La filosofía perenne

Aldous Huxley tenía la curiosa costumbre de escribir libros en los que atacaba algunas cosas que con el tiempo acabaría elogiando.

Lo hizo con sus primeras narraciones cínicas y nihilistas en los años veinte, que luego fueron seguidas por un entusiasmo y un compromiso activo por el pacifismo. También lo hizo con su utopía Un mundo feliz, en la que presenta una sociedad en la que la gente vive feliz pero estúpidamente gracias a una droga llamada soma, pero años después descubrió las drogas y quedó tan fascinado por las posibilidades que abrían a la conciencia que escribió en su defensa Las puertas de la percepción y una nueva utopía, La isla.

También empezó criticando la religión desde una postura agnóstica semejante a la de su abuelo Thomas Henry Huxley (al que en su época se llamó “el bulldog de Darwin”), para acabar escribiendo La filosofía perenne, quizá el libro más influyente en la espiritualidad del siglo XX, en el que aseguraba, siguiendo la propuesta de Leibniz, que existía una filosofía común a todas las culturas y religiones, una metafísica que no hacía distinción entre el Yo individual o Atman y el Absoluto o Brahman: “Tú eres eso” es el resumen de esta doctrina.

En La filosofía perenne, Huxley es tan categórico en su defensa de esa religión universal, se muestra tan firme y seguro desde las primeras páginas, que apenas deja un instante de duda al lector. Salta de la hipótesis “existe una religión común a todas las religiones” a definir esa religión como un monismo o panteísmo en el que todo es Dios y todo es Uno. Huxley, un hombre inteligente y razonador, de una cultura vastísima, a pesar de que detestaba a los gurús, acabó por hablar como uno de ellos. Lo mismo le sucedió a su gran amigo Krishnamurti, que escapó de los planes de convertirse en el Gurú universal que habían preparado para él cuidadosamente los teósofos, pero que no pudo evitar comportarse o hablar demasiado a menudo como un gurú iluminado. Supongo que es difícil mantenerse sensato cuando en vez de interlocutores tienes acólitos entregados de manera fanática a todo lo que dices. Esa vanidad de ser adorado es sin duda una de las más peligrosas y de la que más difícil resulta escapar. Es una prueba también de que a menudo la peor amenaza al pensamiento racional y a nuestra sensatez no procede de nuestros enemigos, sino de nuestros amigos.

Huxley reúne y comenta en La filosofía perenne ideas y textos muy interesantes y que proceden de todas las culturas, pero logra que se pierda mucho el interés que esos fragmentos sin duda tienen al insistir en una única interpretación y al considerar como indiscutible que esa filosofía perenne es la esencia del pensamiento religioso, espiritual y metafísico de la humanidad.

Sin embargo, esa filosofía perenne huxleyana es más bien una mezcla moderna del concepto de Dios de las religiones monoteístas con algunas ideas monistas o panteístas (a veces los extremos se tocan), propias del vedanta y de ciertas variantes del budismo. Son ideas bastante modernas en la historia espiritual de la humanidad y es muy discutible que esa sea la verdadera, y mucho menos la única, corriente subterránea del pensamiento metafísico.

Más bien parece que, si existe una filosofía perenne, se trata más bien de un panteísmo pluralista (todo es divino y/o hay muchos dioses o muchas formas de la divinidad), es decir, aquello que, de manera un poco absurda, se suele llamar paganismo, que sostiene que quizá no existe Dios, pero que sí existen muchos dioses.

Otra gran corriente que atraviesa los siglos y las culturas es el dualismo que enfrenta a dos principios, uno maligno y otro benéfico, aunque también puede tratarse de dos opuestos, como lo femenino y lo masculino, lo lleno y lo vacío o ese Atman /Brahman que Huxley identifica como una misma cosa siguiendo interpretaciones tardías del hinduismo.

La cuarta interpretación metafísica podría ser el materialismo y el agnosticismo (palabra que fue creada por el abuelo de Huxley, por cierto). Probablemente existan bastantes más metafísicas perennes, porque las mezclas entre unas y otras interpretaciones de lo divino y de lo real, de este mundo y del otro, de la materia y del espíritu, a veces son tan confusas que resulta difícil definirlas con precisión. Me viene a la memoria ahora el trialismo de David de Dinant, por ejemplo.

En definitiva, la de Huxley es, más que una filosofía perenne, la destilación que en todas las religiones hacen los místicos de las creencias religiosas triviales con las que les ha tocado vivir, desde Juan de la Cruz a Ibn Arabi. Se trata, en definitiva, de creencias muy intelectualizadas, que intentan escapar a las vulgaridades más ofensivas del pensamiento religioso sin llegar a provocar una ruptura con el poder temporal religioso (salvo en ciertos casos).

Como he dicho, en mi opinión, Huxley, en vez de explorar la riqueza de su metafísica preferida, acaba repitiendo tantas veces lo mismo que acaba por resultar poco convincente. En su libro intenta conciliar su creencia en el Dios personal de su infancia con una visión monista (todo es Uno, no hay distinciones en la realidad última), creando una especie de monismo monoteísta un poco absurdo: basta con recordar que para la mayoría de los monistas la creencia en un Dios personal típica del cristianismo, el Islam o el judaísmo, un Señor Universal o Ishvara, es una creencia infantil que refleja más que nada la debilidad emocional del creyente.

Cuando era joven, Huxley solía burlarse de la palabrería de los teósofos, aunque admiraba su pacifismo y su búsqueda de una religión tolerante, pero, del mismo modo que Krishnamurti renunció a ser el Gurú Universal para ser el gurú particular, Huxley quizá también acabó hablando como un teósofo.

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  • Hijo mío, si yo fuera tu madre diría que estoy encantada de haberte parido. Pero, obviously, no soy tu madre. Muy bueno esto tuyo sobre Aldous: sosegado y en apariencia no pretencioso ni dogmático ni simplificador ni pedante. Dicho esto, diré que “Un mundo feliz” (en el título español echo en falta el “new”) fue una de las lecturas clave en el tránsito de la adolescencia a la juventud.