El otro mundo

El otro mundo es el mundo digital. Es un mundo que, como dijo Negroponte ya en el siglo 20, no está hecho de átomos, sino de bits. Es el mundo de los ordenadores, de Internet, e incluso de los teléfonos móviles y los videojuegos.

El mundo como tal, el que hasta hace bien poco era nuestro único mundo, es el mundo analógico, compuesto de átomos, de personas, de animales, plantas, libros impresos con tinta sobre papel. Un mundo en el que la diferencia entre los bloques de información no está clara, un mundo lleno de ambigüedades, sin límites precisos, en el que no siempre es fácil saber dónde empieza una cosa y dónde termina, en el que no resulta sencillo decidir cuántas partes componen un todo. En este mundo, al menos en una parte de él, situada en algún lugar de nuestro cuerpo o quizá en todo nuestro cuerpo, residen nuestras emociones y gran parte de lo que nos hace únicos a cada uno de nosotros.

Vivimos entre esos dos mundos, entre el mundo analógico y el digital.

Marte visto desde mi despacho

El mundo digital casi contiene una réplica del mundo analógico. Ciudades enteras se pueden recorrer gracias a Google Maps y podemos sobrevolar la Tierra, la Luna o Marte desde un cibercafé. Los libros de la Biblioteca Universal o de Babel que imaginaron Lasswitz y Borges se pueden encontrar en las páginas eléctricas de Internet, donde se almacenan millones de copias de todos los libros, revistas, periódicos y contenidos audiovisuales que existen en el mundo analógico. En Internet empieza a almacenarse más y más recuerdos de nuestra vida y de las vidas ajenas, como en un cerebro o memoria auxiliar en el que cada vez confiamos más, por ejemplo para, al levantarnos por la mañana, saber que allí siguen nuestros amigos y conocidos. Hegel decía que el periódoco de cada mañana era la profesión de fe en el mundo material del buen burgués, que le devolvía tras los sueños y pesadillas de la noche, la certeza de que el mundo había seguido existiendo aunque él no lo huibiera estado experimentando por unas horas. Internet cumple ahora esa función de recordarnos que el mundo exterior de gran parte de nuestras amistades, conversaciones y reflexiones sigue ahí, en algún  lugar de la red mundial, viajando en ondas eléctricas de un extremo a otro del planeta, siempre accesible pero siempre huidizo, al mismo tiempo fijo y cambiante.

Sí, el mundo digital casi contiene al analógico, pero al mismo tiempo es parte de él y también está hecho de átomos, extraña conclusión que nos hace pensar en la teoría de conjuntos y en un conjunto que contiene al conjunto que lo contiene. Quizá sea una paradoja semejante a  aquella que imaginó Bertrand Russell: el conjunto de los conjuntos que no se contienen  a sí mismos.

En esta Revista entre dos mundos del siglo 21, creada como homenaje a aquellas revistas del siglo XVIII y XIX, como la Revue des deux mondes francesa, que cada tres meses ofrecía más de 400 páginas de información acerca de mundos entonces tan desconocidos como China, África, América o… España, intentaré moverme por esta nueva frontera, como diría John Perry Barlow, que es el mundo digital. Sin olvidar nunca que, al fin y al cabo, también el mundo digital y el analógico están conectados y que, como ya hemos visto, se contienen uno al otro, casi como en el concepto chino  del yin y el yang, o quizá con más exactitud: como en algunos de los grabados de M.C.Escher, en los que resulta difícil saber qué mundo es anterior al otro o dónde comienza uno y dónde el otro.

NOTA EN 2017

La revista entre dos mundos ha dejado de existir y ahjora sus artículos se distribuyen en otras páginas, ene special en “Futuro y Mundo Digital”

Galería de M.C.Escher

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  • Marcos

    excelente presentación a la revista, dan ganas de leerla.

    • danieltubau

      jaja, bueno, ya la estás leyendo. Pronto más. Gracias

      • La revista entre dos mundos ya no existe como tal. Sus artículos han sido trasferidos a Futuro y Mundo Digital