Fábulas que esconden verdades

Guerra y paz en la antigua China /5

En la Grecia clásica, poetas como Hesíodo y Homero y dramaturgos como Sófocles, Eurípides y Esquilo educaban al pueblo recurriendo a personajes situados seiscientos u ochocientos años en el pasado, por ejemplo en la época de la guerra de Troya

En China, como ya hemos visto (Cómo aprovecharse de un sabio legendario), los filósofos, los políticos y los militares recurrían a Huangdi, al rey Wen y a su hijo Wu o al Taigong, un estratega legendario al que pronto conoceremos.

El recurso a personajes de un pasado legendario, a la fábula, al cuento tradicional o folktale, a aquello que en el marketing moderno y en los tratados de narrativa se conoce como storytelling o contar cuentos,  ha sido una afición persistente a lo largo de la historia y es un rasgo común a todas las culturas. Podemos afirmar sin exagerar que es la norma, más que la excepción.

Eric Havelock mostró, en La musa aprende a escribir y en Prefacio a Platón, que los mitógrafos y los fabuladores fueron los educadores de Grecia hasta que llegaron los filósofos de la naturaleza, como Heráclito, Parménides, Demócrito, Empédocles, o sus discípulos, los sofistas, entre ellos Sócrates, y los filósofos propiamente dichos, como Platón, Aristóteles, Epicuro o Teofastro. Platón era muy consciente de que los poetas y los dramaturgos, con su especulación disfrazada de storytelling o contar cuentos, eran los rivales de este nuevo saber llamado filosofía, por lo que les prohibió entrar en su República ideal.

Herbert Fingarette asegura que en la antigüedad tan solo en las civilizaciones de Grecia, India y China, encontramos algo que vaya más allá de ese recurso a contar cuentos “para explicar asuntos como la muerte, el apareamiento, el trabajo, las relaciones personales o el lugar del ser humano en el mundo”.

Tal vez Fingarette exagere, pero es cierto que en todas las culturas se han explicado las cuestiones fundamentales mediante fábulas, en vez de a través de argumentos racionales o de análisis abstractos y teóricos. Es por eso que debemos prestar mucha atención a todas esas narraciones que recurren a tiempos míticos o a lejanos antepasados, porque casi siempre esconden, bajo la forma de la fábula, una visión del mundo llena de opiniones, prejuicios y secretos propósito, tantos políticos como ideológicos.

Martha Nussbaum también ha mostrado y demostrado en La fragilidad del bien, de manera deslumbrante, el poder de argumentación ética, social, política y religiosa que contienen las obras de los tres grandes dramaturgos griegos y cómo esas historias, protagonizadas por héroes que se enfrentan al destino o desafían a los dioses, son también verdaderos tratados filosóficos.

James Aho sostiene que los mitos y fábulas que se refieren a la guerra no son nunca inocentes, sino que suponen una concepción sobre el conflicto militar y la lucha violenta entre los seres humanos que sirve para legitimar a un soberano o a una sociedad y para explicar qué comportamientos esa cultura acepta como válidos en una guerra. Aho examina en La mitología religiosa y el arte de la guerra, mitos de México, India, Europa, del mundo musulmán, de la religión judía y, por supuesto, de China, a la que dedica muchas páginas, aunque, lamentablemente, concentra su atención en el pensamiento confuciano y se desentiende casi por completo de los personajes verdaderamente mitológicos, como el Emperador Amarillo, el supuesto creador de la guerra.

Del mismo modo que un guionista, un dramaturgo o un novelista recurre a Aristóteles para justificar sus teorías narrativas, un chino de la época de Sunzi recuría a Huangdi, que para él no era un personaje mítico, sino el antepasado más admirado, una verdadera Autoridad en la materia, en todas las materias, como lo fue el propio Aristóteles durante la Edad Media. Esa es la razón por la que en El arte de la guerra Sunzi atribuye el origen de la sabiduría militar al más célebre de los emperadores chinos legendarios: porque quiere situarse a la altura de un personaje admirado universalmente y porque pretende que esa figura legendaria legitime de alguna manera sus propias opiniones.

Pues bien, según Sunzi, el Emperador Amarillo inventó los posicionamientos del ejército en función del tipo terreno y eso le permitió vencer “a los cuatro soberanos”. ¿Y quiénes eran estos cuatro soberanos? Si queremos averiguarlo, tenemos que ir más allá de las fábulas y las leyendas y recurrir a un método casi detectivesco que se aplica a la investigación en el terreno mitológico: el evemerismo.

Continuará…

 


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