El Madrid de las luces difusas de Manuel Valera y Valle Inclán
La cicatriz de Ulises /12

Hace casi un año, el 20 de diciembre de 2012 Manuel Valera y yo hicimos una doble presentación de libros en la Librería Lé. Manuel presentó Recuerdos de la era analógica y yo presenté La última maravilla de Alicia. Aunque escribí una presentación para su libro, una vez en la librería enseguida me desvié hacia asuntos no previstos, como debe suceder en una verdadera charla. Ahora he rescatado el texto preliminar y lo publico aquí, en La cicatriz de Ulises, porque tiene mucho que ver con los últimos episodios de este serial y con ese recorrer las ciudades como si fuesen novelas. He eliminado en esta versión las preguntas que tenía previstas ir haciéndole a Valera mientras avanzaba y también las partes que se desvían del tema. Como creo que conservo la grabación de aquella tarde, en algún momento la recuperaré y la iré subiendo, como es mi costumbre, en pequeños fragmentos. Aquí, pues, mantengo aquello que se relaciona bastante estrechamente con La cicatriz de Ulises, en espera de una futura revisión. Así que esto es casi una reseña de La última maravilla de Alicia y también es el capítulo 12 de La cicatriz de Ulises.

Valera-Tubau-Javi

Manuel Valera, Javier Baonza y Daniel Tubau (aunque en otra presentación)

 

Libreria Lé. 20 de diciembre de 2013

portada_alicia_evook-170x245Tengo que advertir que no voy a hacer aquí una reseña de La última maravilla de Alicia, por diversas razones. En primer lugar, porque es un arte que se me da muy mal. Hace tiempo escribí un cuento sobre un hombre que quería convertirse en el mejor crítico del mundo y, para lograrlo, pactaba con el diablo (“Jerome Perceval, el crítico voraz”). En cierto modo, yo me identificaba con ese hombre, pero no tuve la suerte o la desgracia de pactar con el diablo, así que me he quedado como lo que ya era entonces: un mal crítico. Para convertir mi carencia en virtud, rechazo el hacer reseñas con un gesto de dignidad ofendida y me limito a contar lo que los libros o las películas me sugieren, lo que me hacen descubrir, ciertos placeres que me proporcionan, ciertas ideas o estímulos que surgen durante su lectura, evitando los análisis coherentes y las conclusiones estupendas.

En este sentido, la lectura de La última maravilla de Alicia ha sido un estímulo constante, que me ha devuelto muchas cosas, que no estaban olvidadas, pero que sí permanecían en un segundo término. Intentaré traer aquí algunas de ellas.

En primer lugar, el libro de Valera me ha devuelto una ciudad entera: Madrid. Parece absurdo, ¿verdad? Madrid está aquí, a nuestro alrededor, o nosotros estamos en ella, y yo he vivido aquí durante las últimas décadas. Es cierto, pero el Madrid que he recuperado gracias a Valera es un Madrid literario que hacía mucho tiempo que no visitaba. Porque la novela transcurre en Madrid de principio a fin (aunque hay algunos jardines de cuento que quizá también están aquí al fin y al cabo). Es un Madrid de trenes y de metros, de bares, tabernas, calles y parques del Retiro que el protagonista, Isaías, recorre, casi siempre solo, a veces con un amigo y en ocasiones con Alicia (sí, la Alicia del país de las maravillas) o con el mismísimo Robert Louis Stevenson.

Las presencias anteriores nos revelan que la de Valera es la novela de un literato, o quizá deberíamos decir la novela de un lector. Porque, al igual que Borges, Valera parece sentirse tan o más orgulloso de lo que ha leído como de lo que ha escrito. Del mismo modo que en los cuentos y ensayos (y en los cuentoensayos) de Borges se mencionan una y otra vez libros y personajes, filósofos y teólogos, escritores y poetas, en este libro de Valera sucede lo mismo, pero no solo se mencionan de manera implícita o explícita todo tipo de autores, desde Stevenson a Cervantes, Dostoievsky, Proust o Valle Inclán, desde Quevedo y Baroja a Bukowski, Melville o Galdós, sino, que, como ya he dicho, alguno de ellos interviene en la acción, algo que Borges sólo se permitió en algún cuento, quizá en La memoria de Shakespeare y, por supuesto, en Borges y el otro, pero que sí han hecho otros autores; me viene ahora a la memoria Karel Capek y, por supuesto, el creador de este género, Luciano de Samosata, a no ser que ese título corresponda a Platón y ese delicioso Sócrates suyo que discute con todos los sofistas que pisaron Atenas y algunos que nunca pasaron por allí.

