Las lecciones de la experiencia

 

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Suele repetirse que de todo se aprende. Si con ello se quiere decir que de cualquier cosa podemos extraer alguna enseñanza, no cabe duda de que se trata de una gran verdad.

Pero también es cierto que muchas veces no aprendemos absolutamente nada de lo que nos sucede. Después de tropezarnos una y otra vez con la misma experiencia, lo único que hacemos es acostumbrarnos a repetir los mismos errores, pero ahora sin sentirnos demasiado mal por ello. Constatamos que estamos haciendo aquello que ya hicimos tiempo atrás y que atravesamos por etapas similares: entusiasmo, preocupación, angustia, remordimiento, olvido, pero raramente aplicamos un remedio capaz de evitar esa repetición. Somos como aquel borracho que, en medio de los vapores etílicos, percibe oscuramente que al día siguiente le sobrevendrá algo llamado resaca y, satisfecho de su descubrimiento, levanta de nuevo su copa para brindar por ello.

Son muchos los que, al darse cuenta de los errores de su pasado, han querido recuperar los años de juventud para poder aplicar la experiencia adquirida, como el Ligurino de Horacio:

“¿Por qué no tuve cuando era niño el mismo juicio que tengo hoy o por qué no regresan las mejillas imberbes a mis pensamientos de ahora?”

En La gruñona vejez y la juventud, Robert Louis Stevenson recordaba la frase de Ligurino en su versión francesa: “Si Jeunesse savait, si Vieillesse pouvait”: (“Si la juventud supiera, si la vejez pudiera”). Stevenson añadía que sería un experimento muy instructivo “volver a la juventud a un hombre viejo y dejarle su savoir”.

Nathaniel Hawthorne imaginó esa situación en El experimento del doctor Heidegger, un relato protagonizado por un grupo de ancianos que se lamentan de su disparatada juventud y se vanaglorian de la experiencia adquirida. El doctor Heidegger les dice que existe una posibilidad de recuperar la juventud bebiendo un agua milagrosa, pero les hace una petición:

“Antes de beber, viejos y respetados amigos, conviene que, guiados por la experiencia de toda una vida, dicten ustedes unas cuantas reglas de conducta… piensen qué pecado y qué vergüenza sería si, a pesar de las ventajas de que disfrutan, no se convirtieran ustedes en modelos de virtud y sabiduría para todos los jóvenes de nuestra época”.

Sus viejos y respetados amigos le contestan con una sonrisa débil y cascada:

“tan en extremo ridícula les parecía la idea de que, sabiendo cómo el arrepentimiento sigue tan de cerca los pasos del error, pudieran ellos volver a extraviarse.”

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El doctor Heidegger y sus viejos y respetados amigos hablan de las locuras de la juventud

Los ancianos beben entonces el agua milagrosa y el lector ya puede imaginar lo que sucede. En cuanto se ven de nuevo jóvenes, armados de renovado vigor, vuelven a cometer los desvaríos juveniles de los que minutos antes se arrepentían, que es lo que también Stevenson supuso que harían:

“En cuanto a su conducta en amores, creo firmemente que darían ciento y raya a los muchachos y que les harían salir los colores a la cara a todos sus nuevos camaradas”.

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El doctor Heidegger observa a sus viejos y respetados amigos tras beber el agua de la juventud

Hay razones para dudar de que el aprendizaje de los años sea definitivo, y muchos indicios nos hacen sospechar que, como los ancianos de Stevenson o Hawthorne, tampoco nosotros hemos aprendido nada, sino que tan sólo hemos desistido de nuestras locuras y torpezas por falta de energía, por hastío, o por temor a fracasar de nuevo.

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Las afinidades electivas

Goethe, tras sus entusiasmos románticos con El joven Werther, defendió las virtudes de la renuncia en una de sus mejores obras, Las afinidades electivas. Tiempo después, ya con setenta y cuatro años, quiso insistir en el tema con la narración El hombre de cincuenta años, incluida en Los años de aprendizaje de Wilhem Meister. Cuando estaba terminando de redactarlo, se enamoró de una jovencita de 18 años. Aunque no modificó el desenlace del texto ni su canto a la renuncia, no se aplicó sus propios consejos y cometió suficientes locuras como para provocar el escándalo, llegando a pedir la mano de la joven. Si ella hubiese aceptado, Goethe no habría pasado a la historia como el sereno árbitro de la cultura alemana y el ejemplo supremo del moderantismo, sino como un apasionado radical que regresaba una y otra vez a la locura juvenil que ya anunciara en su Werther.

Pero Goethe fue rechazado, y se vio obligado a refugiarse en las razones que había sabido escribir pero no aplicar. Para ser justo con lo que había sentido, se refutó a sí mismo y a aquella defensa de la renuncia en el hermoso poema Elegía de Marienbad:

“De bien poca cosa el pasado nos informa,
Y de todo saber el futuro nos priva.
Y si alguna vez a la noche tuve miedo,
También en la oscuridad supe ver el cielo.”

