La imperfecta perfección

Estaba chateando hace unos días con una amiga. Me extrañó que tardase tanto en sus respuestas y le pregunté si es que corregía las frases que escribía antes de enviarlas. Me dijo que sí: “Ya sabes que soy muy perfeccionista”. Y lo es, sobre todo en lo que se refiere al lenguaje.

Yo no soy nada perfeccionista, como puede advertir cualquiera que visite esta página, y me interesa tan poco la perfección que he escrito un ensayo titulado Defensa perfecta de la imperfección.

luis candelasAhora bien, lo anterior no significa que no intente hacer las cosas bien, o que las haga mal a propósito. Aunque una de las tendencias del diseño actual es hacer las cosas mal a propósito, a mí eso casi siempre me parece pretencioso. Algo muy semejante a lo que contaba Ortega y Gasset de la plebeyez o casticismo: el gusto de las clases altas por lo plebeyo. Cuando todos los españoles se vestían como el bandido Luis Candelas.

No sé si era Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa quien contaba que la plebeyez fue durante mucho tiempo la afición de la aristocracia, que de este modo conseguía distinguirse de los burgueses. En efecto, puesto que la mayor ambición de los burgueses era imitar a los aristócratas y distinguirse de los pobres, los aristócratas se vestían de pobres para no parecer burgueses, porque, aunque lo hicieran, todo el mundo sabía que no eran pobres. Pero si un burgués se vestía de pobre entonces parecía lo que no quería parecer: un pobre. Por eso en Francia no era sorprendente ver hace poco a un conde en un Dos Caballos, coche que la marca Citroen hizo para que los campesinos trasportaran las patatas, pero nunca se habría visto a un ejecutivo ambicioso en tal vehículo. Por eso en Silicon Valley los multimillonarios jefes de las empresas visten jeans gastados y camisetas, mientras que sus abogados y altos ejecutivos llevan traje y corbata.

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El que para mí es el coche más hermoso del mundo: el dos caballos

Así que, decía hace un rato, intento hacer las cosas bien, o al menos no intento hacerlas mal, pero lo cierto es que no me preocupa equivocarme, e incluso siento una cierta satisfacción cuando me doy cuenta de que me he equivocado en algo y rectifico.

En lo del chat, le dije a mi amiga que no cometer faltas de ortografía en un chat quizá estaba bien, pero que la perfección del chat no era esa, sino contestar con cierta rapidez para que el otro no se aburra. Y si hay faltas de ortografía no pasa nada: cualquier persona sensata será tolerante y flexible en una situación semejante.

Porque, aún suponiendo que la perfección fuera deseable, no se puede aplicar de la misma manera a todas las cosas. La perfección de un delicioso diálogo en una obra de teatro de Oscar Wilde, suele resultar pesada y artificiosa en los diálogos de la vida real.

Como decía el filósofo Rosenzweig, la característica fundamental del diálogo, su perfección  o virtud en el sentido clásico, es la novedad, lo inesperado, lo no previsible. En un diálogo verdadero suceden cosas que no podemos prever, y nos suceden tanto a nosotros como a los demás. Después puede ocurrir que un diálogo se congele y quede petrificado en la escritura (lo escrito permanece, lo hablado vuela) y que incluso así sea hermoso, pero ya no será propiamente un diálogo. Los diálogos con Sócrates sin duda eran una delicia, pero tal vez sus transcripciones por Platón o Jenófanes son más interesantes para un lector, porque el diálogo, como a veces el chat, no consiste sólo en palabras, sino también en silencios, en gestos y ritmo y movimiento. Y por eso el diálogo, el diálogo real, muere al ser escrito.

No se puede dialogar como quien dicta conferencias, escribe ensayos demoledores o da una clase a sus alumnos. No puede uno decirlo todo bien, no puede emitir frases redondas, sin ambigüedad y sin errores. Tiene que expresarse mal de vez en cuando, no a propósito, sino de manera natural: tiene que meter la pata y rectificar.

A veces, en una conversación, nos gustaría decir algo muy interesante y muy ingenioso, pero a menudo tenemos que renunciar a ello, porque la conversación ha derivado hacia otro lado: no podemos imponer nuestra conversación a los demás, ni someterlos a un tercer grado, porque eso es un interrogatorio o un examen oral, no un diálogo. Thomas De Quincey decía que una de las grandes virtudes de Kant era que en las charlas de sobremesa, que solía hacer con comensales de diversas procedencias, casi nunca hablaba de filosofía y mucho menos de sus propios trabajos.

En cada terreno hay que saber aplicar la idea de perfección, virtud o adecuación. En lo que se refiere a la expresión precisa de las ideas, se podría hacer una escala de menos a más, en la que el diálogo sería el primer peldaño, el chat tal vez el segundo; un correo electrónico, el tercero; unas notas personales en un cuaderno, el cuarto; una idea desarrollada a modo de borrador, el quinto; una entrada en una página web, el sexto; una clase, el séptimo; una conferencia, el octavo, un ensayo para publicar, el noveno; un tratado o trabajo de investigación, el décimo.

Pero seguramente se me olvidan algunas otras cosas que se pueden hacer con las ideas, como pensarlas, que no sé si estaría en el grado más inferior de la escala o en el tercero.

Y tal vez se puedan encontrar estadios intermedios. Yo, por ejemplo, considero que una entrada en un weblog exige menos precisión, exactitud y cuidado, que un texto escrito para otros tipos de página web, en mi caso, digamos que para el Museo de los Mundos Paralelos o para La página noALT. Por eso, a veces casi a propósito, escribo aquí cosas bastante flojas y apresuradas para no caer en una autoexigencia que me bloquee. Busco, pues, una manera más rápida y espontánea de escribir, que también me gusta. Porque hay que evitar convertirse en esclavo de nuestra propia medida de perfección y de las de los demás, para no perder ese placer que tan bien se expresa en esa frase de Chesterton que no me canso de repetir: “Las cosas que vale la pena hacer, vale la pena hacerlas mal.”

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[Publicado en 2006 en Escrito en el agua]

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