La presencia de esa Alicia del país de las maravillas, ya desde las primeras páginas, puede hacernos pensar que vamos a encontrarnos con una nueva aventura del personaje creado por Lewis Caroll, pero no sucede exactamente así, a no ser que pensemos en las aventuras de Alicia más como pesadillas que como sueños (tal vez haya razones para hacerlo), porque el libro de Valera se mueve entre el sueño y la pesadilla, o para ser más precisos, su protagonista, Isaías, sueña con escapar de la pesadilla. Una pesadilla que es el mundo cotidiano, o parte del mundo cotidiano, el del trabajo deshumanizado y las obligaciones alienantes. No voy a revelar aquí de qué manera le ayudan Stevenson y Alicia, ni a intentar dilucidar el tipo de existencia o estatus ontológico que tienen estos dos personajes o, ¿por qué no?, el propio Isaías. No haré todo eso, porque, si lo hiciera, esto empezará a parecerse a una reseña académica, y ya conocéis mis carencias en ese terreno.

El Viaducto de Madrid en 1942

El Viaducto de Madrid en 1942

Ahora quiero volver a lo personal, a lo que la lectura de La última maravilla de Alicia ha provocado en mí, que tal vez no sea lo mismo que provoque en otros lectores, pues los caminos de la lectura son inescrutables.

En primer lugar, cuando hablé de ese Madrid literario que me ha hecho recuperar el libro de Valera, quizá alguno de vosotros haya entrevisto otra parcela de mi ignorancia, porque Madrid, supongo, está presente en muchas novelas. Digo que lo supongo porque apenas leo literatura contemporánea en español, cosa que confieso más con vergüenza que con orgullo elitista. No conozco casi nada de lo que se escribe hoy en día en España, así que el Madrid literario que yo conozco no es el actual, sino uno muy lejano, el de Luces de bohemia.

madrid austrias

Después de muchos años, he vuelto a visitar ese Madrid tan lejano, a pesar de que La última maravilla de Alicia no sucede hace un siglo, sino en la época actual o  tal vez hace unos diez años, que es cuando, creo, fue escrita. Pero en sus páginas se percibe, o al menos eso me ha sucedido a mí, ese otro Madrid de Valle Inclán y de Ramón, quizá el único escritor conocido por su nombre de pila desde el final de la Edad Media: “Ramón de Madrid”, como Zenón de Elea o Demócrito de Abdera. Ramón Gómez de la Serna, por supuesto. No recuerdo si Ramón llega a ser mencionado, pero su presencia es constante, porque Isaías, el protagonista de la novela, al que también podríamos llamar Isaías de Córdoba, es un verdadero aficionado a las greguerías. El libro comienza con una muy hermosa: “Tren, bala de belleza disparada contra el paisaje”, tras la que se suceden, quizá, varias decenas a lo largo del libro.

En alguna ocasión he expresado mi admiración hacia las greguerías de Ramón, pero también he admitido que alguno de sus libros no se puede terminar, porque no se puede digerir tanto ingenio sin pausa. Hay que decir que el libro de Valera no cae en esa tentación de ser un collar de greguerías, porque tiene otros hilos narrativos que mantienen el interés del lector y que crean ciertas expectativas: ¿volveremos a ver a Alicia?, ¿logrará Isaías escapar de la pesadilla laboral o existencial en la que vive? No diré que son tramas a la manera clásica, pero sí son elementos que dan coherencia e intensidad al libro, más allá de su soberbio uso del lenguaje y de la greguería ocasional o frecuente (en ciertos pasajes).

