La Nueva Teología, deconstruyendo al Autor

Corán mameluco - Egipto 1346

En Los libros de Dios, he hablado del Corán, de los Diez Mandamientos y de todos los libros que Dios, Alah o Yavhé han inspirado a los profetas. Los libros sagrados, los libros revelados.

Como es sabido, la revelación divina plantea ciertos problemas que han inquietado a los teólogos a lo largo de los siglos. El primero es que si creemos en una revelación religiosa, eso nos obliga a creer no en las palabras reveladas por Dios sino en las de algún intermediario, como Mahoma, Moisés, Mateo o Marcos. Moisés asegura que el dedo del Autor escribió las Tablas de la Ley, pero Moisés estaba solo cuando aquello sucedió. En el caso de Mahoma, no solo tenemos al profeta como intermediario, sino también al arcángel Gabriel, que aseguraba que era Alá quien le dictaba sus palabras. Además, los textos de Mahoma no se conservaron tal como habían sido revelados, sino que fueron recopilados después de su muerte por nuevos intermediarios, que los seleccionaron entre textos breves escritos en hojas de palmera, trozos de cuero o, sencillamente, recuerdos trasmitidos oralmente. Tenemos que creer, en consecuencia, en quienes recordaron las palabras de Mahoma, en que Mahoma recordara las palabras de Gabriel, en que Gabriel recordara y trasmitiera las palabras de Dios, en que Dios fuera Dios…  O bien tenemos que creer en quienes trascribieron las palabras de Moisés a lo largo de varios siglos y a quienes nos contaron que Moisés recibió las Tablas de la Ley,, tenemos que creer a Moisés cuando contó que había recibido las Tablas de la Ley, tenemos que creer que ese Dios que tan solo  dijo: “Soy el que soy” fuera el mismo Dios que habló a otros profetas. Demasiados grados de separación entre la Revelación y nosotros.

Las anteriores son dificultades bastante inquietantes en loq ue se refiere a autoría de los libros sagrados, pero existe otra quizá más grave. Por decirlo con sencillez: ¿por qué Dios demuestra ser tan inculto en sus libros?

No quiero decir que se puedan encontrar faltas de ortografía en sus textos revelados, que también, o contradicciones constantes, sino a graves errores en su explicación del universo, del origen de la tierra o nociones básicas de biología y astronomía. El Dios del Génesis dice que la Tierra fue creada en seis días, algo que no puede ser aceptado por ningún geólogo competente. También nos cuenta que ha creado en el Paraíso al primer hombre y a la primera mujer, pero páginas después, cuando el hijo de Adán y Eva, Caín, mata a su hermano y es desterrado de ese lugar cercano al paraíso en el que se supone que habitan, encuentra una ciudad llena de seres humanos. Cualquier editor un poco atento habría corregido estos despistes.

San Agustín escribe bajo la inspiración del Autor
San Agustín escribe inspirado por el Autor

Hay tantas inexactitudes en los textos revelados, tantas incongruencias, tantos absurdos, que Agustín de Hipona tuvo que exclamar aquello de que los textos bíblicos interpretados a la letra le mataban. Eso le hizo buscar y encontrar una solución, porque quien busca encuentra: los textos revelados no deben leerse literalmente, sino que hay que interpretarlos, descifrarlos, decodificarlos, deconstruirlos. Todo texto sagrado, en definitiva, es alegórico y puede significar, bueno, ya saben, cualquier cosa.

Hoy en día continuamos empleando la interpretación alegórica, que tiene la virtud de adaptarse a las circunstancias y necesidades del momento. Si leemos que “Dios creó el mundo en seis días” (Génesis 1, 31), hay que entender que se trata de una metáfora adaptada al conocimiento de la época y que seis días significa seis períodos astronómicos indeterminados. Del mismo modo, ¿cómo iba a explicar el Autor del Génesis que Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una explosión atómica, como parece indicar que la mujer de Lot se convirtiera en estatua de sal, si los lectores de aquella época ni siquiera conocían la pólvora? Dios, para hacerse entender, se vio obligado a traducir “explosión atómica” por “lluvia de azufre y fuego” (Génesis 19, 24).

