Ergo non demonstrandum est (luego no está demostrado)

En varias ocasiones me he referido a la asombrosa capacidad que tenemos los seres humanos para autoengañarnos. Aunque he hablado a veces de esta habilidad aplicada al terreno de la política en La ceguera voluntaria, el arte del autoengaño se puede encontrar en todos los terrenos de la vida. En las relaciones de pareja, por ejemplo, el uso de la mentira llega a unos extremos de sutileza admirables. Quizá deba aclarar, querido lector o lectora, que no me refiero ahora al engaño de los infieles, sino al autoengaño de los fieles, mucho más elaborado y sutil. A este asunto he dedicado todo un libro, aunque breve y ligero, Elogio de la infidelidad.

También existe ceguera voluntaria y autoengaño en la familia, en la amistad y, por supuesto, en el amor. Pero aquí me interesa el autoengaño por definición, el que padecen los crédulos.

Los crédulos eran hasta hace poco una minoría más o menos extravagante, o al menos una mayoría silenciosa, pero en el siglo 21 se han convertido en una mayoría ruidosa, multiplicados por el fenómeno de Internet y redes sociales como Facebook.

El crédulo es una persona que se dedica con empeño a creer lo increíble. Basta con que algo no sea aceptado por la ciencia para que al crédulo le parezca que está demostrado. La homeopatía, el horóscopo y astrología (¡en el siglo 21!), las dietas milagro, la  acupuntura, todo tipo de filosofías orientales convertidas en productos del supermercado espiritual occidental, el tarot, los extraterrestres que nos abducen o preparan la invasión, las conspiraciones de la familia Rockefeller y del Club Bilderberg para eliminar a un tercio de la humanidad, el creacionismo que niega la evolución, la meditación trascendental o la fuerza del deseo para conseguir cualquier cosa, los eneagramas, los biorritmos… Todo es cierto, todo vale siempre y cuando no este demostrado. Se invierte de este modo el método que tanto tiempo y esfuerzo costó establecer, y tras haber dejado  atrás los largos siglos de credulidad y superstición se vuelve a escuchar: “Si no está demostrado, entonces es cierto”, o como decía el Padre de la Iglesia y luego hereje Tertuliano: “Creo porque es absurdo”.

El lector no debe pensar, tras leer lo anterior, que soy eso que se ha dado en llamar un fundamentalista de la ciencia, tampoco debe suponer que pretendo saber lo que es demostrable y lo que no lo es. Mi opinión es que algunas de las teorías que he mencionado u otras más o menos extravagantes quizá sea correcta. Tal vez la acupuntura acabe demostrando su eficacia, no hay por qué descartarlo, porque una cosa tan materialista como es clavar agujas no me extrañaría que tuviera algún efecto, aunque no podemos estar seguros de que sea beneficioso. Pero, suceda eso o no en un futuro cercano o lejano, lo cierto es que a día de hoy la acupuntura no ha logrado demostrar ningún efecto positivo en ningún estudio realizado con garantías científicas (efectos negativos sí serían fácilmente demostrables: basta con clavarse una de esas largas agujas en el ojo, por ejemplo). En cuanto a la meditación, varias investigaciones recientes (2012) parecen indicar (aunque hay que tomar todavía con mucha prudencia los resultados) que la meditación, cualquier meditación, puede ser bastante o muy beneficiosa. En consecuencia, sirvan estos dos ejemplos para insistir en que no estoy diciendo que cualquiera de las cosas mencionadas sea falsa o cierta o que yo sepa qué es falsa y qué es cierta.

Lo que quiero decir es que el crédulo profesional no se caracteriza simplemente por creer en cosas raras.  Las cosas raras a veces resultan ser ciertas, como que la tierra es redonda y gira en torno al sol, algo que parecio rarísimo durante siglos. Lo que me llama la atención es otra cosa: la manera en la que se ejerce esa credulidad. Porque uno no es crédulo por aquello en lo que cree, sino por la manera en la que lo cree.

[bctt tweet=”Uno no es crédulo por aquello en lo que cree, sino por la manera en la que lo cree.” username=”danieltubau”]Intentaré resumir algunos de los rasgos del crédulo. En primer lugar , su carácter acrítico respecto a lo que cree, su ardor de acólito, su inmunidad ante cualquier razonamiento que ponga en cuestión sus creencias más queridas. Eso le lleva a pensar que quienes no comparten o niegan sus ideas son ciegos: ¡gran estratagema ha sido la del ciego que acusa a los demás de serlo!

En otras ocasiones, el crédulo desliza la sospecha de que quienes niegan sus creencias obedecen a extraños intereses: los de las farmacéuticas, los de los estados, los de la ciencia, los del “sistema”.

Por otra parte, los crédulos también se sienten en cierto modo elegidos, precursores, pioneros de una verdad que al final también se hará evidente para los pobres desdichados que ahora se niegan a aceptarla. Su credulidad, por supuesto, se puede aplicar a cualquier terreno, ya sea el de la política, como en el caso de quienes creyeron en Hitler o, de manera menos extrema, en cualquier político que promete soluciones y recompensas fáciles e inmediatas. También puede dirigir su credulidad hacia las verdades de un maestro iluminado o incluso las de una empresa, digamos Apple. Cuando se quiere creer contra viento y marea, todos los medios, todas las medicinas y todos los profetas son buenos y se pueden emplear al derecho o al revés, según convenga. Pondré un ejemplo de esa ambivalencia y ese movimiento constante de un recurso a otro según convenga: el uso que se hace de la ciencia.

