Las flores

 

Los lirios son hermosos cuando hay muchos juntos, pero no lo son tanto cuando estan solos.

Las amapolas me traen a la memoria imágenes de infancia, de tardes muy solitarias en el campo y de torres eléctricas. No sé si es cierto que crecen en lugares en los que hay electricidad. Es triste ver cómo sus pétalos se deshacen enseguida al ser arrancadas. Siempre me llamaron la atención por su rojo intenso y por la delicada textura de sus pétalos que son como de papel de seda. Pero no se venden en las floristerías: son tan delicadas que sería casi imposible trasportarlas. Sólo tienen algo desagradable: su tallo, con diminutos pelillos que pinchan.

Otra cosa que las hace interesantes es su relación con el opio. He escrito algunos jaikus caminando por campos de amapolas.

De pequeño me gustaban muchísimo las margaritas, que al principio confundía con las flores de la manzanilla. Pero la planta que más he amado ha sido el geranio. El geranio común. A mi madre le llamaba la atención esa afición mía por los geranios, y es cierto que me gustan mucho, ya sean de flores blancas, rojas, rosas, amarillas. Me gusta una ventana con geranios de todos los colores.

Durante un tiempo, dejaron de verse geranios, tal vez a causa de aquella enfermedad que no les impedía florecer pero que los mataba tiempo después, secando desde dentro sus tallos. Cuando vi la película de Renoir La gran ilusión, me conmovió mucho la escena en la que von Stroheim habla de su geranio, que es la única cosa hermosa capaz de sobrevivir en ese horrible tiempo de guerra. Son tan resistentes que me asombró verlos morir uno tras otro, hace unos años, en mi antigua casa de Sambara, en Madrid.


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 [Publicado en Love at First Byte, en la sección La almohadilla digital, en 2004]

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