La infidelidad del guionista

En todos mis libros, aunque traten de temas muy diferentes, existen muchos nexos, como supongo que le pasa a cualquier escritor. La mayoría son implícitos pero también hay bastantes explícitos; muchos surgen de forma espontánea, pero también me gusta conectar de forma consciente los diversos textos y hacer que todos ellos sean parte de una especie de hipertexto lleno de relaciones: en ocasiones en un lugar amplío lo que en otro he mencionado de pasada e incluso repito la misma historia en diferentes lugares y con distinto propósito, aunque siempre intento reescribirla, ampliarla o reducirla, matizarla, buscar una nueva manera de ver el asunto. Una de las cosas que más repito es sin duda mi admiración hacia el astrónomo Johannes Kepler y su método, que ya me he prohibido volver a contar; otra el mencionar de alguna manera La epopeya de Gilgamesh, el poema mesopotámico que es también la primera novela de la humanidad. En Recuerdos de la era analógica están contenidos de una manera u otra no sólo casi todos mis libros, sino otros muchos proyectos, incluso libros que todavía no he escrito.

En ocasiones, introduzco estas referencias en los títulos de los capítulos o los apartados de un libro, que siempre intento que sean o bien muy informativos o bien que escondan algún tipo de juego. Voy a comentar aquí una de estas referencias cruzadas, que se encuentra en la página 311.

Como se ve, el apartado tiene el título de otro libro mío: Elogio de la infidelidad. Lo curioso es que el Elogio lo publiqué en 2011 y Las paradojas en 2006. No es que ese apartado me diera la idea para mi futuro libro o para su título, sino que el Elogio de la infidelidad ya existía, aunque era un poco más ligero, más breve, que ahora. La verdad es que tenía previsto citarme a mí mismo en el Elogio y poner algún fragmento de ese apartado de las paradojas, pero al final olvidé añadir esta conexión. Lástima.

En cualquier caso, aunque pertenezca a otro libro, este capítulo de Las paradojas del guionista podría haberse incluido perfectamente en Elogio de la Infidelidad, mostrando otro curioso aspecto en el que la infidelidad es muy recomendable: en mis clases de narrativa audiovisual siempre recomiendo a mis alumnos que sean infieles… a su guión.

Reproduzco aquí íntegro el elogio de la infidelidad publicado en Las paradojas del guionista:

«Entre las dificultades para corregir un guión, una de ellas es la excesiva fidelidad a las ideas iniciales. El guionista quiere mantenerse fiel al proyecto original y le cuesta mucho deshacerse de él y adoptar nuevas soluciones. Pero es casi inevitable que un guión terminado no tenga casi nada que ver con la idea inicial. En primer lugar, porque, como ya se dijo antes, la idea inicial es sólo una abstracción. Los primeros en rebelarse suelen ser los personajes. Hemos visto que a Hitchcock no le gustaba desarrollar los caracteres de los personajes por razones de defensa propia: acababan rebelándose contra él y se negaban a hacer lo que él les había preparado en la trama. También los novelistas y los guionistas se quejan de que los personajes se rebelan, aunque hay quien piensa, como Javier Marías, que si un autor no es capaz de controlar el carácter de sus personajes es que es él quien no tiene carácter. Pero otros, como Ibsen, creen que es necesario acercarse a los personajes como a unos desconocidos:

Cuando me dispongo por primera vez a elaborar mi material, me siento como si tuviera que conocer a mis personajes en un viaje en tren. El primer encuentro ya ha tenido lugar y hemos charlado de esto y aquello. Cuando vuelvo a escribirlo, ya lo tengo todo mucho más claro y conozco a esas personas como si lleváramos viviendo un mes en el mismo hotel. He captado los principales aspectos de su personalidad y sus pequeñas particularidades.

No hay por qué pensar que los personajes van a ser como nosotros queríamos que fueran al principio: es mucho más útil conocerlos a la manera de Ibsen: a medida que avancemos en el guión. Y, por supuesto, no hay que preocuparse por ser fieles a las ideas originales: hay que darse cuenta de que a lo mejor servían en el momento inicial, pero ya no sirven ahora. La fidelidad a menudo impide que miremos realmente lo que tenemos delante, y para escribir un guión hay que estar siempre mirando lo que tenemos, no lo que teníamos.
Walter Murch cuenta que en el proceso de montaje de Julia, de Fred Zinnemann, sugirió eliminar una escena del inicio de la película, «porque si decidíamos quitarla, haría que las escenas que quedaban se ordenasen por sí solas en una sucesión más comprensible». Zinnemann aceptó la propuesta, pero dijo: «Sabe, cuando leí esta primera escena en el guión, supe que podría hacer esta película». Murch, con un nudo en la garganta, prosiguió con su trabajo, pero dudó si estaba cortando el corazón o tan sólo el cordón umbilical de la película:

«Retrospectivamente, creo que era un cordón umbilical y que teníamos razón al quitarlo: la escena tenía una función esencial, que era conectar a Fred Zinnemann con el proyecto en un momento dado, pero una vez que esa conexión había sido hecha, y la sensibilidad de Zinnemann había fluido a través de esa escena a todas las otras escenas en la película, podía quitarse finalmente sin ningún daño.»

 


 

En el resumen final de las 38 paradojas del libro, mencioné algunas más, y señalé esta de la infidelidad:

Otras paradojas relacionadas con el trabajo del guionista son que el principio es la mitad del todo («Comenzar a escribir») y que lo mejor para escribir un guión es no tener que empezarlo («Cómo no empezar», «Los comienzos siempre son difíciles» y «Hay que caminar aunque no se sepa hacia dónde»); que la escritura de un guión comienza cuando se termina (en «La corrección del guión»); que para orientarse en la escritura de un guión hay que seguir un mapa de un territorio que no existe porque lo tenemos que crear al mismo tiempo que dibujamos el mapa («Los comienzos siempre son difíciles»), o que la mejor manera de ser fiel a un guión es serle infiel («Elogio de la infidelidad»). Así como las paradojas de los apartados: «El peor sitio para escribir un guión es una productora», «El peor enemigo del guionista es él mismo» o «Hay que caminar aunque no se sepa hacia dónde».

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