Gambito de dama

||| El Duelo

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8. Gambito de dama

—He observado que no parece preocuparos la inminencia de la fiesta que celebrará en vuestro honor -dijo el barón a la joven Eugenia, pues éste era el nombre de la sobrina de Vivienne-. Puse a dos mujeres a vuestro servicio para que os ayudaran en la elección de un disfraz que os agrade, pero me han informado de que a sus preguntas respondéis con el silencio y que en vuestra actitud no se advierte que os preocupe o divierta la perspectiva de la fiesta.

—Os ruego perdonéis mi actitud -dijo Eugenia-. No se debe al desinterés, y debo deciros que estoy muy agradecida por vuestras atenciones, tanto que olvido mis deberes y me regocijo en los más pequeños placeres. Vuestro hermoso jardín me ha proporcionado momentos sumamente agradables, distrayéndome de mis ocupaciones. Os prometo -prosiguió la muchacha- corregirme y distribuir más sabiamente mi tiempo.

—No os pido el arrepentimiento -aclaró el barón:-; tan sólo temía que os sintieseis a disgusto en mi casa.

—!De ningún modo! -exclamó Eugenia-; la paz y la tranquilidad de este magnífico lugar complacen a mi alma. Es todo tan distinto a cuanto hasta ahora había visto -musitó la joven-. Advierto con deleite que no os dejáis influir por modas y costumbres, sino que os guiáis tan sólo por lo que vuestro instinto os dicta. ¡Nos dejamos arrastrar tan a menudo por costumbres vanas!, creemos obrar según nos dicta nuestra alma, pero hasta nuestros más íntimos sentimientos obedecen a hábitos de nuestra época. Defendemos con ardor nuestras convicciones, ignorando que éstas vienen determinadas desde el exterior, y aceptamos como ciertas muchas verdades que no nos tomamos la molestia de comprobar.

—Me sorprenden vuestras palabras -dijo el barón-, ¿quién os ha instruido?

—Leí a Descartes en el internado -respondió Eugenia-, sus razonamientos me hicieron dudar de todo cuanto había aceptado por desidia, pereza a abandono. Desde entonces busco la verdad, sin dejarme llevar por modas pasajeras.

—Os habéis propuesto una difícil tarea -dijo el barón, y prosiguió:- Si yo por algún azar me embarcase en una empresa de parecida importancia, ésta no sería la búsqueda de la verdad, sino la búsqueda de todo aquello que refuta, en cada caso particular, cualquier verdad y, en la generalidad, la Verdad de Descartes.

—Vuestro camino quizá se uniría al mío -dijo Eugenia.

El barón se sintió turbado al oír aquellas palabras y advirtió en ese momento que la muchacha que tenía delante no le resultaba indiferente. Sin darse cuenta se había acostumbrado a su compañía, su sueño se había tornado inquieto y sus pensamientos confusos. Dos días antes había sentido el impulso de leer poesía, algo que no hacía desde su juventud. Pero ahora el motivo de su secreto desasosiego se mostraba sin disfraz ante sus ojos y dudaba si las palabras de Eugenia podían significar algo más que una respuesta a sus argumentos. Sonrió a la muchacha y solicitó su permiso para retirarse.

Continuará


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