Como muestra el caso de Goethe, nos dedicamos a acumular durante años lecciones ya sabidas que bien nos podríamos haber ahorrado, pero pocas veces adquirimos un aprendizaje verdadero. Sin embargo, se supone que aprender a vivir no puede consistir sólo en entender lo que la vida nos enseña, ni siquiera en lograr repetir la lección con elocuencia, sino en ser capaces de aplicarla. Y resulta que cuando se bebe el agua milagrosa se pierde en un momento todo lo que se había ganado durante pacientes años.

En la biografía de una persona que haya amado mucho se acumularán por fuerza un buen número de experiencias instructivas. Lo sorprendente, como ya se ha visto, es lo inútiles que resultan desde el punto de vista del aprendizaje. Es cierto que se aprende que hay cosas que deben evitarse, pero lo más probable es que todo eso ya lo supiéramos desde el principio. Lo que sucede, al enamorarnos de nuevo, es que olvidamos la lección anterior.

Chaque fois qu’on aime d’amour,
C’est avec “jamais” et “toujours”.
On refait le même chemin
En ne se souvenant de rien

(Cada vez que hablamos de amor
Es con “jamás” y “siempre”.
Repetimos el mismo camino
Sin acordarnos de nada)

(Barbara, A chaque fois)

Tiempo después, al quebrarse una vez más el vínculo amoroso, volvemos a recordar, como las almas socráticas, aquello que ya sabíamos en otra vida, en una vida anterior a nuestra última gran pasión:

“Esta usted viendo el producto de un estado de pasión extrema -explicaba Goethe a propósito de la Elegía de Marienbad-. Mientras vivía atrapado en él, no habría querido verme privado por nada del mundo; ahora, en cambio, no querría recaer en él a ningún precio”.

En los vaivenes de la pasión y la serenidad se produce una situación que el enfermo crónico también conoce: los momentos de salud se cancelan al llegar de nuevo la enfermedad, con todos los beneficios emocionales que nos pudieran haber aportado. Parece como si, al enfermar de nuevo, se retomase la situación, no donde la dejamos ayer, sino donde quedó la última vez que estuvimos enfermos o que estuvimos enamorados. Aunque un temperamento decidido puede conseguir que los momentos de salud también cancelen el paréntesis de la enfermedad, es lamentable que no exista una verdadera reciprocidad y que el entusiasmo se vea poco a poco debilitado, convalecencia tras convalecencia. Pocos son los que, tras los dolorosos episodios de la enfermedad o de la pasión, exclaman:

“Quiero quemarme todavía un poco más
Quiero arder y en llamas renacer
Vivir, morir, y arder de nuevo
Quiero llenar mi mundo de hogueras
Quiero ser el espectáculo de mí mismo
Consumiéndome.”

El escéptico dirá que si todas las lecciones se cobraran a ese precio, nos faltarían años en una vida centenaria para aprender tres o cuatro cosas importantes.

El apasionado responderá: “No busco aprender, sino vivir”.

El moderado tal vez concluya, recordando a Aristóteles, que una vida sin reflexión, es decir, sin aprendizaje, no merece ser vivida, porque la mera acumulación de experiencias no aumenta el placer, sino que convierte la vivencia en algo vacío. Goethe, nos recuerda Eugenio Trías, “tuvo clara conciencia de que la pasión, llevada hasta sus últimas consecuencias, consumía la existencia hasta dejarla exhausta.” Esta certeza, sin embargo, no nos obliga a vivir en la oscuridad y el frío, sino que nos debe animar a aprender a encender un buen fuego, aunque nuestra intención solo sea quemarnos un poco más en él, a adoptar, en definitiva, la conclusión de William Blake:

“Alegría y dolor forman un fino tejido
Del cual va haciendo el alma su túnica inmortal,
Bajo cada aflicción, junto a cada gemido
Pone su hilo de seda una alegría real.

Yo estoy conforme, y es justo que así sea;
El hombre ha sido hecho de alegría y dolor;
Y cuando esta verdad del más allá nos llega
Marchamos más seguros por un mundo mejor.”

Lo que tal vez deberíamos aprender, tras una decepción, es algo que se podría expresar más o menos así: “Sé ciertas cosas, sé también que hay situaciones en las que olvido que sé esas cosas. Sé en definitiva, que no debo olvidar otra vez lo que ya sé”.

Aprendemos, y esta sí que es una lección importante, que somos débiles, inconstantes y olvidadizos. Que entre nuestras ideas y nuestros actos hay a menudo abismos. Se podría hablar de abismos de la voluntad, o quizá mejor de los abismos de la falta de voluntad.

Con un poco de suerte, la más triste de las experiencias quizá consiga enseñarnos no cómo evitar equivocarnos de nuevo, sino cómo evitar prolongar el sufrimiento, aunque ello signifique algo parecido a perder lo que más deseamos. Porque el sufrimiento, en definitiva, no enseña nunca nada, a no ser de manera indirecta: enseña tan sólo que, a veces, para evitar un sufrimiento intolerable, hay que empezar a sufrir antes de tiempo.

Es bueno recordar esa conclusión diáfana para que, ahora sí, podamos decir, no sin cierto orgullo de estudiante aplicado, que por fin hemos aprendido algo.

 


[Escrito el 1 de agosto de 2006]


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