La curiosidad contra la certeza dogmática

En el tren Tarragona-Madrid. Foto de Daniel Tubau

En el tren Tarragona-Madrid. Foto de Daniel Tubau

El análisis que hace Marquard de la curiosidad, considerada por quienes creen en una verdad fuera del mundo (religión, gnosticismo) como una especie de perversión, también se puede aplicar a los que creen en cualquier cosa paranormal, paracientífica o paramédica (homeopatía, flores de Bach, ayurveda, etc).

Por un lado, quienes creen en tales cosas reprochan a quienes discuten sus ideas que su rechazo se debe a una especie de conservadurismo que les lleva a aceptar tan solo lo establecido y les impide tener una mente abierta para lo que no coincide con las ideas ortodoxas.

Sin embargo, la mayoría de los creyentes en esas ideas revelan casi enseguida la verdadera naturaleza de su creencia cuando se niegan a examinarla o ponerla a prueba: su supuesta apertura solo llega hasta la aceptación acrítica de esa verdad heterodoxa, pero no va más allá. No hay verdadera curiosidad, sino que aplican el dogmatismo que suele aplicarse a lo establecido (y que ellos tan bien señalan) a aquello otro que está fuera de lo establecido pero que ellos han decidido abrazar.

En la discusión racional acerca de sus ideas se impacientan muy pronto, no toman como un placer el indagar sus posibles fallos, investigar los detalles comprometedores. En definitiva, se muestran tan poco curiosos como cualquier persona que acepta acríticamete una idea o una religión, incluidos algunos cientifistas que solo toman los resultados de la ciencia pero tampoco aplican sus herramientas de duda, examen y puesta a prueba. Tampoco aplican el principio básico que dice que mientras más extravagante o excéntrica sea una hipótesis más importante es ofrecer experimentos y demostraciones que puedan ser sometidas a investigación contrastable.

La curiosidad verdadera no consiste, en definitiva, en aceptar un dogma heterodoxo, sino en dudar de cualquier dogma y examinar todo con atención, sintiendo un verdadero placer por la investigación misma y no porque esa investigación confirme nuestras ideas previas. La curiosidad nos lleva a mirar detrás de la cortina para descubrir el truco.

Lamentablemente, este tipo de curiosidad pura, que es según Aristóteles el origen mismo de la filosofía, es escasa y la mayoría de las personas leen e investigan con el único objetivo de confirmar sus ideas, pero raramente están abiertos a la fascinante posibilidad de cambiar de opinión.

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