El maestro de todos
Lectura del Zhuangzi /10

grushengrove

El hombre se conforma a lo prefijado por su mente
y lo toma por maestro.
¿Quién es el hombre extraordinario que se priva de ello?
¿O sólo el hombre que penetra la alternancia de las cosas
lo toma por maestro?

Así también el necio,
cuando admite que afirmación y negación
preceden a lo fijado por su mente.
Tan ilógico como partir hoy para Yueh y llegar ayer,
o afirmar que es visible lo invisible.
Y aunque ello fuera cierto,
si ni siquiera Yu el divino podría entender ese misterio,
¡cómo iba a entenderlo yo!

 [Zhuangzi Libros interiores Libro 2. Qí wù lùn (齊物論). Capítulo 1.Identidad de las cosas y discursos (o  Identidad de los seres) Apartado III]

Nos encontramos aquí con uno de esos pasajes del Zhuangzi sujetos a mil posibles interpretaciones, no porque diga cosas incomprensibles o enrevesadas, sino porque algunas frases no se sabe si se refieren a lo que ha dicho antes, a lo que dirá después o a cualquier otra cosa. Todo esto quizá se debe, o al menos se agrava, por la indeterminación de la lengua china y la distancia que nos separa de su autor y su época, cerca de 2500 años.

Tampoco sirve de mucho conocer la lengua china, porque cada traductor ofrece una versión, a veces muy diferente. Un experto en chino puede decir a un ignorante como yo: “Calla, tú no sabes chino y yo sí”, pero no puede decir eso a otro experto que le iguala o lo supera, por lo que la discusión, aunque en un nivel superior, continúa. Los ignorantes acudimos a los expertos buscando respuestas, pero si ellos difieren, ¿en qué o en quién hemos de creer?

Yo intento encontrar un sentido a las palabras de Zhuangzi comparando las diversas traducciones, pero (como al parecer dice Zhuangzi en este pasaje) no puedo evitar ser llevado por mis prejuicios. Intento no hacerlo, pero sé que el algo que no se puede lograr nunca del todo.

Pues bien, ¿qué dice Zhuangzi en este pasaje? Como parece entenderse por esta traducción de Pilar González España y Jean Claude Pastor-Ferrer, lo primero que dice es que el ser humano  está condicionado por sus prejuicios, por lo que conoce previamente, ya incluso antes de ponerse a observar nuevas cosas:

“El hombre se conforma a lo prefijado por su mente
y lo toma por maestro”.

En la traducción de Carmelo Elorduy se muestra esto con toda claridad:

“Cada cual sigue las aficiones de su corazón y las toma como sus guías”.

Y lo mismo confirma Preciado Ydoeta:

“Si se toma los propios prejuicios como maestro, ¿quién habrá que no tenga maestro”.

Esta tercera forma de expresarlo es quizá la más interesante, aunque ignoro si también es la mejor traducción; todos tenemos un maestro que va siempre con nosotros: nuestros prejuicios. De ahí lo de “Hasta un idiota tiene un  maestro”, es decir, hasta el más tonto tiene una mente a la que sigue al observar el mundo.

Queda por consultar la traducción de Burton Watson, que traduzco consultando la versión española de Álex Ferrara:

“Si un hombre sigue la mente que le ha sido dada, y la convierte en su maestra, ¿quién dejará de tener maestros? ¿Por qué debes comprender el proceso del cambio y  formar tu mente sobre esa base antes de tener un maestro? Hasta un idiota tiene un maestro. Pero no lograr guiarse por esta mente y seguir insistiendo en lo correcto y lo incorrecto, es como decir que partiste para Yüeh hoy y llegaste allí ayer. Esto es afirmar que existe lo que no existe. Si se afirma que existe lo que no existe, entonces ni el santo sabio Yü podría comprenderte, y mucho menos una persona como yo!”

Podríamos pensar que Zhuangzi dice más o menos que no tenemos más remedio que juzgar las cosas a partir de la mente que poseemos, por lo que no podemos comprender o percibir cómo son verdaderamente las cosas. En consecuencia, hablar de lo correcto y lo incorrecto es tan absurdo como la paradoja del que dice que partió para Yüeh ayer y llegó allí ayer, o el perderse en disquisiciones sin solución acerca de lo que es o no es.

Una manera de interpretar estas palabras es suponer que tienen algo que ver con la esencia de la filosofía kantiana, que dice que existe la cosa en sí o el noúmeno, pero que no podemos acceder a ella, pues lo único que podemos percibir es su manifestación, el fenómeno, es decir la manera en que ese noúmeno es percibido por las categorías perceptivas o del entendimiento con las que nos vemos obligados a observar el mundo, como la noción de espacio y de tiempo. Quizá la cosa en sí no está en el espacio, o está en otro tipo de espacio, pero los seres humanos sólo podemos ver sus efectos en este espacio que percibimos.

