La cicatriz de Ulises y el flashback homérico

|| La cicatriz de Ulises /1

 

Erich Auerbach, en  Mímesis,  o la representación de la realidad en la cultura occidental,  compara la narrativa de Homero y la de los autores bíblicos. Son dos maneras de narrar muy diferentes, casi opuestas, a pesar de que ambas pueden ser consideradas pertenecientes al género épico y así lo hace el propio Auerbach, aunque el asunto podría ser discutible, si pensamos en la Odisea o en el Cantar de los cantares

Sería interesante mostrar cómo se trasladaría al lenguaje audiovisual (cine, televisión, internet) un relato homérico y otro bíblico. Auerbach nos dice que el propósito de Homero es contarlo todo, no esconder nada, y que, por el contrario, el autor del relato del sacrificio de Isaac por Abraham en el Génesis pretende lo contrario y casi no nos cuenta nada.

Comencemos por Homero.

 

El estilo homérico

euricleaAuerbach pone como ejemplo del estilo homérico la célebre escena de la Odisea en la que Euriclea, la sirvienta de Penélope, se dispone a lavar los pies  a un viajero recién llegado.

Es una de los primeros momentos de la literatura en que se emplea el mecanismo de la anagnórisis o reconocimiento. Si lo pensamos bien, todo el desenlace de la Odisea es una continua anagnórisis, en la que Ulises es reconocido por su perro, que muere nada más reconocerlo, después de haber esperado a su amo durante veinte años, por su sirvienta Euriclea, por su hijo, por su padre y, por fin, por su esposa Penélope.

Veamos la escena en la que la esclava Euriclea se dispone a lavar los pies al forastero desconocido, pero entonces le dice:

“Atiende ahora a una palabra que te voy a decir: muchos forasteros infortunados han venido aquí, pero creo que jamás he visto a ninguno tan parecido a Odiseo en el cuer­po, voz y pies, como tú.”

Nosotros, por supuesto, ya sabemos que ese viajero es el mismísimo Odiseo, pero él tiene que fingir no serlo:

“Anciana, así dicen cuantos nos han visto con sus ojos, que somos parecidos el uno al otro, como tú misma dices dándote cuenta.”

Aunque enseguida Odiseo vuelve el rostro hacia la oscuridad, todavía teme que Euriclea puede reconocerlo, debido a una antigua herida que tiene junto a la rodilla:

“La anciana se acercó a su soberano y lo lavaba. Y enseguida reconoció la cicatriz que en otro tiempo le hiciera un jabalí con su blanco colmillo cuando fue al Parnaso en compañía de Autólico y sus hijos.”

En este momento de crisis, en el que Odiseo está a punto de ver desbaratado su plan de mantener su identidad en secreto hasta que llegue el momento de la venganza contra los pretendientes que acosan a Penélope, ¿qué hace Homero?

Homero detiene entonces su relato, el relato del regreso y la venganza de Odiseo, y decide contarnos toda la historia de la cicatriz. En primer lugar se remonta hasta el nacimiento del héroe y nos recuerda la promesa hecha al abuelo de Ulises, Autólico: cuando el niño se convierta en un buen mozo, irá a visitar a su tío Autólico. A continuación, mediante una larga elipsis dentro del flashback, Homero nos muestra a Odiso llegando a la residencia de su abuelo en el monte Parnaso, el magnífico recibimiento de que es objeto; vemos cómo asan un toro, cómo sirven los panes y cómo disfrutan hasta que cae la noche y se van a dormir. Al día siguiente todos se despiertan para ir de cacería.Homero también nos cuenta  los inicios de la cacería, con su característico gusto por el detalle:

“Ascendieron al elevado monte Parnaso, vestido de selva, y enseguida llegaron a los ventosos valles. El sol caía sobre los campos cultivados recién salido de las plácidas y profundas corrientes de Océano, cuando llegaron los cazadores a un valle. Delante de ellos iban los perros buscando las huellas y detrás los hijos de Autólico, y entre ellos marchaba el divino Odiseo blandiendo, cerca de los perros, su lanza de larga sombra.”

Es entonces cuando aparece el jabalí que causa a Odiseo esa herida que muchos años más tarde la anciana Euriclea reconoce al lavar los pies al extranjero:

“Odiseo fue el primero en acometerlo, levantando la lanza de larga sombra con su robusta mano deseando herirlo. El jabalí se le adelantó y le atacó sobre la rodilla y, lanzándose oblicuamente, desgarró con el colmillo mucha carne, pero no llegó al hueso.”