El camino de los mitos II

“La Nueva Teología” en “El camino de los Mitos II”

Como es sabido, los cabalistas fueron más lejos que los intérpretes y los hermeneutas al uso y no se limitaron a la lectura alegórica, sino que reordenaron las letras del libro siguiendo diversos métodos. De ello se habla en algunos lugares de mi Biblioteca imposible, pero ahora quiero mencionar a un autor, no judío sino protestante, que ha llevado a cabo una relectura y deconstrucción de la Biblia que supera todo lo intentado hasta ahora.

Me estoy refiriendo a Ludwig Hertzen, teólogo austriaco, y a su libro La Nueva Teología. Confieso que no he podido leer todavía La Nueva Teología, no ya a causa de su extensión (¡más de 3.000 páginas!), sino porque hasta ahora sólo se ha publicado en alemán por la editorial Bruckner de Colonia. Pero sí he leído una recensión bastante completa en el segundo volumen de la colección El camino de los mitos, que intentaré resumir aquí.

Eva, el eterno femenino

Eva, el eterno femenino

En su decodificación de los textos bíblicos, Hertzen no aplica los métodos de transcripción de los cabalistas, ni utiliza ordenadores para rastrear patrones combinatorios, sino que se limita a buscar similitudes fonéticas en cualquier idioma existente. Así, lee ADÁN como ADN, puesto que a partir de él se inicia la especie humana, pero también, si se lee al revés y en español, es NADA, pues como es obvio, antes de él no había nada, nada dotado de inteligencia y de alma. En  este caso, la interpretación de Hertzen confirma lo que la etimología tradicional ya nos había revelado: Adán, en sánscrito Adyma, significa el primero, el origen. En otros casos, la interpretación de Hertzen es ingeniosa y enrevesada: en “Eva” lee everlasting, eterna, como lo es el eterno femenino, como lo es la vida a través de sus transformaciones incesantes. De Noé, dice que hay que entender Neo, pues con el se inicia una nueva humanidad: Noé no es otra cosa que la intervención de Dios en los mecanismos de la evolución mediante la selección forzada de unos cuantos especímenes humanos (la familia de Noé) y de varias decenas de parejas de animales. En cuanto a Job, es el trabajo, porque eso significa “job” en inglés. Hertzen dice que  se trata de un juego de palabras del Autor, pues Job es conocido por su resignación, por su no hacer nada ante la adversidad.

Job en su ociosidad

Job, en medio de su laboriosa ociosidad

Como habrá observado el lector, lo más llamativo del método de Hertzen es que descifra y utiliza textos milenarios no en su idioma original (como hacen los cabalistas) sino en su traducción al francés, al italiano, al alemán o a cualquier lengua antigua o moderna. Sorprenderse por este método, dice Hertzen, es menospreciar el poder de Dios: en el momento de inspirar los textos sagrados, el Autor conocía no sólo las lenguas que existían y que habían existido, sino también las que nacerían milenios después, incluidas las nuestras y las que hablarán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Hay que admitir que éste es un poderoso argumento, o al menos  es un razonamiento que no tiene nada que envidiar a la interpretación alegórica de San Agustín.


 

Adan y Eva y la serpiente

ADN

El comienzo de la vida humana según el Génesis y según la ciencia: Adán y ADN. Obsérvese, en ambos casos, la espiral serpentina.


Jacques Derrida

Jacques Derrida

En definitiva, Dios, como un personaje creado por un guionista avezado, casi nunca quiere decir lo que dice: siempre hay un subtexto bajo lo aparente. Los libros, como bien sabe Jacques Derrida y los deconstructivistas, tampoco son nunca lo que parecen, sino que contienen otros libros y, sin excepción, significan otra cosa que lo que el autor creía que significaban. Se confirma así aquella frase de la mística islámica, cuando Dios, el Autor, dice: “Yo era un tesoro escondido, quise conocerme y creé el mundo”. Nosotros, los seres humanos somos letras, frases y párrafos de ese libro, pero, al mismo tiempo, somos los lectores quienes lo deconstruimos para que el Autor entienda lo que ha querido decir, o al menos para que conozca los infinitos libros que habitan en el interior de cada uno de sus libros revelados.


 

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