Johnson y el espectador ingenuo

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Samuel Johnson, en el postscriptum a su Defensa de Shakespeare,  termina con una encendida defensa de la ingenuidad que el espectador o el lector debería recuperar para no justificar o confundir sus meros prejuicios con valores como el refinamiento, la exigencia estética o la exigencia de verosimilitud:

Hay muchos, y el afán de conservar mis amistades no me permite mencionar a algunos, que acuden al teatro con la crítica ya escrita. Entre ellos se encuentran los que abusan del anhelo de verosimilitud. Pero, ¿acaso no exige el disfrute de la ficción un cierto adormecimiento de la exigencia de realidad? ¿No sería más conveniente que imitáramos a los escépticos antiguos y suspendiéramos el juicio cuando asistimos a una función? El temperamento crítico es sin duda elogiable, y gracias a la necesidad que de él tiene nuestra sociedad yo me puedo permitir contar con el apoyo de suscriptores que sostienen mis empeños literarios, pero el placer suele estar reñido con el juicio severo. Presumo yo de poseer en un único cráneo dos mentes: una isabelina que se entrega a Shakespeare sin hacerse preguntas que no sean las qué él me sugiere, y otra que habita en el presente, en este siglo de hierro y vapor, que observa escondido, pero que no interviene, al menos hasta que no ha llegado su momento, cuando ya el placer de la ilusión comienza a evaporarse”.

 

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