta es la palabra ‘hiperenlace ’.

¿Y qué es el hiperenlace? La respuesta ahora no puede ser más sencilla: el hiperenlace es lo que acaba de usar el lector para  llegar a esta página en la que le hablo de los hiperlectores.

Pero, si nos limitamos a la narrativa en sí, ¿qué diferencia existe entre un  lector y un hiperlector o entre un texto y un hipertexto?  Una manera de intentar entender esa diferencia puede ser recordar las teorías del filósofo alemán Leibniz acerca de las mónadas, por ejemplo en su Monadologie.

Leibniz pensaba que cada uno de nosotros poseemos un alma creada por Dios, aunque en vez de hablar de almas prefería la palabra “mónadas”. El lector no debe inquietarse si no acaba de entender a qué se refiere exactamente Leibniz con mónadas y cuál es la diferencia exacta ente alma, átomo, materia, esencia o sustancia, porque con ciertas ideas filosóficas hay que aplicar lo mismo que dijo Richard Feynman de la física cuántica: “Si lo entiendes es que no lo has entendido”.

Lo importante es que Leibniz opinaba que cada mónada, cada “yo” personal (tú,  por ejemplo), percibe el universo desde un punto de vista diferente; esa visión, esa perspectiva única e intransferible es lo que nos hace diferentes, lo que define nuestra identidad. El universo según Leibniz es el conjunto de todos y cada uno de los puntos de vista, de todas las relaciones entre las diferentes percepciones de las mónadas. Ahora bien, Dios no posee un único punto de vista como nosotros, sino que también percibe todo el conjunto de mónadas y sus relaciones. Esa es la diferencia entre nosotros y Dios. Nosotros tenemos un punto de vista y no vemos la totalidad, pero Dios sí la ve.

El lector tradicional, el que lee libros e historias lineales desde la primera palabra hasta la última sería como una mónada con un único punto de vista, mientras que el hiperlector sería algo así como un aprendiz de Dios.

Es un aprendiz y no Dios mismo porque el hiperlector nunca podrá ver la totalidad de las relaciones y nexos de una historia al mismo tiempo; ni siquiera podrá degustar, en cualquier hiperhistoria medianamente complicada, todas y cada una de las posibilidades que ofrece la combinatoria. Para demostrarlo, pensemos en un libro de poemas como el que publicó Raymond Queneau, 100.000 millones de poemas.

 

 Es un libro que sólo tiene diez páginas pero que contiene 100.000 millones de sonetos. Cada una de las páginas está recortada separando cada verso del poema, de tal modo que el lector puede combinar el primer verso del primer soneto con el segundo verso del quinto, el tercero del séptimo, el cuarto del noveno, creando un poema que quizá ningún otro lector ha leído, porque para leer todos los poemas haría falta disponer de mucho tiempo libre: “Es una especie de máquina para fabricar poemas, aunque en un número limitado; pero este número, aunque limitado, proporciona lectura para más de doscientos millones de años si se lee venticuatro horas al día ”.

A continuación ofrezco al lector el poema que he escrito a medias con Quenau  en una página interactiva de su libro:

 

 Es el soneto 568115, y aunque se lo atribuyan a Queneau, es obvio que él y yo lo hemos creado juntos, porque él no pudo escribir uno a uno ni leer siquiera los 100.000 millones de poemas que contiene su libro. El lector puede escribir su propio poema con Queneau en 100,000,000,000,000 Sonnets.

El ejemplo del libro de Quenau nos revela que nadie puede contemplar al mismo tiempo todas las perspectivas de las mónadas y la compleja relación de todos sus puntos de vista, cada mónada sólo contempla los nexos conectados con ella y que se extiende a lo largo de su perspectiva. La visión de todas las conexiones queda reservada a dios, al Hiperlector con mayúsculas.

Sin embargo, nosotros, en tanto que hiperlectores modestos, podemos superar las limitaciones del lector de textos lineales y percibir una parte de la inmensa red de nexos, e incluso  hacerlo desde diferentes puntos de vista. Lo diré  de otro modo: ser un hiperlector es tener la posibilidad de ocupar el lugar de otro lector y, desde ese nuevo e inesperado punto de vista, contemplar otra vez el universo, o lo que Ted Nelson, el creador del hiperenlace, llamaba el Docuverso: ese cosmos formado por todos los textos y piezas audiovisuales contenidos en la red mundial. No leer una única historia, sino muchas, y percibir de este modo un atisbo de la complejidad, de ese ‘orden implicado’, oculto bajo las apariencias inmediatas, del que hablaba David Bohm.

 

 

Aunque el lector de esta página no haya leído ninguna novela hipernarrativa, ni visto ninguna película que ofrezca diferentes finales a la carta, también es sin duda un hiperlector y ha disfrutado de la narración hipertextual. Es probable que lo haga todos los días, si tiene la costumbre de conectarse a Internet, o todos los días en los que acuda a su cita con la Biblioteca ideal. Porque Internet es una gigantesca hipernarrativa en la que unos enlaces nos van llevando a otros. Bienvenido, hiperlector de esta página, al punto de vista del Dios de Leibniz.

Sospecho cuál será la tercera pregunta, así que dedicaré próximos artículos a explicar qué es y cómo se inventó el moderno hiperenlace. Es una historia fascinante, como todas las relacionadas con el mundo digital.


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