Por un lado, los crédulos otorgan a muchas de sus creencias un aspecto cientifista, un barniz de experimento y rigor, incluso se inventan aparatos que sirven para ionizar el ambiente espiritual, o se recetan comprimidos hechos de “nada” que se distribuyen del mismo modo que los médicos de cabecera repartían sus medicinas a los jubilados (antes de los últimos recortes a la sanidad pública). Eso sí, todo ello a precio de oro, lo que resulta, por cierto, bastante difícil de entender, puesto que los medicamentos homeopáticos están compuestos de una parte indetectable de principio activo. ¿Por qué son, entonces, tan caros? Lo razonable sería repartirlos gratis, o que cada cual se los fabricase en su casa por litros o galones, ya que basta con una partícula ínfima de principio activo para lograr miles de litros de agua homeopática. Me atrevo a pensar que una vez comprado un medicamento homeopático de 10 mililitros lo mejor sería diluirlo en un litro de agua… para que sea incluso más efectivo.

Los crédulos, cuando adoptan su barniz científico también recurren a universidades de Estados Unidos de las que nunca antes habíamos oído hablar, pero en las que “se ha demostrado” que las ondas omega o kappa (ondas que, por cierto, tampoco conocíamos) se incrementan tras una sesión de reiki.

Ahora bien, cuando científicos serios deciden investigar estos fenómenos y descubren que no sucede nada de lo que los crédulos proclaman, entonces se acusa a la ciencia de no aceptar todo aquello que se enfrenta a “sus principios establecidos”, todo aquello que desafía al establishment. Una acusación que demuestra que los crédulos han leído poco acerca de la historia de la ciencia y que no saben que en el siglo XX la Física sufrió, en apenas veinte años, dos revoluciones que le obligaron a cambiar gran parte de sus postulados: la teoría relativista y la mecánica cuántica. También ignoran, o fingen ignorar, que los científicos, con todos sus errores y defectos, a pesar de las ambiciones y engaños que se puedan encontrar, como en cualquier disciplina artística o científica, están dispuestos y preparados para refutarse a sí mismos si los datos, la observación, los experimentos o una teoría más coherente y completa así lo recomiendan.

Conferencia en el CERN

Un ejemplo de esta apertura al cambio lo tuvimos cuando hace unos meses unos científicos italianos presentaron en el CERN, en directo para todo el planeta a través de Internet, los datos obtenidos en su laboratorio, que parecían mostrar que los neutrinos viajaban más rápido que la luz. Si tal cosa se confirmara, habría que reescribir todas las leyes de la física que ahora manejamos. 

Los investigadores escucharon con respeto el argumento de sus colegas italianos, a pesar de lo insólito y a primera vista improbable de lo que proponían, y acto seguido se dedicaron a buscar los puntos fuertes y débiles del experimento. Finalmente, tras las investigaciones de muchos científicos de todo el mundo, se concluyó que se había producido un error en las mediciones y que los neutrinos no viajan más rápido que la luz. Para ser más precisos, lo que se concluyó es que el experimento italiano no demostraba tal cosa. Tal vez en el futuro alguien logre demostrarlo. O tal vez no. La ciencia no se ocupa de la verdad absoluta, sino solo de aquella que puede ser sometida a examen.

La diferencia entre los crédulos profesionales (entre los que también hay gente estupenda y capaz de razonar en otras parcelas de su vida) y las personas que razonan, escuchan, aprenden, investigan, observan, se equivocan y rectifican (pero que no se convierten voluntariamente en ciegos racionales) no consiste en la rareza de la creencia, sino en su negativa a proponer y aceptar situaciones investigables, en su rechazo a recoger sus datos de manera fiable y contrastarlos, y en la construcción metódica de defensas dialécticas que convierten su creencia en inmune a cualquier argumento que pueda ponerla en cuestión.

La semana pasada me referí a Arthur Koestler, que luchó contra Franco, contra Hitler y, ya lejos de los campos de batalla, contra Stalin y sus antiguos camaradas. A pesar de que puso en peligro su vida llevado por su creencia de que había que luchar contra las dictaduras, su entusiasmo no le impidió darse cuenta de todas las mentiras de sus crédulos compañeros de viaje, mentiras que denunció en varios de sus libros. En los últimos años de su vida, sin embargo, se convirtió en algo parecido a un crédulo en lo paranormal, aunque al menos intentó someter sus creencias a prueba. De su caso y de la curiosa circunstancia de que la persona más fácil de engañar es un científico, hablaré en otro momento. Koestler fue un entusiasta incrédulo en el buen sentido durante gran parte de su vida, pero cayó en el simplismo intelectual cuando sus emociones le convirtieron en un crédulo.

 


[Una primera versión de esta entrada se publicó el 18 de abril de 2012 en “La línea de sombra” (Divertinajes). Revisado en 2016]

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