Literatura mortal y otros libros que matan

literatura mortalLos libros suelen recibir elogios unánimes, como instrumentos que ayudan a la cultura, a la paz y al entendimiento entre los seres humanos. Óscar Cabello ha escrito Literatura mortal para demostrarnos lo contrario.

Cabello dedica varios capítulos a los primeros libros mortales, los de las diversas religiones, que alientan al asesinato, la invasión o la guerra santa, y cita pasajes elocuentes de los textos sagrados de las religiones del Libro, como el Deuteronomio judío:

Texto del “Deuteronomio”

“Si oyes decir en una de las ciudades que algunos hombres, malvados, salidos de tu propio seno, han seducido a sus conciudadanos diciendo: «Vamos a dar culto a otros dioses», consultarás, indagarás y si es verdad, si se comprueba que en medio de ti se ha cometido tal abominación, deberás pasar a filo de espada a los habitantes de esa ciudad, amontonarás todos sus despojos en medio de la plaza pública y prenderás fuego a la ciudad con todos sus despojos, todo ello en honor de Yahveh tu Dios.”

Corán andalusí

En el Corán musulmán tampoco faltan pasajes que incitan al asesinato o la guerra santa:

“¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura no creen en Dios ni en el último Día, ni prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente! (Sura 9: 29-31)

En el Nuevo Testamento es más difícil encontrar incitaciones directas a la violencia, pero Cabello nos recuerda que los cristianos aceptaron como sagrados los libros judíos y que muchos libros cristianos de la Edad Media alentaron la tortura y la quema de herejes, como el bestseller de la época Malleus maleficarum (Martillo de herejes):

“Porque la brujería es alta traición contra la Majestad de Dios. Y deben ser sometidos a tortura para hacerlos confesar. Cualquier persona, fuese cual fuere su rango o profesión, puede ser torturada ante una acusación de esa clase, y quien sea hallado culpable, aunque confiese su delito, será puesto en el potro, y sufrirá todos los otros tormentos dispuestos por la ley, a fin de que sea castigado en forma proporcional a sus ofensas.”

El capítulo más estremecedor de Literatura mortal es también el más reciente, el dedicado al siglo XX, donde Cabello intenta contabilizar las muertes causadas por los libros del fascismo, desde la inspiración asesina de Los protocolos de los sabios de Sión, una obra que se mueve entre el género fantástico y la falsificación y cuenta la supuesta conjura de los judíos para dominar el mundo, hasta el Mein Kamp de Adolf Hitler. Tampoco olvida Cabello los libros de Lenin, Stalin y Mao Zedong, que incitan al exterminio de los enemigos y que recomiendan la propagación del terror como instrumento político:

“El ataque contra el enemigo se debe producir con más energía; el ataque, no la defensa, debe ser la consigna de las masas, el exterminio despiadado de los enemigos será su tarea.” (Lenin, Lecciones de la insurrección de Moscú)

 Cabello, en este libro extraordinario pero en ningún caso agradable de leer para cualquier persona que sienta amor hacia los libros, olvida mencionar algunos obras mortales, que, aunque no se pueden comparar a los que he mencionado, vale la pena recordar aquí. Uno de ellos es el Werther de Goethe, que provocó el suicidio de muchos jóvenes románticos; o los libros de encantamientos mortales, como Clavículas de Salomón, que aunque no sea mediante sus extrañas pócimas y conjuros, a veces han causado la muerte por sugestión de quienes se creían hechizados.

Werther se suicida

Un ejemplo de libro que mata, pero no por incitación, sino literalmente, es la segunda parte de la Poética de Aristóteles en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, que mata a quien lo lee porque está impregnado con un veneno que pasa a la sangre del lector cuando se humedece el dedo para pasar las páginas.

Eco, sin duda, tomó la idea de un relato de Las Mil y Una Noches, el del rey Yunán y el sabio Ruyán:

“El rey, lleno de impaciencia cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De ese modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: ‘¡Oh médico, no hay nada escrito!’.

Y el médico respondió: ‘Sigue volviendo más hojas del mismo modo’. Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones.”

Por cierto, José Luis Velasco, mi padrino, me contó un día que circula una leyenda que dice que quien lee entero el libro de Las mil y una noches muere. Pero, si así fuera, ¿por qué no mueren los traductores de ese libro delicioso? La respuesta tal vez podría ser que muchos si murieron después de traducir la obra y que otros, para escapar a ese destino, evitaron traducir todos los cuentos, como en la excelente versión de Juan Vernet, que  no incluye los cuentos de Simbad, con la excusa de que son apócrifos.

Juan Vernet leyéndose

Sin embargo, una de las más hermosas menciones a un libro mortal se encuentra en un  poema de Calímaco:

 “Diciendo ‘Sol, adiós’, Cleómbroto de Ambracia
se precipitó desde lo alto de un muro al Hades.
Ningún mal había visto merecedor de la muerte,
pero había leído un tratado, uno solo, de Platón: “Sobre el alma.”

Por qué se suicidó Cleómbroto tras leer Sobre el alma, es decir el Fedón de Platón, es un enigma. Unos dicen que lo hizo porque no soportaba haber estado ausente durante el suicidio de Sócrates; otros, porque en el Fedón se dice que no hay que temer a la muerte, o porque quiso imitar el suicidio del maestro, o quizá por envidia hacia Platón, que había escrito un libro tan incomparable.

 

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