Heguanzi (El maestro del gorro de faisán)

Tratados de estrategia de la China antigua

El Heguanzi es un libro que casi no ha recibido atención a lo largo de la historia. Los eruditos chinos lo consideraron una falsificación y lo despreciaron debido a su estilo disperso, a sus razonamientos confusos, a su eclecticismo y a su falta de estructura coherente. Muchas de estas acusaciones son injustas, otras se podrían aplicar a libros tan elogiados como el Zhuangzi.

Ho-Kouan-Tseu: traducción francesa de Jean Levi del Heguanzi. Editions Allia

Por una parte se pensaba que un texto con un carácter taoísta tan definido y al mismo tiempo con evidentes rasgos militares no podía pertenecer a la época Zhou, pero en 1973 se descubrieron fragmentos de textos militares con cierto aroma semejante al Heguanzi, como Los cuatro clásicos del Emperador Amarilloque han sido datados en los inicios de la época Han, lo que ha hecho que empezara a parecer plausible que el Heguanzi fuera escrito durante el tiempo anterior a la creación de China.

En cuanto al estilo deslavazado y caótico del libro, ha provocado pesadillas en los intérpretes, que se movieron entre dos hipótesis: que el libro es el resultado de una combinación de varios libros, por ejemplo porque se rompieron las cuerdas que unían las tiras de bambú de una biblioteca y se mezclaron textos diferentes, o que el autor del libro cambió de opinión y de opinión filosófica durante su redacción. Una tercera interpretación es que el aparente caos se debe a que se hicieron comentarios al texto en diferentes momentos y después no se distinguió entre el texto principal y los comentarios. Sin embargo, Carine Defoort en su reciente análisis del libro, The Pheasant Cap master. A Rhetorical Reading, siguiendo los pasos de su maestro iconoclasta Angus Graham, muestra que la decepción que muchos lectores sintieron o sienten al leer el Heguanzi se debe casi siempre a que afrontan su lectura con expectativas erróneas. Creen que van a leer una cosa y se encuentran con otra muy diferente:

“Cuando escuchamos una presentación o leemos un libro, esperamos encontrar la unidad: una persona, en un mismo tiempo, expresando un conjunto unificado o coherente de ideas. Las contradicciones aparentes, los cambios abruptos de tema o estilo y una línea de pensamiento aparentemente incoherente inducen al oyente o lector a buscar una unidad más fundamental…”

Y añade Defoort:

“Aunque existe una posibilidad lógica de que sus aproximadamente 15,000 caracteres sean el producto de un lunático copiando fragmentos de textos al azar en medio de un huracán, el principio de cooperación -la primera condición para una buena interpretación- es asumir exactamente lo contrario”.

El problema, dice Defoort, es que tenemos tan poca información y el libro parece tan caótico a primera vista, que no resulta fácil encontrar los nexos que conectan los diferentes textos o a los posibles autores. Por eso, propone lo que llama “celebración de lo fragmentario”:

“Este libro se acerca al He guan zi como a una colección de fascinantes ruinas que se levantan en medio del paisaje de los antiguos textos chinos”.

Compara Defoort su método con el de Arthur Waldron en La gran muralla china: del mito a la realidad. Se suele pensar en la muralla como una gran unidad que atraviesa China, pero, dice Waldron, es todo lo contrario: es una colección de murallas de todo tipo de formas, tamaños y longitudes, construidas a lo largo de muy diversas épocas, por diferentes personas y con distintas intenciones. El resultado de este método es un análisis delicioso y preciso del Heguanzi, renunciando, aunque solo en parte, a profundizar en su carácter filosófico para incidir en sus intenciones retóricas. El Heguanzi es un libro para persuadir, nos dice Defoort, y si buscamos por el camino de la construcción de un discurso convincente podemos encontrar pistas importantes acerca de cómo leerlo. El libro de Defoort solo tiene un defecto: que no incluye una traducción completa del He guan zi, aunque sí extensos pasajes, en ocasiones citando la traducción que ya inició Angus Graham y que dejó incompleta.

Carine Defoort

Por fortuna, el incansable sinólogo francés Jean Levi nos ha regalado recientemente una excelente traducción del libro, a la que también se le puede reprochar una única cosa: insistir en la costumbre de transliterar los nombres chinos al modo francés, sin emplear el pinyin ya aceptado en casi todo el planeta, por lo que nos encontramos con un insólito Ho-Kouan-Tseu en vez del Heguanzi que compartimos españoles, ingleses, rusos y, por supuesto, los propios chinos. Con todos sus defectos, que son bastantes, la transliteración al pinyin se ha convertido en un estándar universal que deberíamos aceptar para poner fin a la confusión de nombres. Basta con pensar en la dificultad de buscar en una biblioteca electrónica un nombre en cualquier libro chino que haya podido ser publicado recientemente en diversos idiomas. Si en Google Books hacemos una búsqueda para intentar rastrear novedades, tendremos que escribir cada nombre al menos dos veces (tres si se trata de un libro escrito por Bruce y Taeko Brooks, que proponen una peculiar transliteración) para no perdernos los libros franceses. El empeño en su especificidad, aisla a las traducciones francesas de la corriente universal, lo que es una pena, pues es una tradición deslumbrante de la sinología, también en las últimas décadas. Eso sí, salvada esta dificultad de la transliteración, la versión de Jean Levi es extraordinaria.

