Gilgamesh y Canetti

En el último viaje con tres amigos al sur, me llevé de nuevo el libro del primer viaje literario: la Epopeya de Gilgamesh.

En otro viaje  a Lisboa encontré al cuervo de Gilgamesh, que es también el primer cuervo literario conocido y antepasado directo del cuervo de Noé.

Siempre encuentro algo en Gilgamesh, porque casi todo empieza con él: el primer viaje, el primer cuervo, la primera amistad, la primera aventura de amor homosexual, la primera dicotomía entre naturaleza y civilización, la primera interpretación de sueños, la primera tentativa de escapar a la muerte, y tantas otras cosas que se hallan en Gilgamesh por la sencilla razón de que es también la primera narración conocida y, en cierto sentido, aunque esté escrito en verso, la primera novela. Ya dije todo esto en El primer libro contiene todos los libros.

Esta vez he leído pocas páginas de la nueva versión, editada por Trotta, pero nada más regresar a Madrid he encontrado una (para mí) asombrosa coincidencia en la segunda parte de la biografía de Elías Canetti, La antorcha al oído:

canettiElias Canetti

“Descubrí el poema de Gilgamesh, obra que como ninguna otra ha influido en mi vida, en su sentido más íntimo, su fe, su energía y sus expectativas. El lamento de Gilgamesh por la muerte de su amigo Enkidu me conmovió profundamente:

“Por él he llorado día y noche,
No consentí que lo sepultaran,
por si mi amor despertaba a mi amigo.

Lo he llorado siete días con sus noches
Hasta que el gusano invadió su cara,
Desde que murió, no he vuelto a encontrar vida,
Y errante voy por la estepa, como un salteador”

Luego viene su expedición contra la muerte, su peregrinación por las tinieblas de la Montaña Celestial y por las Aguas de la Muerte hasta que encuentra a su antepasado Utnapishtim, salvado del diluvio, a quien los dioses concedieron la inmortalidad. Por él quiere saber cómo se llega a la vida eterna. Es cierto que Gilgamesh fracasa y muere. Pero esto no hace más que corroborar en nosotros la necesidad de su expedición.
De este modo he podido sentir la incidencia de un mito en mi propia persona; como algo que durante el medio siglo transcurrido desde entonces he pensado y repensado de muchas maneras, dándole vueltas de un lado a otro en mi interior, pero que ni una vez he puesto en duda. Capté como unidad algo que en mí ha continuado siéndolo. Me es imposible criticarlo. La cuestión de si creo o no en semejante historia, no me afecta; ¿cómo podría decidir frente a la sustancia más específica de la que estoy compuesto, si creo en ella? Pues no se trata de repetir como un loro que, hasta la fecha todos los hombres han muerto, sino sólo de decidir si uno se resigna a aceptar la muerte o se rebela contra ella. Rebelándome contra la muerte he adquirido un derecho al brillo, riqueza, miseria y desesperación de cualquier experiencia. He vivido inmerso en esta rebelión infinita. Y si bien el dolor de los seres queridos que con el tiempo he ido perdiendo no es inferior al de Gilgamesh por su amigo Enkidu, tengo una ventaja única sobre el hombre-león: que me importa la vida de cada ser humano y no sólo la de mis seres más próximos.”

De esto que comparto con Canetti da fe mi página Utanapishti (ahora llamada Nostoi, los regresos) y también una frase de Joseph Glanwill que encontré en Ligeia de Poe y que he llevado conmigo desde hace años:

“El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad”.

 


Por cierto, en una de mis antiguas páginas web, había un mapa con los enlaces situados junto a unos extraños trazos serpenteantes:

mapa

Esas rayas temblonas son el mapa dos ríos,  el Tigris y el Eúfrates, que es por donde vivió Gilgamesh, en concreto en la ciudad de Uruk “la de los cercados”, que, dicen, ha sido descubierta hace poco. Pero el mapa está colocado del revés y por eso no resulta tan reconocible.

El Tigris y el Eúfrates y las ciudades de Ur, Eridú y Uruk


(Publicado por primera vez en Il Saggiatore el 13 de diciembre 2005)

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