La memoria de lo incompleto

Anoche, con Marcos, hablamos de la memoria de los camareros, que recuerdan lo que no han servido.

Es una de las versiones de un experimento, se encarga a los camareros de un local diversas comandas. En un momento dado, con alguna excusa, como una alarma de incendio, se interrumpe la tarea con muchas comandas todavía sin servir. Tiempo después se pregunta  a los camareros por las comandas que hicieron ese día: recuerdan las que quedaron incompletas, pero han olvidado las que sí completaron. Este es un asunto acerca del que mi amigo Eduardo Daswani sin duda tendría mucho que contar, porque es la persona que conozco que más sabe del arte de los camareros.

camarero

En mis clases he comparado este curioso resultado de la memoria de lo incompleto en los camareros con el método que el guionista de cómic Chris Claremont empleó para dar nueva vida a los X Men: creaba más y más tramas que quedaban abiertas. Eso hizo protestar a los lectores, pero Claremont tenía una respuesta, como expliqué en Las paradojas del guionista :

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La muerte de Fénix

“A pesar de que Claremont convirtió a los X Men en el cómic más vendido de la editorial Marvel, superando incluso al mítico Spiderman, los lectores le reprochaban que había abierto muchos enigmas en las aventuras y que tardaba mucho en resolverlos. Jim Shooter, editor jefe de la editorial, le transmitió un día las quejas de los lectores y le pidió que empezara a resolver las cuestiones pendientes y también que resucitara de una vez al personaje de Fénix, como pedía el público. Claremont le respondió: «El secreto está en no contentarlos nunca, Jim, pensé que tú también lo sabías».

Lo que quería decir Claremont es que para mantener interesado al lector de cómic hay que proponerle muchos enigmas y dejar muchas preguntas en el aire: ¿qué sucederá cuando Rondador Nocturno descubra que su madre es Mística?, ¿cuál es el verdadero origen del esqueleto de adamantium y las garras de Lobezno?, ¿cuándo se producirá el enfrentamiento final entre Magneto y el Profesor Xavier?El lector tiene que creer que esos misterios van a ser resueltos y que sus preguntas serán respondidas. Pero el día en que el guionista se decida a revelar el origen de Lobezno o el parentesco de Rondador y Mística, la serie habrá perdido muchos de sus mayores alicientes y el lector ya no irá corriendo al quiosco para comprarse el siguiente número de los X Men.

Viajaba en un tren camino de casa de mi madre cuando escribí esta nota

Viajaba en un tren camino de casa de mi madre cuando escribí esta nota

En mis cursos, especialmente en los intensivos de guión, dejo muchos temas abiertos. Podría decir lo de Claremont: “Así volvéis a mis clases”, pero, claro, eso no suele suceder, excepto en lugares como la Factoría del guión, en los que los alumnos se matriculan en diversos cursos y me los encuentro varias veces año tras año. En los cursos que empiezan y terminan en un plazo previsto, supongo que esta sensación de que quedan cosas abiertas hace desear a algunos alumnos, como me dijeron en el reciente intensivo de verano, que el curso durara más. Eso es, desde luego, mucho mejor que el deseo de que se acabe de una vez. En cualquier caso, del mismo modo que Claremont, muchos de los asuntos los dejo incompletos a propósito, para que sigan siendo un estímulo en el que se seguir trabajando y evitar que se conviertan en un tema cerrado y olvidado, como suele suceder cuando se explican las cosas de tal manera que parece que no hay nada más que descubrir, al modo de los gurús de guión de Estados Unidos.

Pero Marcos y yo también comentamos otra curiosa incompletitud: la de esos amores que quedaron a medias, que no llegaron siquiera a existir. Muchos de ellos seguimos recordándolos durante años y años,  a pesar de su brevedad, mientras que olvidamos o apenas pensamos en otros que cristalizaron, se desarrollaron y desaparecieron de muerte natural, digamos. No todos lo amores completos se olvidan, por supuesto, pero lo asombroso es cómo recordamos algunos tan breves que apenas duraron un instante.

Yo recuerdo a una muchacha en Formentera, a la que sólo vi una tarde junto a una playa de rocas, cuando ella me pidió que moviera su hamaca. Yo tenía apenas diecisiete años. Hablamos un poco, cruzamos miradas intensas, mi timidez impidió que sucediera algo más, como tantas otras veces, pero recuerdo aquel momento con una intensidad incomparable, del mismo modo que recuerdo cómo vi desde la distancia subir a un autobús en Oviedo a una muchacha de Baeza a quien nunca volví a ver, o como recuerdo todavía a María Angeles cantándome “Alfonsina y el mar” junto a las lagunas de Ruidera, y a su hermana Rossi, y a una muchacha con la que apenas me crucé en la calle Echegaray de Madrid una madrugada de Año Nuevo, hace quizá diez años: una mirada de interés, un momento de duda, un instante para decidir si nos vamos juntos y… nunca más. O Sili, aquella muchacha para la que escribí más de una decena de poemas a los 15 o 16 años, y con la que sólo llegué a cruzar una cuantas palabras y muchas miradas furtivas, y las dos amigas con las que estuve una noche en las laderas del Parque del Oeste, que llegaron a mí no sé como y que desaparecieron de la misma misteriosa manera. Recuerdo esos momentos con una claridad asombrosa y todos ellos comparten una cualidad: son amores incompletos, como las comandas de los camareros o las tramas de los tebeos de Chris Claremont.

Escribí hace muchos años, una tarde en Buenos Aires acerca de esta persistencia de los amores no cumplidos:

“Algunos ya no tenían rostro, pero entre los demás, aquellos que le devolvían el recuerdo de una persona olvidada, algunos le causaban el dolor de la ocasión perdida, de la promesa no cumplida.  Promesas que se había hecho a sí mismo, cuando todavía pensaba que el tiempo era una extensión sin límite en la que todo había de tener su cumplimiento”.

Y así seguimos recordando todos esos amores incompletos, cuyo cumplimiento situamos en un punto indeterminado de nuestro futuro, hasta que nos damos cuenta, como decía Gil de Biedma, que de todo, o al menos de todo aquello, hace ya veinte años.

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LAS PARADOJAS DEL GUIONISTA

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