La memoria de los ancianos

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Casanova empezó a escribir sus Memorias a los setenta y dos años, “cuando puedo decir Vixi a pesar de que todavía vivo”. Vixi era la fórmula que empleaban los romanos para anunciar que alguien había muerto. En vez de decir “Ha muerto”, decían: “Ha vivido”.

Ante una autobiografía escrita a los setenta y dos años, el lector puede preguntarse, con toda razón, si ese anciano que recuerda puede entender al joven cuyas aventuras cuenta, ese joven con el que comparte el mismo nombre, pero no los mismos sueños ni los mismos deseos. Ni siquiera, si somos estrictos, el mismo cuerpo, puesto que cada veinte años todas nuestras células se renuevan.

Una manera de evitar este problema es no esperar a ser viejo para contar la juventud. En Japón existe un género literario que se llama “memorias de juventud”: no había por qué esperar a la vejez para escribir las memorias, pues la edad ideal podía ser en torno a los veinte años. La más famosa de estas tempranas memorias, al menos para los lectores no japoneses, es Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, quien a los diecinueve años llevó el libro al editor y le anunció que esa era su “primera autobiografía”.

Aunque se espere hasta los setenta y dos años para escribir las memorias, es posible que el memorialista haya pasado toda su vida pensando que cuando sea viejo las escribirá. Tampoco parece ser este el caso de Casanova, ya que él mismo asegura que la idea de escribir sus memorias nunca se le ocurrió antes de ser anciano:

“Digna o indigna, mi vida es mi materia. Como la he vivido sin pensar jamás que un día pudiese sentir el deseo de escribirla, tal vez tenga un carácter interesante, que no hubiera tenido, indudablemente, si hubiera vivido con la intención de escribirla en los años de mi vejez, y, más aún, de publicarla”.

Esta falta de propósito memorialístico de Casanova durante gran parte de su vida parece justificar la fama de poco confiable que le atribuye la posteridad. Casi todos los lectores han considerado al aventurero veneciano un farsante, alguien demasiado imaginativo o al menos un escritor exagerado y pretencioso. Durante mucho tiempo las Memorias fueron clasificadas como obra de pura ficción y se atribuyeron a diversos autores, entre otros a Stendhal, quien, sin embargo, siempre negó la autoría y mostró su admiración hacia la obra y el autor.

Los investigadores actuales no comparten el escepticismo de sus predecesores acerca de la fiabilidad de la memoria de Casanova. En lo que todavía se puede averiguar, el aventurero veneciano no miente casi nunca, y además, ofrece detalles de una asombrosa precisión. Así, dice que una mujer llamada “la Charpillon” vivía en Londres en la calle Dannemarck, en el Soho. Un investigador llamado Bleackley buscó en el siglo XX los registros de impuestos de esa calle , durante los años 1763 y 1764 y encontró el nombre “Decharpillon”.

Denmark street

La calle Denmark en el actual Londres (imagen de Google Maps)

Casanova, además, conservó a lo largo de su vida muchas cartas, billetes y anotaciones, que a menudo transcribe textualmente. Tal vez esta meticulosidad se debió a su profesión, a una de sus muchas profesiones, pues parece que fue espía y también miembro itinerante de la orden de los francmasones.

Ahora bien, los anteriores son tan solo recuerdos propios de una agenda o de un dietario y cualquiera puede tenerlos si se ha tomado la molestia de llevar un diario, de tomar notas, de guardar muchos recuerdos. Lo verdaderamente difícil no consiste en recordar lo que hizo aquél joven, sino cómo sintió aquel joven. Hay que recordar lo que decía Goethe: “No hay que ser como los griegos. Hay que ser griego”. Algo parecido se podría aconsejar a quienes en la vejez pretenden recordar los hechos de su juventud.

Pues bien, al leer la Historia de mi vida de Casanova, sorprenden muchas cosas, pero la que más llama la atención es advertir que ese viejo de setenta y dos años parece capaz de sentir y  ver el mundo como lo hacía aquel niño, aquél joven o aquél hombre maduro cuyas aventuras recuerda. Al leer los cientos de páginas de las memorias de Casanova, podemos advertir cómo su carácter, el del personaje, no el del biógrafo, va transformándose capítulo a capítulo.

Continuará…


[Escrito en 1997. Republicado en 2007, 2011 y 2017]


Escribí este texto en 1997. Lo publiqué en mi blog El arte malabar en 2007, con este aviso previo: “Hace diez años escribí un pequeño ensayo acerca de Casanova, que iba a ser el primero de una serie que pensaba dedicar al aventurero veneciano. Dejé el ensayo a un amigo y, tras leerlo, me dijo que era “lo peor que había escrito” en toda mi vida. Así que guardé el ensayo y me olvidé de él. Ahora, diez años después, he pensado iniciar de nuevo esos ensayos casanovistas, así que he recuperado ese viejo texto y le he añadido ilustraciones. Confío en que el juicio de mi amigo no fuera del todo acertado y que la lectura de esto valga al menos el tiempo empleado en ella.”


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2 pensamientos en “La memoria de los ancianos

|| Casanova, segundo acto 1

  1. Marina Pino dixit:

    De momento, veo que el retrato de Mengs que dices muestra a Giacomo Casanova, no es él, sino su hermano Giovanni, pintor.

    No me lo tomes a mal, pero es mi obligación, visto que me han nombrado “presidenta” del círculo casanovista de Barcelona, si es que existe algo semejante.

    Un abrazo,
    Marina
    martes, 20 de octubre de 2009

    • Pues sí, Marina, tienes toda la razón. Hace tiempo que tenía pendiente corregir eso.

      Un abrazo y muchas felicidades por lo del círculo casanovista
      martes, 20 de octubre de 2009

      (Ya no está el retrato del hermano de Casanova)

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