El Heguanzi, una vez que se lee con las precauciones que propone Defoort, ofrece pasajes e ideas muy interesantes o imágenes tan sugerentes como esta:

“Las orejas dirigen la audición y los ojos la visión, pero basta una sola hoja de un árbol delante de los ojos para hacer desaparecer el monte Tai shan, y un garbanzo en cada oreja para obstruir el rugido del trueno, pero nada puede obstruir la puerta del Dao una vez que ha sido abierta”.

Soldado de la época Han con plumas de faisán

A mí me parece que en la parte final del párrafo, cuando se alude al Dao, se pierde algo de fuerza, pero otros pensarán que esta es su gran virtud: si sigues el Dao no serás cegado por hojas que te impiden ver montañas ni por garbanzos que te impiden escuchar. Precisamente, puede ser una decisión polémica el que Levi deje sin traducir Dao y además lo ponga en mayúscula, puesto que eso confiere un eco místico a una frase que se podría entender de manera más sencilla, por ejemplo, como sucede en la traducción de Defoort, que dice más o menos: “No he oído hablar de nadie que acabara mal cuando emprendió el camino correcto (o la vía correcta)[1]”If one leaf covers the eyes, you don’t see Tai shan; if two beans plug up the ears, you don’t hear thunder peals and rolls. But of anyone going wrong when the way was opened up, I haven’t yet heard”. Ana Aranda examina este asunto en El dao de la traducción, pero aquí podemos simplemente comparar esta expresión del Heguanzi con lo que se dice precisamente en ese otro libro de la escuela militar taoísta de Huang Lao, Los cuatro clásicos del Emperador Amarillo:

“El Tao engendra las leyes. Las leyes son el criterio para medir lo que se gana y lo que se pierde, y el fundamento para distinguir con claridad lo recto de lo torcido. Por eso quienes aferran el Tao generan leyes y no osan violarlas; una vez establecidas las leyes no se treven a ignorarlas”[2]Los cuatro libros del Emperador Amarillo, traducidos por Iñaki Preciado Idoeta.

Es decir, si no interpretamos las leyes en el sentido estrictamente político (como hacía la escuela legalista), podríamos ver en este pasaje y tal vez en el del Heguanzi, un atisbo de lo que propondría con el tiempo la ciencia moderna: no fiarnos de los datos en bruto de los sentidos ni del puro instinto o la intuición, sino establecer pautas y protocolos de comprobación: medidas o criterios para distinguir lo recto de lo torcido. La traducción de ese mismo pasaje por De Bary y Lufrano incide de manera especial en esa interpretación:

 “El Tao genera pautas. Las pautas sirven como cables de marcado para demarcar el éxito y el fracaso, y son lo que clarifica lo torcido y lo recto. Por lo tanto, aquellos que se aferran al Camino generan pautas y no se atreven a violarlas; teniendo pautas establecidas, no se atreven a descartarlas. Solo después de que puedas servir como tu propio cordón de marcación, mirarás y conocerás todo lo que está debajo del Cielo y no te engañarás”[3]Traducción de la traducción al inglés de Debary y Lufrano, encontrada en Wikipedia

Pues bien, aunque por lo general es preferible traducir la palabra dao según el contexto, como vía, camino, manera, excelencia, benevolencia, etc., creo que en este caso hacen bien Preciado Idoeta y Levi, así como Debary y Lufrano al dejarlo sin traducir y en mayúsculas (al contrario que Defoort que traduce “vía”), puesto que tanto en el Heguanzi como en Los cuatro libros del Emperador Amarillo, el uso que se hace de Dao ya contiene una clara tonalidad mística. Ana Aranda y yo mismo también decidimos dejar sin traducir dao cuando Sunzi se refiere a los cinco factores fundamentales del arte de la guerra (aunque poniéndolo en minúsculas) aunque no exactamente por las mismas razones.

