La sinrazón de la razón

Contra el juicio instantáneo /5

En los terrenos de la pseudociencia, la ciencia de salón y la afición a lo paranormal, la llegada del mundo digital, de internet y de las redes sociales ha provocado varios cambios importantes.

Uno de ellos es que ciertos temas que antes podíamos encontrar claramente señalizados en ciertas secciones de las librerías o bibliotecas, ahora ocupan los primeros lugares en cualquier búsqueda en Internet. Si queremos averiguar si es cierto que la tierra está hueca y que existe un Sol interior bajo el que se tuestan nuestros vecinos subterráneos, lo más probable es que al buscar en Google “tierra hueca” se obtenga una respuesta afirmativa: “Efectivamente, la Tierra esta hueca y los subterráneos son albinos de ojos rojos y hocico ratonil”. Aunque sigamos buscando, llevados por una comprensible desconfianza ante el dictamen anterior, tendremos que pasar diez o veinte pantallas, es decir, decenas o cientos de enlaces a diversas páginas, hasta que encontremos una respuesta medianamente sensata al asunto. Esto hace que en la red mundial casi siempre lo más razonable quede oculto bajo cientos de capas de falacias y fábulas más o menos ingeniosas. No es extraño, por lo tanto, que la credulidad acrítica aumente entre los adolescentes (pero no solo entre ellos) porque, aunque se informan intensamente, lo hacen mal.

tierrahuecoideaa

La segunda consecuencia de la extensión de internet y las redes sociales es que quienes intentan refutar todas esas supercherías que inundan la red acaban por convertirse en sus víctimas, no porque acaben creyendo en todos esos disparates, sino porque empiezan a emplear la misma manera de argumentar que las legiones de crédulos. Se produce así lo que he llamado “ser vencido por el enemigo al vencerlo”, que es una variante de aquel dicho clásico que decía: “La Grecia conquistada conquistó Roma”. Es decir, cuando quienes defienden la ciencia y la razón emplean el mismo tipo de afirmaciones dogmáticas y de procedimientos dialécticos que los partidarios de la superstición, lo único que consiguen es dotar a la razón de los rasgos de la sinrazón.

Resultados de la búsqueda “tierra hueca pruebas”. De los diez primeros resultados, solo el décimo dice que es una creencia absurda.

En mi opinión, no hay ninguna necesidad de emplear descalificaciones ofensivas hacia quienes no piensan como nosotros, ni siquiera para aquellos que son manifiestamente  incapaces de razonar de manera coherente. Se puede (y probablemente se debe) denunciar a quienes ponen en peligro la vida de otras personas, como los padres que no vacunan a sus hijos, porque esas personas ponen en peligro no solo a sus hijos, sino a los hijos de los demás, pero no hay ninguna necesidad de descalificar de manera soberbia, brutal o grosera a personas que han adoptado esas opiniones por ignorancia o porque han sido convencidas mediante todos esos argumentos de elocuencia engañosa que emplean los diversos farsantes y partidarios de la pseudociencia. Pero esta denuncia se puede hacer sin recurrir a motes ofensivos, más propios de una charla de café acalorada que de un intercambio intelectual publico (y recientes casos nos han mostrado que todo lo que sucede en internet es público). No porque estas o aquellas personas no merezcan muchos de esos calificativos, sino porque no lo merece una discusión razonable. Y todas estas prevenciones son aplicables, con mucha más razón, cuando se trata de asuntos en los que no se pone en peligro la vida de nadie, sino que tan solo se opina acerca de algo más o menos extravagante o curioso.

Tampoco creo que se deba usar la ciencia como arma arrojadiza y me parece que muchas veces se debería ser más prudente al recurrir a ella. La ciencia avanza muy poco a poco y no puede ser sometida a esos vaivenes y a ese juicio instantáneo que parecen exigir las redes sociales, porque los científicos también se equivocan a menudo y porque el descubrimiento científico en ocasiones da inesperados rodeos. La respuesta inmediata y automática no es recomendable si lo que queremos es adoptar en la medida de lo posible las mejores virtudes de la investigación rigurosa. Hay que tener en cuenta también que muchas cosas aparentemente inocuas y que se han analizado de manera exhaustiva en laboratorios y centros de investigación se han revelado peligrosas con el tiempo, por lo que no conviene meter la mano en el fuego por compuestos, elementos, inventos o descubrimientos que todavía no han podido ser puestos a prueba con todas las garantías. Para obtener conclusiones verdaderamente fiables desde el punto de vista científico acerca de cualquier asunto relacionado con la salud, la nutrición, la medicina o un nuevo compuesto o mecanismo deben transcurrir muchos años, quizá cinco, quizá siete, casi siempre al menos dos generaciones. Así, que en estos asuntos, debemos actuar con la prudencia que exigimos (con razón) a los propagadores de bulos y remedios pseudocientíficos.

Continuará…


 [Escrito en la Escuela de cine de San Antonio de los baños (Cuba), en febrero-marzo de 2015. Revisado en julio de 2015]


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