El Talmud y otros libros que contienen todos los libros

Un invento narrativo tan moderno como el hiperenlace, que nos permite navegar por Internet simplemente pinchando en un vínculo, existió mucho antes de que fueran inventados los ordenadores y la red mundial, al menos en cierto modo. Por ejemplo, en las notas a pie de página de un libro, que permiten que el lector navegue desde el cuerpo principal del texto hasta aspectos específicos, como la referencia al ensayo del que procede una cita; lo que, a su vez, puede hacer que el lector cree por sí mismo otro hiperenlace y viaje hasta un estante de su librería para tomar el libro mencionado y abrirlo por la pagina indicada, lo que a lo mejor le permitirá establecer un nuevo vínculo, por ejemplo descolgando el teléfono y llamando a su profesor para consultarle una duda.

El Talmud judío también ha sido considerado un primitivo hipertexto. Durante siglos los diferentes sabios y rabinos añadían comentarios al texto principal, que era ya un comentario a sus textos sagrados,  y después, siglo tras siglo, añadían comentarios a los comentarios, creando complejísimos  documentos que remitían unos a otros de manera difícil de manejar. Cuando se inventó la imprenta, Daniel Blomberg, que no era judío, ideó un método para mostrar en una misma página el texto principal, que ocupa el lugar central, y los diversos comentarios, situados alrededor, cada vez más hacia el exterior según su importancia o la época en la que fueron escritos.

 

Página del Talmud

 

En el Talmud, las distintas columnas de texto han sido escritas por distintos autores y en diferentes épocas, y son como los hipervínculos de una página web que nos llevan a otra pantalla, pero en este caso todo está desplegado en la misma hoja. El Talmud, en efecto, es un hipertexto desplegado, como se puede observar en esta imagen:

El “Talmud” como hipertexto desplegado

Otros precursores de la narrativa hipertextual son Rayuela y 62 modelo para armar, de Cortázar, o el Diccionario jázaro, de Miroslav Pavic, que se compone de tres textos, uno cristiano, otro musulmán y otro judío, que cuentan los mismos sucesos pero desde diferentes perspectivas y ordenados a manera de diccionario que, además, tiene un ejemplar “masculino” y otro “femenino”.

A pesar de todos estos precedentes, lo que proporcionan los ordenadores y los soportes digitales actuales es una facilidad de uso que convierte en realidad inmediata casi todas las posibilidades del hiperenlace que antes sólo se imaginaban, y que permiten que el lector pueda encontrar, consultar e incluso leer todos los libros que se contienen en un único libro.

Los precursores del hipertexto, como el Talmud, Rayuela o los librojuegos de aventuras eran propuestas difíciles de seguir sobre un papel, pero se convierten en un campo muy prometedor gracias al ordenador, que permite hacer permutaciones en cascada; a Internet, que facilita acceder a millones de datos, y al hiperenlace, que sirve para conectarlo todo.

Ahora en un texto que aparece en la pantalla de un ordenador o lector digital, basta una señal sencilla, como una palabra subrayada en azul, para abrir un nuevo documento, leerlo y regresar, de nuevo con un clic, al lugar de origen. El hiperenlace reproduce de manera efectiva el modo de funcionar de un cerebro sano, que no se mantiene en un mismo carril, sino que salta continuamente a uno y otro lado, explorando las vías paralelas o perpendiculares, constatando que la historia de la literatura se encuentra en cierto modo en el interior de cada uno de sus volúmenes, como mostró, aunque todavía sin poder usar el hiperenlace, Roland Barthes en su análisis de la novela de Balzac Sarrasine.Del mismo modo que las fotografías que hizo Muybridge ahora se pueden convertir en cine, los textos que contenían hipernarrativa en ciernes ahora pueden disfrutarse realmente como tales, y no de manera lineal. Con el hiperenlace, los ordenadores y la red mundial, lo que hasta hace poco había sido un sueño, una sugerencia o una intuición, ha empezado a convertirse en realidad.


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