Libros que hablan

Musas

La literatura, dicen los expertos, empezó antes de que existieran los libros, a pesar de que tendemos a identificar ambos fenómenos. Pero primero hubo poesía oral, e incluso drama oral, si es cierta la teoría que sostiene que el teatro tiene su origen en celebraciones como las de los coribantes, las bacantes y las diversas fiestas populares más o menos carnavalescas.

Entonces las historias se contaban de viva voz. Las musas, nos dice Hesíodo en su Teogonía, hablaban para que todos las escucharan:

“En lo más alto del Helicón forman coros
Bellos, encantadores, y con los pies se mueven ligeras.
De allí, apartándose, por una espesa bruma cubiertas,
Avanzan nocturnas, bellísima voz emitiendo.”

En algún momento, las historias orales empezaron a escribirse y las grandes sagas o los poemas que los bardos memorizaban pudieron registrarse en todo tipo de soportes, desde los rollos de seda o de bambú chinos a los papiros egipcios, las piedras sumerias o el pergamino hecho de piel de animal.  Es entonces cuando, como dice Eric Havelock, la Musa aprendió a escribir.

Sin embargo, la llegada del libro no ha impedido que se sigan contando historias: cuentos para niños, leyendas populares, recuerdos de acontecimientos históricos. Sin embargo, esos relatos orales se convirtieron en un arte de segunda mano, que sólo adquirían el nombre de arte mayor cuando eran trasformados en libro, como cuando Elias Lönnrot recogió los cantos finlandeses en el Kalevala, o cuando McPherson reunió las leyendas de los escoceses en los Poemas de Ossian¸ de los que hablé en otro lugar de esta Biblioteca imposible.

También sucede que, de vez en cuando, algún viajero, asombrado por las historias de los cuentistas callejeros, las ha convertido en libro, como hizo Paul Bowles con la hermosa historia de Mohammed Mabret que tituló Amor por un puñado de pelos.

Pero, desde que Nikola Tesla inventó la radio, los relatos se pudieron escuchar a distancia, e incluso grabar y reproducir a voluntad.

En la época actual tenemos la posibilidad de leer los libros, pero también podemos escucharlos. No sólo si nos compramos los sonetos de Shakespeare leídos por John Gielgud, sino también con un lector electrónico de textos podemos convertir en sonido cualquier libro que tengamos en el ordenador. Debo confesar que a mí me gusta mucho escuchar libros, creo que casi más que leerlos, porque ahora los libros hablan, como aquella tablilla que el marido de Fedra encuentra en su cadáver en el Hipólito de Eurípides:

“¡La tablilla grita, grita cosas terribles! ¡Qué canto, qué canto he visto entonar por las líneas escritas!”

Algunas personas a las que he comentado mi afición me han dicho que un libro escuchado no puede compararse con uno leído. Supongo que esa opinión se debe al fetichismo del libro impreso, del que nos resulta muy difícil librarnos, confundiendo el continente con el contenido, como se decía hace tiempo, la forma con el fondo, el soporte con el mensaje si se prefiere.

Escuchar un libro no es una modernidad iletrada, sino que supone un regreso a la cultura oral (que ya se empezó a recuperar con la radio y con la televisión), a aquella poesía antigua de Grecia que Havelock llegó a comparar con una “grabación en directo”.  Lo ierto es que los libros escuchados no solo no son incompatibles con los impresos, sino que fueron durante siglos su verdadera expresión.En la época de Agustín de Hipona la costumbre era leer los libros en voz alta: todo el auditorio escuchaba a un lector que leía el libro para los demás.

Alberto Manguel cuenta, en Una historia de la lectura, que Agustín se quedó sorprendido al ver que Ambrosio de Milán leía sin pronunciar las palabras:

“Sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido; mas su voz y su lengua descansaban.”

Eso muestra que la costumbre era leer en voz alta, escuchar el libro, incluso cuando uno estaba sólo.

Manguel también cuenta que los soldados de Alejandro Magno se quedaron asombrados cuando en una ocasión le vieron leer una carta de su madre “en silencio”, y a mí me parece recordar que también Aristóteles llamaba la atención por su costumbre de leer “hacia dentro”.

Así que antes el fetichismo estaba ligado a la palabra hablada, en vez de, como sucede hoy, a la escrita. No sólo eso, como también recuerda Manguel, la célebre frase Scripta manent, verba volant (“lo escrito permanece, las palabras vuelan”) en la Antigüedad se interpretaba de manera diferente a la actual: no era un elogio de la palabra escrita, sino de la palabra pronunciada en voz alta, que puede volar, cambiar, transformarse, mientras que la palabra escrita permanecía silenciosa sobre la página, inmóvil, muerta:

“Enfrentado con un texto escrito, el lector tenía el deber de prestar su voz a las letras silenciosas, a las scripta, para permitirles convertirse en verba, palabras habladas, espíritu.”

Lorrain, “Apolo y las musas en el Helicón”

En el futuro, al menos en el que yo mismo imaginé en La obra de arte en los tiempos de la percepción malebranchiana, es previsible que no nos preocupe ni lo escrito ni lo oral, porque ni leeremos ni escucharemos los libros, sino que los degustaremos como más nos apetezca, tan sólo percibiéndolos en nuestra mente.

La musa, en ese momento, ya no habitará en las nevadas cumbres del Helicón, ni entre las apretadas páginas de un libro o en las ondas sonoras de un aparato reproductor, sino que vivirá dentro de nosotros, como aquella inspiración divina de la que hablaba el poeta Ion en el diálogo que Platón le dedicó:

“Me parece que los buenos poetas por una especie de predisposición divina expresan todo aquello que los dioses les comunican.”


 

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