Leibniz y la claridad: los antiguos y los modernos

Leibniz en Liepzig

En La Vorágine inicié una Brevísima historia de la decadencia de la lengua filosófica francesa, con un texto de Braudillard. Antes de añadir nuevos capítulos, vale la pena leer un fragmento de una de las autobiografías de Leibniz. En esta autobiografía, escrita en tercera persona, Leibniz  se lamenta de la manera de escribir de sus contemporáneos.

“Y quiso la casualidad que se encontrara primero con los antiguos. En un comienzo le fue imposible comprenderlos, pero gradualmente pudo hacerlo hasta que por último consiguió dominarlos plenamente. Y como todo el que camina bajo los rayos del sol adquiere poco a poco un tinte bronceado, aunque haga incluso otra cosa, así había llegado él a adquirir un cierto barniz no ya sólo en la expresión sino también en los pensamientos. Por eso al frecuentar los escritores más modernos se le hacía insoportable su estilo enfático e hinchado, característico de quienes no tienen nada que decir, y que entonces predominaba en las escuelas, como también le resultaban insoportables los centones heteróclitos de los simples repetidores de ideas ajenas. Ante esa falta de gracia, nervio, vigor y utilidad para la vida de esos escritos, cabía pensar que sus autores escribían para un mundo diferente (al que llamaban República de las Letras o Parnaso).
En efecto, tenía plena conciencia de que tanto los pensamientos vigorosos, vastos y elevados de los antiguos, que parecían cernirse sobre la realidad, como asimismo la vida humana en su total desarrollo que se veía reflejada en una especie de cuadro complejo, acertaban a infundir sentimientos muy distintos en los espíritus. Pensaba sin embargo que todo ello era el resultado de un modo de expresión, claro, fluido y a la vez conforme con la realidad. Y le concedió tanta importancia a esa unidad diferenciada de claridad y conformidad que a partir de entonces se impuso dos axiomas: buscar siempre la claridad en las palabras y en los demás signos del espíritu, y buscar en las cosas la utilidad.”

Como es sabido, Ortega y Gasset sintetizó en alguna ocasión lo que cuenta aquí Leibniz, en aquella frase célebre: “La claridad es la cortesía del filósofo”.

Me parece una coincidencia interesante que Leibniz y yo comenzáramos a leer autores antiguos antes que modernos. Eso quizá ayuda a darse cuenta de que una cosa es un texto difícil en el que vale la pena emplear tiempo para entenderlo, porque tiene sentido y ese sentido puede acabar descifrándose, y otra cosa muy distinta es que un texto resulte ilegible porque se ha escrito expresamente para que sea ininteligible.

Por cierto, Leibniz escribió muchas de sus obras en francés, que era entonces la lengua cultural de Europa junto al latín. De ahí lo lamentable de esa decadencia en el uso de la lengua por parte de muchos filósofos franceses actuales.

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Además del capítulo dedicado a Braudillard, puedes leer el de Félix Guattari.

 

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