Horas lentas en la ciudad del miedo

Tras un neón veo el rostro de ese hombre. Las sombras de luz que cubren su ventana me impiden distinguir sus rasgos. Creo adivinar una mirada cortante, fría, en esos ojos que no conozco. Quizá en sus labios hay una sonrisa, la sonrisa de aquél que se sabe observado.

La calle es estrecha y nuestras ventanas parecen tocarse cuando es de noche; a veces pienso que me bastaría alargar la mano para llegar hasta él, romper la distancia, unirme a ese hombre inmóvil. Pero hace mucho tiempo que no salgo de casa, la ciudad es extraña para mí, no tengo amigos y me gusta la soledad, sentarme en un rincón de la habitación y recordar mi pasado. De aquel hombre que yo era sólo me queda el sabor, ácido desde mi tristeza, de los instantes en que fui feliz. Entonces no existía esta casa, no estaba en mi mente, ignoraba los sucesos del presente y me asustaba la idea de los años venideros, sentirme indefenso, cambiar, transformarme en un hombre distinto del que yo era. Pero todo fue inútil: ya no soy feliz, huyo de toda compañía y no soy el mismo de antes. Mi juventud queda lejana, perdida para siempre en algún lugar oscuro donde todo permanece: en la sonrisa de mis padres, en las casas de otra ciudad y en el cuerpo cansado y vencido de todos mis amantes.

No conservo nada conmigo. Despierto de un sueño y vivo una vida demasiado tranquila, encerrado en esta habitación. De mis lecturas me queda el ansia de viajar y el recuerdo de ciudades que no conoceré. Quisiera olvidar todo lo superfluo, despertarme con el amanecer, eludir la caída de la tarde y no ver nunca más el cielo nocturno.

La casa es grande y yo estoy solo, hace años que nadie se acerca a mí, tal vez mi expresión severa los aleja. A veces pienso que todo es un sueño, que la casa no existe, que yo aún soy joven y que mis padres me esperan; pero los hierros negros del balcón, el destello intermitente del neón y el rostro de ese hombre me repiten que todo es verdad: la casa, la muerte de mis padres y el cruel transcurso de los años sobre mi cuerpo.

Las horas pasan lentamente y el hombre ladea su rostro, mostrándome su perfil secreto, difuminado por las luces del neón. Las horas pasan lentamente y llega la noche. Él sabe que le estoy mirando y le gusta ser actor de la vida de otro hombre. Me mira y no veo sus ojos, sonrío tristemente y él parece comprender quién soy y por qué vivo aquí. Puedo sentir el calor de mi sangre deslizándose por mi antebrazo, mis manos están frías y caen sin voluntad sobre mis muslos.

En ocasiones es él quien me mira y yo el actor de la vida de otro hombre, pero pronto renuncio a este juego y me entrego a ese hombre constante, convertido en espectro sin haber muerto todavía. Como tantas noches, desearía quebrar lo que nos aleja, descubrir su rostro, contemplarme en sus ojos y abandonar el silencio. Pero, como cada noche, su ventana permanece inmóvil, preservando la distancia que nos separa.

La ciudad ya no es la misma, la habitación en la que habito me resulta extraña y tengo miedo. Todas las noches me detengo junto a la ventana esperando ver de nuevo a aquel hombre, pero tal vez sé demasiado bien que él nunca volverá.

 

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