La relación entre teoría y observación… [y Sherlock Holmes]

Estoy de acuerdo con Ana Rioja [profesora de la Facultad de Filosofía con la que estudié Filosofía de la Naturaleza] en que es absurdo pretender explicar el mundo como si pudiésemos verlo como se ve una película desde una butaca. Pues nosotros somos actores de ese mundo y nuestras teorías sólo pueden explicar aquello que nosotros, como seres humanos, podemos conocer y comprender.

Aquí será bueno recordar la frase de Protágoras:

“El hombre es la medida de todas las cosas. De las que son en tanto que son, de las que no son en tanto que no son”.

Protágoras de Abdera

Protágoras de Abdera

Creo que también es cierto, como sostiene la propia Ana Rioja, Thomas Kuhn, creo, Harold I.Brown y Karl Popper (entre muchos otros) que nuestras observaciones son fuertemente influídas por nuestras teorías.

En lo que no estoy de acuerdo es en que nuestras observaciones -toda observación- esté absolutamente determinada por nuestras teorías. Tampoco comparto el correlato de que no hay observación pura en absoluto, y la consecuencia, a menudo extraída, de que da lo mismo una teoría que otra, o la llamada inconmensurabilidad de las teorías.

Ya he dicho en otra parte que tal idea me parece un extremismo exagerado, imagen especular -o invertida- de aquel otro extremismo consistente en decir que las teorías salen, como por encanto, de la mera acumulación de datos.

Hoy en día son legión los filósofos, especialmente los filósofos de la ciencia, que gustan de burlarse de los insensatos que creían, o que todavía creen, que sus teorías explicaban el mundo real. Aquellos que, como Bacon, creían que los científicos debían limitarse a acumular montañas de datos para extraer a continuación teorías que expliquen esos datos (mi opinión es que Bacon nunca pretendió tal cosa).

Pues bien, yo creo que se equivocaban esos insensatos y que se equivocan sus rivales. No busco la síntesis por la síntesis, ni el término medio por sí mismo. Como las críticas a los ingenuos ya son bien conocidas, centraré mi crítica en los escépticos, escépticos que a menudo se convierten en relativistas.

Intentaré ser lo más concreto posible para no añadir más papel a las montañas que ya tengo sobre este tema:

(1) No es enteramente cierto que toda observación sea precedida por una teoría y, si es cierto; lo es de un modo tan trivial que resulta inútil.

Se dice que cuando buscamos datos sólo hallamos aquellos datos que esperábamos encontrar. Así, podemos hallar diferentes temperaturas si son temperaturas lo que buscamos. Y partículas subatómicas si es eso lo que buscamos.

Esto es cierto a menudo, y el ignorarlo causa de muchos errores y confusiones, pero no siempre es del todo cierto.

A veces, el procedimiento científico se parece más al de Sherlock Holmes.

Sherlock Holmes tiene que descubrir qué ha sucedido con unos planos, o quién ha asesinado (y cómo) al conde Ropstock, o dónde está alguien desaparecido hace dos semanas.

¿Qué hace Sherlock Holmes cuando le dicen que el Conde Ropstock ha desaparecido?

Sería absurdo suponer que Holmes elabora una teoría cuando lo único que sabe es que existe Ropstock y que Ropstock ha desaparecido. Lo que Holmes necesita, antes que nada, son datos, datos relacionados con el suceso.

Los primeros datos que recibe Holmes son los que le proporcionan quienes le han contado el caso. Estos datos sí suelen estar preñados de teorías previas. Precisamente por ello, suelen resultar inútiles para Holmes.

Como dice el propio Holmes en un conocido pasaje:

“Es un error capital teorizar antes de poseer datos. Insensiblemente se comienza a distorsionar los hechos para que encajen en las teorías, en vez de hacer que las teorías encajen en los hechos” (SCAN).

Naturalmente, estos datos sólo pueden ser datos accesibles al entendimiento humano. !Por supuesto! Pero ello no deja de ser una trivialidad. Una trivialidad importante sin duda. Una trivialidad cuya mayor importancia consiste en que no debe ser ignorada.

Pero, una vez aceptada, nos queda muchísimo campo para hablar y discutir acerca de la subjetividad y la objetividad. Que todo lo que sabemos es subjetivo en tanto que no nos muestra el mundo en sí (la noción de mundo en sí, por otra parte, me parece absurda), sino sólo el mundo que podemos conocer, estoy de acuerdo.

Pero, repito, una vez aceptado esto, creo que se puede distinguir entre objetividad y subjetividad de nuestras teorías ‘pensables’ respecto a la realidad observable.

Pero no nos adelantemos.

Nos habíamos quedado en los datos, la necesidad de datos, que Holmes enuncia vehementemente:

“!Datos! !Datos! !Datos! No puedo fabricar ladrillos sin arcilla” (COPP).

Podría desarrollar más la analogía entre el proceder científico y el de Sherlock Holmes, pero quiero ser breve.

NOTA en 2016: esa analogía la he desarrollado a fondo, casi 25 años más tarde, en No tan elemental, cómo ser Sherlock Holmes. Lo curioso es que al escribir el libro no recordé estas anotaciones universitarias.

(2) A menudo los datos obtenidos en una investigación no dependen de teorías previas. Esto puede suceder de varios modos:

(a) Una vez iniciada una investigación, descubrimos que todos nuestros patrones resultan inadecuados y nos vemos en la obligación de modificarlos para que coincidan con lo observado.

Esto puede suceder de dos maneras:

(a1) moderadamente: creamos nuevas teorías para datos observacionales previstos (por ejemplo, medimos temperaturas y hallamos que éstas no son las que esperábamos);

(a2) radicalmente: creamos nuevas teorías para explicar datos observacionales no previstos (por ejemplo, vemos que la medición de temperaturas no es relevante y advertimos variaciones de color (no de calor) que no habíamos considerado siquiera necesario medir).

(b) Podemos descubrir detalles a posteriori en una investigación hecha tiempo atrás. A veces, incluso, podemos descubrir detalles en sucesos que no fueron propiamente investigaciones (por ejemplo, cuando un paciente recuerda sucesos olvidados de su infancia en el diván del psicoanalista)

Vale por hoy. Seguiré en otro momento, pues prefiero discutir afirmaciones concretas de autores concretos, para demostrar que no me invento ningún enemigo invisible.


[Escrito en 1991]


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