La paradoja de Gilgamesh

Jean Bottéro, uno de los mayores expertos en la mitología mesopotámica y autor de la más elogiada edición de La epopeya de Gilgamesh, termina su libro con una interesante nota:

  Podría haber, en esta obra, ya desde su primer boceto con la Versión antigua, una paradoja que nadie, creo, ha destacado hasta la fecha: frente a este Gilgamesh que busca, con tanto esfuerzo, una vida sin fin y que regresa a su casa, a fin de cuentas, con las orejas gachas, aniquilada toda esperanza y resignado a seguir, con entusiasmo aparente, su destino de mortal, nos encontramos con que su nombre aparece siempre acompañado del signo cuneiforme de la «estrella» que, según las reglas de esta escritura, lo coloca entre los seres divinos. Dicho de otro modo, esto revela, al menos, que editores, correctores, copistas y lectores sabían perfectamente bien, durante todo el largo caminar de Gilgamesh, de su deseo frustrado, de su agotamiento y de su derrota, que después de su fallecimiento, tal y como lo explica la leyenda sumeria de su muerte, había sido «divinizado», y que había obtenido, por tanto, de hecho, esta inmortalidad por cuya obtención tanto se había afanado aquí abajo.

Así que, desde el principio de la historia los lectores u oyentes ya conocían el desenlace, porque sabían que Gilgamesh era un Dios, del mismo modo que los espectadores del teatro griego sabían que pasaría al final de la obra, porque casi todas las obras se basaban en mitos conocidos.

Bottéro, sin embargo, resuelve así la aparente paradoja de un relato casi de intriga pero cuya solución ya se conoce:

  La paradoja sólo es aparente, porque si bien autores y usuarios de la Epopeya lo sabían, también sabían que Gilgamesh, durante su vida, era imposible que previera o siquiera esperara lograr este inusitado regalo, en relación con el cual los dioses se habían mostrado siempre tan avaros, porque los definía separándolos radicalmente de los seres humanos. No sólo las diversas versiones de la epopeya, sino también antes de ellas, las leyendas sumerias lo consideran un hombre como los demás, aunque lo describan como superior a todos… La Epopeya habría perdido todo su sentido, toda su fuerza de convicción si Gilgamesh no hubiera sido, a todos los niveles, no sólo hombre sino, por decirlo así, más hombre que ninguno.

Es lo mismo que sucede, y sucedió desde el principio, con la historia de Jesucristo: todo el mundo sabe que al final resucitará, porque todos los cristianos saben que Jesucristo es Dios. También los niños conocen el desenlace cuando piden a sus padres que les cuenten otra vez la misma historia.

Pero, aunque el receptor de la historia lo conozca y quien la cuenta también lo sepa, como lo sabe un cristiano que explica a otro cristiano la historia de su Dios hecho hombre, hay una lógica interna de los personajes, una lógica del relato que exige que el propio Jesucristo no conozca el desenlace, o que al menos llegue a dudar si es o no hijo de Dios, como cuando exclama: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”

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