El pesimista optimista
Breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo /5

Frente a un equívoco frecuente, creo que hay que distinguir entre el optimismo y el pesimismo en cuanto actitudes ante la vida y, por otra parte, lo que es una valoración optimista o pesimista acerca de una situación determinada. El optimismo y el pesimismo como tales son actitudes ante la vida o estados de ánimo transitorios o permanentes, no descripciones ni valoraciones.

Si alguien examina la situación en África difícilmente podrá extraer una “conclusión optimista”, si entendemos optimista como sinónimo de “positiva”. Por fuerza su conclusión ha de ser negativa y pesimista. Pero esa manera de entender optimismo y pesimismo como sinónimos de valoración positiva o valoración negativa, creo que es correcta, pero tiene poco interés desde el punto de vista psicológico.

Otra cosa es que esa persona que obtuvo una conclusión “pesimista” (es decir, negativa) se proponga hacer algo para mejorar la situación en África. En este caso, su actitud ante su propia tentativa sólo puede ser optimista, a pesar de que pueda considerar que el proyecto tiene muchas posibilidades de fracasar, o aunque en el fondo considere que se tratará de una gota en el océano, que en ningún caso podrá solucionar el problema. Aunque piense eso, esa persona debe actuar como si creyera que va a servir para algo, porque de no ser así, parece absurdo siquiera que actúe.

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Ahora bien, no es mi intención caer en el recurso fácil de decir que si alguien actúa entonces es optimista y si no lo hace es pesimista. A esa conclusión llegaron los pesimistas en su facción nihilista, para quienes su valoración acerca del mundo, muy pesimista o negativa, se correspondía con una acción o una no acción que diera coherencia a ese fatalismo. A pesar de ello, muchos nihilistas se convirtieron en terroristas, una de esa paradojas inexplicables tan frecuentes en la vida ideológica: “el mundo no tiene sentido, así que voy a contribuir a que mi acción en el mundo tenga aún menos sentido”, o bien: “No vale la pena hacer nada, así que haré lo peor”.

Admito, pues, que tanto un pesimista como un optimista pueden actuar en una situación determinada, aún sabiendo que lo que hacen no va a servir para nada, pero conscientes de que no se puede hacer otra cosa, ya sea porque les mueve el sentido del deber o porque realmente no hay posibilidad de hacer otra cosa.

Pero a lo que he querido apuntar en esta breve investigación acerca del pesimismo y el optimismo es a algo que se podría comparar con lo que sucede con la dicotomía también clásica entre los genes y el ambiente: que los genes influyen, y a menudo decisivamente, es obvio, pero sucede que con esos materiales, esos cientos de tiras elásticas que nos sostienen, como dice Dawkins, podemos hacer muchas cosas diferentes, a veces opuestas y contradictorias: convertirnos en un asesino o en un salvador de vidas, en alguien que desarrolla sus posibilidades o en alguien que se conforma con vivir una vida mediocre. Las tiras elásticas de la metáfora propuesta por Dawkins nos sujetan en cierto modo, pero también nos permiten una gran amplitud de movimientos. Porque, aunque en los genes estén codificadas muchas cosas, desde luego no está codificado el universo entero con el que tendremos que interactuar. En lo que se refiere al optimismo y el pesimismo, sea cual sea la situación en la que nos encontremos, nuestro estado de ánimo y nuestra actitud puede empeorarla o mejorarla, a veces levemente, otras de manera radical. Por eso es por lo que creo que vale la pena distinguir entre la valoración de una situación y la manera de hacerle frente.

Continuará...

 

 

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[Escrito en junio de 2004]

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