Nuestra percepción de esos fenómenos, esos efectos de la cosa en sí a través de nuestra percepción y nuestro entendimiento, no tiene por qué darse necesariamente por percepción directa. A veces nos parece ver claramente el fenómeno “manzana” en un espacio de apariencia tridimensional, pero también podemos deducir rasgos de eso que está tras los fenómenos, e incluso suponer la existencia de cosas que no percibimos, por ejemplo partículas subatómicas como los quarks y los leptones. Pero, para deducir esos entes, necesitamos, de nuevo, de las categorías de nuestra mente: observamos y percibimos la huella de esas partículas invisibles (no visibles) en un acelerador de partículas, por ejemplo. Es decir, al final de todo el proceso, por complejo que sea, hay una observación, un ojo, un oído que consulta el aparato de medida.

Esta es una manera de interpretar lo que Zhuangzi nos quiere decir: hasta que punto estamos condicionados por nuestra mente y nuestros prejuicios al intentar percibir algo que está más allá de esos sentidos y de ese entendimiento. Me recuerda uno de los pasajes más hermosos de Demócrito, el filósofo al que se atribuye la creación del atomismo junto a su maestro Leucipo. Demócrito escribió un diálogo en el que la mente y los sentidos discutían. Solo nos quedan fragmentos de ese diálogo, que debió ser interesantísimo, a juzgar por este pasaje:

“Después de haber dicho “por convención el color, por convención lo salado, pero en realidad existen sólo átomos y vacío”,  Demócrito hace que los sentidos, dirigiéndose  a la razón, hablen de este modo: “¡Oh, mísera razón, que tomas de nosotros tus certezas! ¿Tratas de destruirnos? Nuestra caída, sin duda, será tu propia destrucción”.

Es decir, dudamos con la mente de lo que nos dicen los sentidos y dudamos con los sentidos de lo que nos dice la mente, pero también dudamos con la mente de la propia mente. Cuando Zhuangzi dice que nos movemos por los prejuicios y por la mente que nos ha sido dada y parece recomendar otra manera de conocer, ¿cómo ha alcanzado tal conclusión? Sin duda con la mente que le ha sido dada. Resulta, por tanto, difícil escapar del círculo vicioso en el que él mismo se ha encerrado. Es un tipo de superparadoja en la que caen quienes ponen en cuestión al capacidad de la mente para conocer la realidad, ya que sólo pueden llegar a esa conclusión a partir de esa imperfecta herramienta que critican.

En cualquier, caso, como dije al comienzo, no está claro si Zhuangzi nos dice que debemos usar nuestra mente siguiendo o no siguiendo nuestros prejuicios, que lo haremos quedamos o no o que existe otra manera de acceder a la realidad distinta y mejor.

 

Otra paradoja de Hui Shi

En cuanto a lo de “Hoy llego a Yueh y ayer ya había llegado”, es una de las paradojas de Hui Shi (Huizi), que vuelve a repetirse en el libro 33 del Zhuangzi. Lo curioso es que Zhuangzi parece referirse a ello como algo absurdo, pero al parecer Hui Shi, según nos cuenta Preciado Ydoeta, daba una explicación, que se basaba en la percepción del tiempo y del espacio:

“Hui Shi lo  explica a partir de una cita del Zhou bi suan jing que dice: “Cuando en el este el sol está en lo alto, en el oeste es media noche”. Y dice: “Si hoy llego a Yueh (estado del sudeste de China) por la tarde, las gentes del oeste de Sichuan (provincia del sudoeste de China) dirán que he llegado ayer a Yueh”.

No se trata, como se ve de una paradoja sin sentido, sino que es bastante razonable. No hace falta pensar en la teoría de la relatividad de Einstein o en el principio de relatividad de Galileo, de lo que ya he hablado (El pájaro Peng) para entenderlo: yo podría decir que salí ayer jueves desde Japón a Madrid pero que llegué hoy el miércoles, porque, debido a la diferencia horaria, allí es jueves y aquí miércoles. No he podido comprobar si la distancia entre Sichuan y Yueh permite hablar de ayer y hoy, pero supongo que es cierto, porque el libro que menciona Hui Shi es bastante notable.

El Zhou Bi Suan Ching, en efecto, es un texto matemático que se remonta a la época Zhou (-1046 a -256) y que contiene cosas tan asombrosas como la primera prueba escrita del teorema de Pitágoras. El libro reúne 246 problemas matemáticos recopilados por el Duque de Zhou, el hombre al que más admiraba Confucio. Su título significa: El clásico aritmético del Gnomon y de los Senderos Circulares del Cielo.

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En la página de la derecha, demostración del teorema de Pitágoras, considerada muy elegante por los matemáticos actuales. Naturalmente, no se llamaba “teorema de Pitágoras” en ese libro.

Continuará…

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