La infiel Helena

 

En la mitología griega encontramos a una mujer que es el ejemplo opuesto a Penélope.

Es interesante imaginar si Helena y Penélope llegaron a conocerse alguna vez, pero sí se sabe que ella conoció al marido de Penélope, a Ulises. Estoy hablando, por supuesto, de la bella Helena, paradigma de la mujer casquivana e infiel.

Helena de Esparta era esposa del rey Menelao, hasta que un día llegó a la corte espartana el bello troyano Paris y se la llevó con él, con lo que se convirtió en “Helena de Troya”. Aunque fue raptada, casi todos los autores aseguran que se fue con Paris por su propia voluntad y todos ellos la señalaron, en consecuencia, como ejemplo supremo de mujer infiel.

La joven Helena raptada por Teseo

También se contaba que cuando era adolescente ya había sido raptada por otro héroe, Teseo de Atenas, que acabó liberándola tras tenerla cautiva varios años. Tiempo después, su belleza atrajo a todos los caudillos griegos, que estuvieron a punto de matarse unos a otros con tal de poseerla. Fue entonces cuando la conoció Ulises (Odiseo en griego), porque fue uno de los que quiso casarse con ella. Y fue precisamente el astuto Ulises quien propuso que todos los pretendientes se juramentasen para acudir siempre en ayuda del hombre que se casara con Helena. Tal vez Ulises urdió ese pacto pensando que sería él a quien Helena preferiría, pero el elegido fue el rubio Menelao.

Se cuenta que, ya en Troya, Helena tuvo amores con el hermano de su raptor, el valeroso Héctor, y que se casó, poco después de morir Paris, con otro de sus hermanos: Deífobo. Después, cuando los griegos conquistaron la ciudad, regresó con su marido Menelao, quien decidió no matarla, a pesar de que eso era lo que se solía hacer con las esposas adúlteras, y lo que reclamaban sus compañeros de armas.

A la vista de sus diversos amores, podemos preguntarnos con cuál de aquellos hombres viviría Helena en el otro mundo. La respuesta que dieron los mitólogos y los poetas fue que con ninguno de ellos, pues en la Isla de los Bienaventurados la esperaba el valeroso Aquiles, con quien, se supone, sigue viviendo desde entonces, aunque todo nos hace sospechar que no le será completamente fiel. Afortunadamente.

Helena de Troya por Dante Grabriel Rossetti

Los autores grecolatinos atacaron a menudo a Helena, comparándola, para mal, con la fiel Penélope. Algunos, sin embargo, intentaron defenderla, como Estesícoro, que inventó una historia ingeniosa: en realidad, Helena nunca había ido a Troya, sino que, en una escala que hizo el barco de su raptor, se había quedado en Egipto, en la corte del rey Proteo, mientras una copia suya hecha de nubes viajaba con Paris. Al regresar de la guerra, Menelao se detuvo en Egipto con la falsa Helena y descubrió que allí estaba su verdadera esposa. La infiel Helena hecha de nubes se disolvió entonces para siempre.

Otros autores se opusieron al pensamiento dominante y defendieron a Helena sin usar artificios como los de Estesícoro. Por ejemplo, el sofista Gorgias, que en su Encomio de Helena planteaba cuatro posibilidades: que Helena fue raptada, que fue obligada por mandato de los dioses, que fue seducida por un discurso engañoso de Paris o que se fue con él por amor. En todos los casos, Helena no tenía la culpa, pues se trataba de fuerzas a las que es difícil o imposible resistir: «Si la visión de Helena al gozar del cuerpo de Alejandro (Paris) provocó en su alma un deseo y un impulso de amor» y «si el amor es un dios», ¿cómo será capaz, quien es más débil de resistirse a él?

Ahora bien, no sé si el lector se ha detenido a contar los hombres de esta infiel Helena: Teseo (tal vez), Menelao, Paris, Deífobo, Héctor. Y Aquiles en la isla de los bienaventurados. Seis hombres, seis amantes. ¿Cuántas amantes tuvo Ulises, aparte de Circe, Calipso, las hijas del rey de los feacios, las esclavas griegas y troyanas y Penélope? No lo sabemos con exactitud, porque nadie se preocupaba de contar con cuantas mujeres se acostaba un hombre. Eso ya nos muestra algo que hasta tiempos recientes era habitual (y todavía lo es en muchos lugares y situaciones): no es lo mismo la fidelidad para un hombre que para una mujer. Esa diferencia, además, parece tener una molesta relación con otro fenómeno: el del sometimiento y obediencia de una persona a otra, en este caso, de las mujeres a los hombres.

En los lugares donde no se permitía la poligamia, como en la Europa cristiana, los dignos maridos accedían a otras mujeres gracias a la prostitución, pero las fieles esposas ni siquiera podían imaginar algo parecido. Podían tener amantes, pero a riesgo de ser asesinadas si eran descubiertas, como se puede ver en el teatro español del siglo de oro, en el Otelo de Shakespeare o incluso en las películas italianas de los años sesenta del siglo pasado: lo asombroso es que el asesino, el marido cornudo, solía quedar en libertad: había vengado su honor.

Una excepción notable a esta hipocresía es la defensa de Helena que hizo Estesícoro o el Elogio de Helena del sofista Gorgias, y también el hermoso poema de John Donne, Amor confinado, en el que uan mujer infiel se defiende de las acusaciones:

Al sol, la luna, las estrellas ¿les prohíben
sonreír donde ellos quiera, o irradiar allí su luz?
¿se divorcian las aves, se les riñe
si a su pareja abandonan o de noche duermen fuera?

Ninguna asignación pierden las bestias
aunque a otros amantes escojan.
Peor que a todos ellos se nos trata a nosotras.

Quizá sea innecesario señalar que en los tiempos actuales las cosas están cambiando, aunque a veces más lentamente de lo que parece a primera vista: las mujeres de la ficción, al menos aquellas que se ofrecen como modelo a imitar en las narraciones convencionales, siguen pareciéndose más a la tozuda Penélope que a la inquieta Helena.

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En Nada es lo que es, el problema de la identidad, me ocupo de otro aspecto interesante relacionado con Helena de Troya, Helena de Esparta o Helena de Egipto, aquella que se quedó en la corte del rey Proteo. Ver: Helena de Troya y su doble.

El contrapunto de Helena es, por supuesto, La fiel Penélope.



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