Lo asombroso de la escena de la cicatriz, de este momento de tensión entre  Odiseo y Euriclea, es que contradice casi todas las normas de la narrativa, porque, cuando estamos ya casi en el desenlace, en eso que suele llamarse “la carrera hacia el telón”, cuando el público ya se revuelve inquieto en sus asientos, en el momento preciso de la crisis, cuando Odiseo puede ser descubierto y frustrarse la venganza contra los pretendientes de Penélope, en ese instante exacto, Homero se detiene y nos cuenta la historia del origen la cicatriz:

“Son más de setenta versos, mientras que la acción propiamente dicha [de Euriclea y Odiseo] consta de unos cuarenta antes y otros cuarenta después de la interrupción.”

Y será solamente  después de ese recuerdo cuando, por fin, regresemos a la escena inicial y veamos el desenlace de la crisis, cuando Euriclea ya no duda de que aquel hombre es Odiseo:

“La anciana tomó entre las palma de sus manos esta cicatriz y la reconoció después de examinarla. Soltó el pie para que se le cayera y la pierna cayó en el caldero. Resonó el bronce, se inclinó él hacia atrás, hacia el lado opuesto, y el agua se derramó por el suelo. El gozo y el dolor invadieron al mismo tiempo el corazón de la anciana y sus dos ojos se llenaron de lágrimas, y su floreciente voz se le pegaba. Asió de la barba a Odiseo y dijo: «Sin duda eres Odiseo, hijo mío: no te había reconocido antes de ahora, hasta tocar a todo mi señor.» Así dijo e hizo señas a Penélope con los ojos queriendo indi­car que su esposo estaba dentro. Pero ésta no pudo verla, aunque estaba enfrente, ni comprenderla, pues Atenea le había distraído la atención.

Odiseo reacciona entonces rápidamente para impedir que Penélope sepa que está allí:

“Entonces Odiseo acercó sus manos, la asió de la garganta con la derecha y con la otra la atrajo hacia sí diciendo: «Nodriza, ¿por qué quieres perderme? Tú misma me criaste sobre tus pechos. Ya he llegado a la tierra patria tras sufrir muchas penalidades, a los veinte años. Pero ya que te has dado cuenta y un dios lo ha puesto en tu interior, calla, no vaya a ser que se dé cuenta algún otro en el palacio.»”

Euriclea lava los pies a Ulises (1849), por Pils

Este es el relato de Homero en la Odisea de la anagnórisis de Euriclea, cuando reconoce a su querido y añorado amo Odiseo.

Si en un relato audiovisual quisiéramos ser fieles al estilo homérico, tendríamos que introducir un flashback en el momento en el que Euriclea reconoce la cicatriz y después emplear aquella larga elipsis que nos permite ver a Odiseo ya en su juventud. Ahora bien, ¿quién sería el responsable de ese recuerdo que vemos mediante un flashback? ¿Odiseo o Euriclea? Es cierto que la criada parece desencadenar el recuerdo, pero también es cierto que ella no podría recordar la cacería, porque no estuvo allí. Dice Auerbach:

“Podría haberse obtenido una ordenación en perspectiva… exponiendo todo el relato de la cicatriz como un recuerdo de Ulises, que aparece en aquel momento en su conciencia; hubiera sido muy fácil, con sólo comenzar la historia de la herida dos versos antes, al mencionar por primera vez la palabra cicatriz, y cuando ya se dispone de los motivos ‘Ulises’ y ‘recuerdo’.”

Ahora bien, Odiseo puede recordar la cacería, pero no es razonable que recuerde su propio nacimiento.

Como es obvio, quien recuerda todo eso no es ni Euriclea ni Odiseo, sino el propio narrador, Homero, que, como dice Auerbach, quiere contarlo todo. Si la sirvienta y Odiseo se encuentran en cierta situación dramática a causa de una cicatriz, el oyente o lector también tiene derecho a conocer el origen de esa cicatriz. Podría considerarse una cortesía de Homero hacia el lector. En vez de decir algo así como: “la criada reconoció una cicatriz en el muslo de su amo”, prefiere explicarnos con todo detalle qué cicatriz es esa.

Euriclea lava los pies a Ulises (1849), por Gustave Moreau

Y no sólo eso, ya hemos visto que Homero se permite también desviarse de la trama principal para contar sucesos que distraen y se alejan de la acción principal, quebrando de este modo el aumento de la tensión hacia el desenlacen. No sigue, por tanto, los procedimientos de los manuales de narración modernos.


 

 [Este texto fue publicado por primera vez en la página Divertinajes, dentro de la serie titulada La ilusión imperfecta.]

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