En cualquier caso, aquel pasaje de la hoja que nos impide ver el monte Tai shan o escuchar el retumbar de los truenos me gusta no solo por la conclusión acerca de las leyes y las pautas (que me parece una idea también brillante) sino simplemente por esa atinada observación de cómo algo diminuto puede impedirnos percibir algo gigantesco, en este caso por su cercanía a nuestros ojos o a nuestras orejas, algo sí como un equivalente de aquello de que “con un pulgar ocultas el Sol”. Además, lo bueno es que enseguida el razonamiento se dirige de manera muy certera al advertirnos del peligro de dejarnos llevar por nuestros instintos y emociones, que, se supone, son como esa hoja tan pequeña que nos impide la visión de una gran montaña o esos garbanzos que dificultan la audición.


El Heguanzi y El arte de la guerra
El libro contiene muchos pasajes de carácter militar y estratégico, como expresa el subtítulo que Levi añade a su traducción: Precis de domination, algo así como Compendio de dominación.

Se considera que el extraño nombre del libro podría tener relación con un gorro con una pluma de faisán que se empleaba en el gran reino de Chu, y en este caso podría referirse a un eremita taoísta que se hizo un gorro extravagante; pero también podría tratarse de un emblema militar empleado en el estado de Zhao por el cuerpo de élite del rey Wu Ling, usando plumas de faisán para recordar la combatividad de este animal.

En la traducción comentada de El arte de la guerra (que se incluye en El arte del engañohemos citado el He guan zi, por ejemplo al hablar de cómo confundir al gobernante rival aprovechando sus debilidades psicológicas, como la ira o la soberbia.

Aunque en todo el libro se encuentran opiniones acerca del buen gobierno y la dirección de los asuntos del estado, muy interesantes desde el punto de vista de la estrategia, hay capítulos dedicados de manera específica a asuntos militares, como el sexto, “Sobre la derrota militar”, donde se dice de manera casi idéntica a El arte de la guerra:

“__¿Cuál es la más importante de las actividades humanas?
__La guerra.”[4]Le Ho-Kouan-Tseu, por Jean Levi

“La guerra es el asunto más importante para el estado” [5]El arte de la guerra, traducido por Ana Aranda Vasserot)

En el capítulo doce, “Guerras de la actualidad”, se enumera a los emperadores legendarios, dejando claro que todos ellos emprendieron guerras constantes, incluido el Emperador Amarillo (Huangdi), que “participó en cien batallas”, mostrando así una imagen muy diferente a la que con el tiempo se presentaría de este legendario emperador, como unificador benevolente y pacífico que solo habría recurrido a la guerra como último recurso. Este capítulo también nos recuerda una y otra vez los consejos de Sunzi en El arte de la guerra, en especial por su insistencia en la imprevisibilidad, en no adoptar formas reconocibles para el enemigo y en actuar siempre de manera contraria a lo que se espera:

“Rapidez y lentitud, debilidad y fuerza se engendran mutuamente, creando situaciones cambiantes y múltiples que varían hasta el infinito”.[6]Le Ho-Kouan-Tseu,

“En la guerra solo existen dos acciones, ordinarias y extraordinarias, pero cuando se combinan resultan inagotables. Lo ordinario y lo extraordinario se originan mutuamente en un círculo sin fin. ¿Quién podría agotarlos?”[7]El arte de la guerra

Tampoco falta la metáfora del agua, tan habitual en textos chinos (y también en El arte de la guerra):

“El agua adquiere su fuerza gracias a su impetuosidad, la flecha llega lejos debido a la fuerza con la que es propulsada.”[8]Le Ho-Kouan-Tseu, traducido por Jean Levi

La espada de Goujian de Yue, encontrada casi 2500 años después y todavía afilada. En El arte del engaño se cuentan las guerras entre Goujian de Yue y sus rivales, los reyes Helü y Fuchai de Wu.

Se menciona en el Heguangzi a dos de los grandes protagonistas de El arte del engaño, el rey Fuchai de Wu y su rival, el rey Goujian de Yue, a los que se alude señalando la paradoja de que el extenso reino de Wu fue vencido debido precisamente a lo grande e ingobernable que era, mientras que cuando el reino de Yue se redujo a su mínima expresión eso le permitió lograr la victoria y la hegemonía: fue gracias a la prisión y humillación que sufrió el rey Goujian de Yue como pudo lograr el triunfo final.

Por otra parte, en el capítulo diecinueve del He guan zi se descubre una cita que parece tomada literalmente de El arte de la guerra:

“Vencer a través del combate no es lo mejor de lo mejor. Vencer sin librar combate, eso sí es lo mejor de lo mejor”.[9]Le Ho-Kouan-Tseu

Que en El arte de la guerra es:

“Cien victorias en cien batallas no es lo más excelente, sino vencer al enemigo
sin luchar”.[10]El arte de la guerra

Es una idea que también encontramos, por supuesto, en el Dao de jing: «El dao del cielo es saber vencer sin luchar». Todas estas semejanzas, por cierto, podrían tener una misma explicación, como se cuenta en El arte del engaño.


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