La inevitable conclusión personal
Epílogo a El guión del siglo 21

mcluhan

Una cosa acabada es el mayor enemigo de nuestra imaginación.
Kenko Yoshida, Tsuresureguza

Marshall McLuhan fue en su momento el profeta de la nueva era electrónica, que anunciaba el paso de la galaxia Gutenberg a la galaxia Marconi, del mundo textual al audiovisual, de un universo alfabetizado y lineal a una nueva cultura global pero también tribal. Él mismo aceptaba el título de profeta e incluso inventó un método práctico para calcular de antemano el efecto que cualquier nuevo medio tendría sobre la sociedad, la tétrada. Sin embargo, era muy difícil lograr que hiciera una valoración personal acerca de sus profecías. Lo consiguió Eric Norden en una entrevista que le hizo para la revista Playboy, titulada Una cándida conversación con el sumo sacerdote del pop cult y metafísico de los medios: “Si usted insiste en que hable acerca de mis propias reacciones subjetivas cuando observo la reprimitivización de nuestra cultura, tendría que decir que veo tal trastorno con disgusto e insatisfacción personal”.

En mi caso, estoy muy interesado en los cambios que se están produciendo, los sigo con interés e incluso intento entenderlos y adaptarme a ellos, pero eso no significa que me entusiasmen, o al menos no todos ellos. El lector de El guión del siglo 21 tal vez me haya atribuido muchas opiniones cuando me he limitado a dar informaciones, y tal vez también le haya sucedido lo contrario y ha tomado opiniones por informaciones, aunque he intentado que unas y otras se distingan en la medida de lo posible. McLuhan también dijo en una ocasión: “Durante muchos años vengo observando que los moralistas suelen sustituir la ira por la percepción.” Creo que es una buena observación, que deberíamos recordar cada vez que nos olvidamos de observar y exponer las cosas con un mínimo de imparcialidad, cegados por el único objetivo de dejar muy claro qué es lo que nosotros pensamos y cuál es nuestra posición moral o ideológica ante cualquier asunto que nos pase por delante. Pienso, de nuevo como McLuhan, que “un punto de vista puede ser un lujo peligroso cuando ocupa el lugar de la comprensión y el entendimiento”, y, como Confucio, que “aprender sin pensar es inútil y pensar sin aprender peligroso”. He intentado en este libro aprender para poder pensar mejor y no precipitarme en el peligroso mundo de la intuición, el instinto y el prejuicio, que sólo son útiles, en el mejor de los casos, como estímulos transitorios para una reflexión posterior.

El ruido mediático que acompaña a las nuevas narrativas puede llevarme al escepticismo, como a mucha gente, pero la observación de que todos los nuevos medios fueron considerados formas inferiores en sus inicios, me hace poner en duda esas dudas. Como todas las personas nacidas en un mundo predigital, todavía vivo en el pasado y puedo tener dificultades para entender la radical novedad de estos tiempos y la que se avecina, pero estoy muy lejos de creer que el mundo se volverá loco y yo me mantendré cuerdo. Sé también que cada nuevo cambio narrativo ha sido contemplado con miedo y considerado una caída en la vulgaridad, pero que, con el paso de los años, muchas de esas novedades se han convertido en el modelo a imitar: el tiempo cambia no sólo el sentido de las obras, como en el Quijote de Cervantes y el de Menard, sino a menudo su valor.

No creo ni que cualquier tiempo pasado fue mejor ni que tenga que serlo cualquier tiempo futuro, sino que hay pasados y futuros peores o mejores y que en cada situación uno debe observar lo que tiene o ha tenido alrededor sin dejarse llevar por los prejuicios, las manías, o la seguridad dogmática de aquel que “desprecia cuanto ignora”. Me parece que no se puede negar que el mundo actual ofrece a los guionistas, sea lo que sea que seamos, algo mejor que lo que hemos visto en las últimas décadas, no sólo por el cuestionamiento de teorías dogmáticas del guión convertidas en clichés, o por la nueva narrativa aparecida en las series de televisión, o por las posibilidades que ofrece el mundo digital e Internet, sino también porque pocas veces como ahora, en este futuro presente, se ha conocido mejor el pasado, nunca antes los jóvenes pudieron acceder como ahora a los contenidos audiovisuales de sus padres, de sus abuelos e incluso de sus tatarabuelos. Mis alumnos de los últimos años a veces saben más acerca del mundo audiovisual de hace quince años que quienes vivieron en ese mundo. Ahora no sólo pueden oír hablar de lo que se hacía en los 80, en los 70 o incluso en los años 20, sino que pueden verlo, y el resultado es muchas veces el entusiasmo. Si fuera cierto aquello que dijo Brillat Savarin de que somos lo que comemos, entonces pronto empezarán a sentirse los efectos de una dieta audiovisual mucho más rica, y me atrevería a decir que más sana, que la de las últimas dos o tres décadas. Creo también que Hamlet y la holocubierta, la simulación de Platón y la caverna de Matrix, la historia de Gilgamesh escrita con signos cuneiformes sobre piedras y un montaje de machinima creado con bits no son excluyentes. Se puede disfrutar de la narración clásica y de la más actual, de Homero y de Joyce, de Lubitsch y de Wong Kar Wai; podemos, como los escépticos antiguos, “suspender transitoriamente el juicio” y disfrutar incluso de lo que parece chocar con nuestras teorías más queridas, con la narración que imita a la vida y con la que se aleja de ella, con el modelo aristotélico y el platónico, con el de Scribe y Spielberg o el de Fellini y Buñuel, con Homero y con el ciberespacio.

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[Este texto era uno de los apartados finales de El guión del siglo 21. En la última revisión del libro, cambié el título por “Confesiones cándidas” y quité las referencias a McLuhan, lo que quizá fue un error, porque me gustan mucho esas reflexiones. Los párrafos que no aparecen en el libro publicado están aquí en color azul]

 

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