gato_callejon_310112909Termino con lo de Madrid, el Madrid literario de las luces difusas de la bohemia de Valle, Ramón, Silverio Lanza, ilustre getafeño como Manuel Valera, o Alejandro Sawa, aquel escritor improbable pero real que está en el origen de Luces de bohemia, como muestra el título de una de las novelas del propio Sawa: Iluminaciones en las sombras. Y tantos otros personajes que, al menos a mí, se me hacen presentes una y otra vez en los lugares de la novela de Valera. Por ejemplo, en ese callejón del gato (de Álvarez Gato) con los espejos del esperpento que una noche los hinchas del Real Madrid nos destrozaron: todavía existen, pero ya no son los descascarillados que sobrevivieron durante décadas y definieron el esperpento, aquel género literario creado por Valle Inclán: “El esperpento es la vida reflejada en los espejos del Callejón del Gato”.

san gines chocolateriaMe gustaría insistir en lo que he dicho: volver a recorrer ese Madrid que ya casi había olvidado, visitarlo de nuevo al leer a Valera. Porque ese Madrid de Luces de bohemia es un Madrid que no solo he leído, sino que también he vivido. Porque con Luces de bohemía, o con las biografías de Valle y Silverio Lanza, descubrí en mi adolescencia que vivía en una ciudad literaria, que podía caminar por las calles de Madrid de la misma manera que me gustaba caminar por las calles del París imaginado o imaginario del Gérard de Nerval de Aurelia, Noches de octubre o Paseos y Recuerdos, que aquí no teníamos las colinas de Montmartre pero sí teníamos el Viaducto (presente también en

Luces de Bohemia en el pasadizo de San Ginés

Luces de Bohemia en el pasadizo de San Ginés

la Alicia de Valera), el Madrid de los Austrias, el pasaje de San Ginés y su chocolatería, en la que a altas horas de la madrugada o primeras horas de la mañana se juntaban travestís, putas, trabajadores madrugadores y noctámbulos insomnes, como en una réplica castiza de aquella canción de Dutronc: “Son las cinco de la mañana y París despierta”. Después de leer Luces de bohemia ya no volví a recorrer Madrid como antes, sino que caminé por unas calles en las que mis pasos resonaban de otra manera y en las que lo que me rodeaba tenía otra densidad y otro significado.

De algo parecido habla de manera muy hermosa Charlie Chaplin en otro libro delicioso editado por Evohe, Mis andanzas por Europa, cuando cuenta cómo recorre las calles de Londres junto al autor de la novela Limehouse Nights, y cómo él, Thomas Burke, le va revelando lo que se esconde en cada rincón, en cada casa sórdida, como un diablo cojuelo que levanta los tejados londinenses. Y Chaplin pasea por ese Londres virtual y superpuesto, que acaba teniendo una realidad tan intensa como el Londres real:

 “Burke se limita a alzar su bastón de vez en cuando y señalar. Su gesto no necesita comentarios. Localiza y hace notorio, sin lenguaje, el único objeto que quiere significar, y extrañamente es siempre algo de particular interés para mí. Es un hombre en extremo inusual. ¡Qué guía! No me enseña Main Street, ni lo obvio, ni siquiera los hitos tradicionales de los visitantes, pero con esta excursión me estoy apropiando del corazón, el alma, el sentimiento…Y por todo el recorrido tengo la sensación de que, tras las puertas cerradas, ocurren cosas triviales, portentosas, hermosas, sórdidas, rastreras, gloriosas, sencillas, memorables, odiosas, amables. Pueblo todas esas chabolas con chicas, chicos, asesinatos, aullidos, vida, belleza.”

Lo mismo me sucedió hace muchos años con ese Madrid superpuesto de mis lecturas, y lo mismo me ha sucedido ahora con la novela de Valera, que también parece haber recorrido ese Madrid y que, además, lo ha llevado a su novela. No sé si esa era su intención o si es un fenómeno nacido de mi pura subjetividad. Quizá lo averigüemos esta noche.

 

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