Fantasías científicas de ayer y hoy presenta…

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Desde hace tiempo vengo anunciando que abriré en mi sitio web unas secciones dedicadas a la ciencia y al escepticismo. Que hablaré de la ciencia, de la cuasi ciencia y de la pseudociencia.

Que algo no sea ciencia no implica  que sea falso. Cuando se dice que la historia no es una ciencia (al menos no una ciencia dura), muchos historiadores se ofenden, como si les dijeran que eso significa que la ciencia es una sarta de tonterías. Pero no hay razón para ofenderse.

Yo, por ejemplo, estoy más seguro ahora de que estoy escribiendo en este ordenador que de que la teoría de la relatividad sea correcta, pero eso no implica que la manera en la que he expresado esa certeza acerca de mi existencia escribiendo ahora en el ordenador sea una manera científica. También podría decir: “silla+una mesa+un ordenador=despacho”, lo que tiene más pinta de formulación científica, pero su contenido científico, o al menos su interés, es también muy dudoso o nulo. En el futuro, quizá este mismo año, se podrá poner a prueba la teoría de la relatividad pero será dificilísimo o imposible demostrar que yo estuve sentado frente a este ordenador. Dentro de unos años quizá sea igual de difícil demostrar que este ordenador alguna vez existió, y dentro de unos siglos, que existí yo.

La historia, una de las grandes ciencias, utiliza métodos científicos, como lo hacen la economía y otras ciencias menores, pero carece de algunos de los rasgos que caracterizan a ciencias como la física, la química o la biología.

Por otra parte, algunas teorías tienen apariencia científica y podrían convertirse en ciencia, como los campos mórficos de Sheldrake o los memes de Dawkins, pero no han adquirido hasta el momento ningún certificado aceptable de calidad científica. No se trata de una confabulación contra esas ingeniosas teorías, pero así están las cosas por el momento: no hay elementos suficientes para considerar que memes y campos mórficos sean ciencia. Los científicos no se guían, o al menos no deberían hacerlo, por la elocuencia de los defensores de una teoría o por lo sugerente que resulte, ni por el entusiasmo de sus partidarios: también necesitan experimentos determinantes, predicciones que se puedan comprobar, etcétera.

En fin, hablaré de ciencia en detalle pronto, y también del método científico y de las normas implícitas o explícitas de la discusión intelectual, que, creo, no suelen tenerse en cuenta casi nunca, por lo que asistimos a debates improductivos y fatigosos acerca de si algo es ciencia, conocimiento fiable o mera opinión. También hablaré de las teorías limítrofes con la ciencia, o las que están en la sala de espera para convertirse en ciencia (pero a las que, quizá, nunca dejen entrar).

Mientras tanto, avanzaré aquí algunas teorías mías que no son ciencia, pero que al menos son sugerentes. Cosas que se me ocurren y que casi siempre serán erróneas, como lo de la abeja, la oveja y la impronta que conté en otra ocasión y que me inventé de principio a fin (La impronta). Queda aquí aclarado para los incautos que lo creyeron verdad.

Un ejemplo de estas teorías más o menos disparatadas que en este caso se me ocurrieron leyendo El lenguaje de las células, de Claude Kordon: Cómo arreglar cosas rompiéndolas.

 

 [Publicado el 17 de junio de 2004 en Mazda]

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